
Un convento. Religiosas de clausura. Conflictos humanos muy poco divinos, avaricias y generosidades, mundos interiores. De esto trata El canto de las horas, novela en 30 capítulos cortos de la escritora Florencia Luce. En diálogo con Infobae Cultura, ella contó motivaciones y disparadores de la historia que narra, a la vez que reveló algunos futuros proyectos que la mantienen ocupada por estos días.
—Una novela sobre la vida monástica femenina es realmente un hallazgo y una rareza. ¿Cómo apareció en tu mente y en tu voluntad creativa?
—Pienso en novelas como Historia de una monja, de Kathryn Hulme (que luego se llevó al cine con Audrey Hepburn), que trata de un convento en donde algunas monjas trabajan como enfermeras, pero, es cierto, no hay mucha literatura sobre el tema. Mi novela narra en cambio la vida en un monasterio contemplativo de clausura, y sin embargo las vivencias se tocan con historias como la de Hulme. Poco después de dejar la vida religiosa, quise pensar y revisar lo que me había pasado en el transcurso de esos doce años. La decisión de escribir fue surgiendo de a poco, en algún sillón de terapia, en charlas con amigos, pero siempre, siempre, estas ideas iban de la mano con mi amor por la literatura. Crear y recrear ese mundo monástico, misterioso y fascinante, y plasmarlo en un texto, fue el resultado natural. Me puse a estudiar Literaturas Comparadas, comencé a garabatear notas, y más tarde me anoté en un taller de escritura con un gran maestro, Hugo Correa Luna, que fue quien me marcó para siempre. Él fue quien me ayudó a encontrar mi voz escrita.
Compartimos una brevísimo fragmento de la novela: “Terminó el año académico en la Universidad Católica, cursó todas las materias, pero, con la aprobación de su futura directora espiritual y sin decirles a sus padres, no se presentó para los exámenes finales. Hubiera tenido que pedir ayuda a profesores particulares, de tan ausente que había estado en clase. Para qué estudiar si ya no había retorno. La vida le deparaba otro destino, que poco y nada tenía que ver con los números, las encuestas y estadísticas. Todo aquello formaba parte de una etapa concluida, de un recorrido que la había ido preparando para lanzarse de lleno hacia el llamado privilegiado de Dios”.

—¿Hay algo tuyo en la vida de Marie, la religiosa protagonista de El canto de las horas?
—En este mundo ficcional de la novela, Marie, la protagonista, hace un recorrido muy parecido al mío, efectivamente. Pero en ella hay cosas mías y de muchas otras personas y monjas a las que conocí, así como en los otros personajes hay también una mezcla de rasgos de otros y míos. Puedo decir, sí, que el sentimiento que traspasa la novela es el mío. Escribí el recuerdo de mi sentir durante todos esos años.
—Las intrigas del convento se parecen y mucho a cualquier trama de intrigas extramuros. ¿Pura ficción, pura realidad?
—Creo que todo ámbito un poco cerrado que implica convivencia está constituido de intrigas, conflictos, y dramas de todo tamaño. Acá, en esta historia, nada es nuevo. Lo que lo hace nuevo es el marco donde suceden estas cosas. Hay ficción y hay realidad, entremezcladas como los colores en un lienzo. No se pueden distinguir ni separar.
—Tus descripciones son detalladísimas, sutiles filigranas hechas de palabras. ¿Cómo es tu trayecto como escritora? ¿Qué otros títulos publicaste? ¿Estás proyectando otra obra?
—Además de los talleres de Hugo Correa Luna, estudié en Casa de Letras, una escuela de escritura creativa en Buenos Aires, el año que abrieron el programa de forma virtual. Es cierto, soy bastante meticulosa para escribir, releo mucho, corrijo muchísimo, me gusta el trabajo con las palabras y los sonidos, la música de las palabras es algo que me llega muy a fondo. Tengo cuentos escritos que nunca publiqué, y escribí una crónica de familia, Hasta hoy recuerdo cada verso, que es la historia de mi bisabuelo poeta, quien a los 17 años dejó el sur de Francia y se puso a trabajar en la provincia de Corrientes. Nos dejó no solo poemas, sino también un manuscrito bellísimo en el que cuenta sus experiencias. A partir de sus textos y otras investigaciones reconstruí la historia de esa rama de la familia. En cuanto a mis proyectos de escritura, tengo ideas, sí... Espero que algún día vean la luz, pero yo soy muy lenta para escribir, pueden pasar unos años.

—Quisiera saber algo de tu vida personal, un poquito más que los datos consignados en la solapa de libro. Qué te gusta leer, cómo viviste en pandemia, algunos detalles que completen tu personalidad...
—Unos meses antes de la pandemia, le pedí la última revisión de la novela a una amiga, poeta y profesora, Bea Lunazzi, quien dedicó muchísimas horas a una lectura profunda y me hizo sugerencias valiosísimas. Terminé El canto de las horas con el punto final, final, exactamente cuando se desató la pandemia. Durante esos primeros meses de encierro nos embarcamos, con mi marido y mi hija, a traducir la novela al inglés. Fue un trabajo muy lindo. La pandemia también me abrió las puertas a talleres de literatura que se empezaron a dar por zoom desde Argentina, en los que pude leer a Borges, a escritores argentinos actuales, a Natalia Ginzburg, Clarice Lispector y muchos otros autores que adoro. Hoy sigo participando de estos talleres, además de cursar un máster en traducción literaria que espero terminar en el mes de julio.
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