Manuel Peyrou, el “Chesterton argentino” sin pelos en la lengua que regresa del olvido

Libros del Zorzal acaba de reeditar su obra completa: nueve libros y un décimo que reúne textos publicados en diarios y revistas. ¿Quién fue este narrador y periodista, íntimo amigo de Borges y miembro del círculo dorado de su época? “Un tipo que estaba en la vida”, resume Héctor Monacci, uno de los ideólogos del reencuentro de Peyrou con los lectores

Manuel Peyrou (Fotos: Libros del Zorzal)
Manuel Peyrou (Fotos: Libros del Zorzal)

Una tarde, el traductor estadounidense Donald Yates, seguramente con un pocillo en la mano, cuenta que a los pocos días debe viajar a México a dar una conferencia sobre poesía. Sus interlocutores, del otro lado de la mesa, son Jorge Luis Borges y Manuel Peyrou. Borges —entretenido o disperso: su rostro no permite develarlo— asiente. Peyrou, por su parte, lo escucha con cierto desgano. “Entonces, dígame —dice Yates mirando a Peyrou a los ojos—, ¿cuál es su mensaje para los jóvenes poetas mexicanos?”

—Dígales que se vayan a la puta que los parió.

La anécdota, según escribió Adolfo Bioy Casares en su Borges, la contaba de forma recurrente el autor de El Aleph, quien admiraba mucho a Peyrou y era uno de sus grandes amigos. ¿Cómo se conocieron? En un bar alemán a metros de la esquina de Corrientes y Pueyrredón. Los presentaron y se dieron la mano y pronunciaron algunas frases convencionales. No terminó ahí. Al salir, Borges le preguntó a Peyrou hacia dónde se dirigía. “Al norte”. “Vamos”. Caminaron en silencio hasta que Peyrou, según él mismo lo contó, notó “una sombra o una presencia del pasado”: era el poeta uruguayo, Jules Laforgue, muerto hacía mucho tiempo, en 1887, en París. Como un acto mecánico, Peyrou comenzó a recitar un verso de Laforgue que Borges completó de inmediato. “Al llegar a las Heras, donde él vivía y como no habíamos terminado de recitar poemas a voz en cuello, Borges se ofreció a acompañarme hasta mi casa”, contó.

Libros del Zorzal reedita a Manuel Peyrou
Libros del Zorzal reedita a Manuel Peyrou

Manuel Peyrou murió unas horas después del comienzo del año 1974. Dolido por la pérdida, Borges le escribió un poema titulado Manuel Peyrou que publicó, tres años después, en su libro Historia de la noche: “Suyo fue el ejercicio generoso / de la amistad genial. Era el hermano / a quien podemos, en la hora adversa, / confiarle todo o, sin decirle nada, / dejarle adivinar lo que no quiere / confesar el orgullo”. Tenía 71 años cuando murió aquel 1 de enero y una obra extensa: nueve libros y cientos de textos publicados en revistas y diarios. Desde entonces, poco a poco, su nombre dejó de ser pronunciado. Casi medio siglo después, en el congelamiento de la pandemia, Héctor Monacci, un lector fascinado con Peyrou, relee aquellos libros que había devorado en la infancia y emprende una tarea titánica junto con Oscar Peyrou, sobrino del escritor, y la editorial Libros del Zorzal: reeditar la obra completa.

Son, en total, sus nueve libros publicados en vida; y un décimo, que lleva por título Decadencia de la antropofagia, y se compone de diez cuentos “casi inéditos” —publicados en revistas y diarios de la época—, una crítica literaria, una cinematográfica y un breve texto titulado Desagravio a Borges, que salió en la revista Sur en julio de 1942, como defensa de su amigo por la falta de “reconocimiento oficial” de la Comisión de Cultura al no incluir El jardín de los senderos que se bifurcan en su premiación. “Lo descubrí en mi casa de la infancia, de la cual heredé una buena cantidad de libros que eran de mi papá. Ahí había varios de Peyrou, pero también antologías que incluían algún cuento suyo. Luego, lo que hice fue reconstruir lo que me faltaba. Releerlo es una actividad normal para mí. Soy lector y relector. Pero cuando quise comprar los libros que me faltaban la cosa se puso difícil“, cuenta Monacci a Infobae Cultura.

“Por los méritos propios del autor y por lo que significaba en su momento ser parte de un círculo dorado, era extraña la situación de estar inaccesible, salvo en ediciones de segunda mano. Además, en muchos casos sus libros no llegaron a una segunda edición. Entonces me propuse la idea de reconstruir eso. No lo hice solo, me ayudó, cooperó a la distancia, desde España, como un modelo muy típico de la pandemia, su sobrino, Oscar Peyrou. Lo que hicimos fue cuidar esos textos, pasarlos por un tamiz. Entonces apareció una editorial valiente debido a los circunstancias. Los libros tienen no solo una cosa estética maravillosa, son muy atractivos y bien armados, sino que son libros de la editorial. Fue una coincidencia feliz. En un momento en que el sector editorial está muy golpeado y en que se dan megaunificaciones de los grandes grupos, pese a todo eso se logró una colección magnífica”, agrega.

Borges y Peyrou (Fotos: Libros del Zorzal)
Borges y Peyrou (Fotos: Libros del Zorzal)

Manuel Peyrou nació en San Nicolás de los Arroyos, ciudad del extremo norte bonaerense, el 23 de mayo de 1902. “Hay algo de casualidad en que nazca ahí”, dice Monacci. Su padre fue Antonio Peyrou, abogado recibido en la Universidad de Buenos Aires —junto a Macedonio Fernández y Jorge Guillermo Borges, padre de Borges— y su madre fue Julia Olascoaga, hija del coronel Manuel José Olascoaga, organizador de la Campaña del Desierto y primer gobernador de Neuquén. Peyrou era, además, sobrino nieto de Bernardo de Irigoyen, que ocupó cargos políticos como el de gobernador de la provincia de Buenos Aires. Cargaba con toda esa tradición encima. Pero nace en San Nicolás porque allí lo trasladan a su padre, funcionario judicial. Es la tradición la que le devuelve su destino porteño para estudiar en el Colegio Nacional primero, y en la UBA después. “Se recibió, pero nunca ejerció de abogado —dice Monacci— porque lo absorbió la literatura”.

Trabajó en los ferrocarriles hasta que se encontró con el periodismo. Fue Borges el que lo vinculó con la revista Sur y su gran círculo literario, y le encargó la sección de crítica de cine en Los Anales de Buenos Aires, revista que él dirigía. También trabajó en Crítica y en La Prensa, donde tuvo su columna durante diez años bajo el seudónimo de Septimio. En simultáneo escribía libros. El primero es de 1944, La espada dormida, una colección de cuentos policiales. Le siguen El estruendo de las rosas (1948, novela) y La noche repetida (1953, cuentos). “Hay una primera etapa en la que se ve la influencia del mundo anglófono y, en menor medida, del francófono del siglo XIX. Eso se va acriollando poco a poco, cuando crea un personaje inolvidable: un hombre del interior que llega a Buenos Aires, Pablo Laborde, un criollo viejo. Ahí ya no es el policial calcado del británico o francés”, cuenta Monacci. Así, Peyrou se ganó el apodo del “Chesterton argentino”.

Su obra, escrita de a poco, como ráfagas constantes, se completa con Las leyes del juego (1957, novela), El árbol de Judas (1959, cuentos), Acto y ceniza (1963, novela), Se vuelven contra nosotros (1966, novela), Marea de fervor (1967, cuentos) y El hijo rechazado (novela, 1969). “Peyrou navegó las aguas intermedias entre el policial y el noir. Hay una falta de definición de si el personaje malo me resulta revulsivo o me cae un poco simpático. Eso es algo propio del policial, que lo llevó al límite. Me sorprendieron gratamente los cuentos que se acercan a lo fantástico, experiencias de la vida cotidiana que rozan lo sobrenatural. Además su escritura está muy asociada a Buenos Aires. Escribía con un método muy realista, le gusta estar en los lugares que describía para hacerlo con precisión. También son interesantes las epifanías: por momentos las novelas tienen páginas poéticas, casi líricas. Peyrou no ha envejecido como otros autores de su generación”, cuenta Monacci.

En el décimo libro, Decadencia de la antropofagia, Monacci escribe una introducción: “La crítica especializada y la prensa en general parecen haber dejado un hueco donde antes había un hombre de carne y hueso, difícil de clasificar, que huía del roce público y de la promoción de sí mismo, que volcaba opiniones sin especular sobre el beneficio o prejuicio propio, y que no tenía miedo de ofender con el humor”. En términos políticos su “posición era contraria al peronismo” y muchas veces “denunció la existencia de presos políticos o las torturas en las comisarías”. Ahora, en diálogo telefónico, sostiene Monacci: “Un tipo que es hostil con la religión, ¿adónde lo ponemos? Un tipo que odiaba los modismos de la clase alta, ¿adónde lo ponemos? Hay alusiones a abortos en sus novelas, ¿adónde cuadra eso en la Buenos Aires de mitad del siglo XX? Era un defensor acérrimo de las libertades individuales. El estruendo de las Rosas, por ejemplo, es una crítica a los totalitarismos”.

Libros del Zorzal reedita a Manuel Peyrou
Libros del Zorzal reedita a Manuel Peyrou

¿Por qué, como suele decirse, “cayó en el olvido” Peyrou? Para Monacci hay varios elementos: “Quizás la cercanía a Borges era un peligro. Borges terminó siendo una figura aplastante y los que estaban al lado se opacan como satélites. Hay dos cosas que son seguras. La primera: Peyrou nunca fue un agente literario de sí mismo. Para los editores habrá sido difícil eso. Si no le interesaba presentarse a un cóctel para promocionar su obra, no iba. La segunda: era un tipo sin pelos en la lengua, capaz de dar su opinión sin calcular las consecuencias. Es posible que mucha gente se haya sentido ofendida por su humor sarcástico. Si combinás todo eso tenés un personaje que no ayuda, que parece desconectarse de los aspectos más comerciales. Pero también, ¿cuántos autores argentinos se reeditan? No es una historia larga la literatura argentina. De muchos autores nos olvidamos. No estamos haciendo reedición y relectura continuada. El devenir hacia el olvido es muy frecuente”.

Once años después de su muerte, Borges lo vuelve a nombrar. En un texto titulado Evocación de Manuel Peyrou, publicado en El País de España el lunes 16 de diciembre de 1985, escribe: “Manuel Peyrou profesó el arte, hoy casi perdido, de urdir curiosos argumentos y de narrarlos de un modo lúcido, con sentencias claras y eufónicas (...) En nuestros días se da el nombre de cuento a cualquier presentación de estados mentales o de impresiones físicas; se olvida, asimismo, que la palabra escrita procede de la palabra oral y busca análogos encantos. Acaso todo cuento debe escribirse para el último párrafo o acaso para la última línea; la exigencia puede parecer una exageración, pero es la exageración o simplificación de un hecho indudable”. Y termina de la siguiente manera: “Con el mismo grado y con la misma curiosidad que sentí por primera vez, hace ya tantos años, releo la obra de mi amigo Manuel Peyrou”.

“Peyrou perteneció al círculo dorado, a eso que se llamó en algún momento el Grupo de Florida, aunque el propio Borges decía que era una broma porque muchos estaban en Boedo y en Florida al mismo tiempo. Es para leerlo con ojos nuevos: encontrar a un autor nuevo pero que pertenecía al círculo de las Ocampo, Borges, Bianco, Sabato, Cortázar... Muy admirado por ellos, muy destacado. Además, hay algo de bicho de redacción en él, porque estaba muy ligado al periodismo. Aunque no era un ratón de biblioteca. Su vida de vinculación con la ciudad era la del buen comer, del buen beber, de caminar por la ciudad, de enamorarse de mujeres. Un tipo que estaba en la vida, no un encerrado; sí un hombre de letras y de las redacciones”, dice Monacci, y concluye: “Cuando alguien lee a Peyrou, lo ve: es un autor placentero. Se preocupaba por darle placer al lector: lo sorprende y cuida las expresiones para hacerlas más atractivas”.

¿Y cómo escribía Peyrou? Así empieza su novela El estruendo de las rosas (1948), y así termina este breve recorrido por su vida y por su obra:

Una nube frágil como un velo, un sol que a duras penas atravesaba la nube, un viento helado que se quejaba (de vicio) entre los árboles, y unos árboles de otoño, ni grises ni verdes, no eran elementos suficientes para hacer memorable aquella mañana. Después de mediodía, aquella mañana sería memorable. En realidad, ya lo era (paradójicamente) para un hombre pálido, alto, de pelo negro, vestido de azul, que tenía un ramo de rosas en la mano y estaba parado a la sombra de uno de los frondosos castaños de la plaza, con una seriedad oficial o profesional en su rostro.

* Los libros de Manuel Peyrou también se pueden leer en ebook.


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