Buena parte del encanto del documental sobre Joan Didion es que fue dirigido por su sobrino, el actor y cineasta Griffin Dunne (el atribulado protagonista de la comedia paranoica After Hours de Martin Scorsese, por ejemplo). Con ese tono de complicidad, indaga en la vida de la mujer que en los años 60 sumó sensibilidad californiana al lenguaje feroz del Nuevo Periodismo. Cuatro décadas después, su escalofriante crónica de un duelo familiar y privado, El año del pensamiento mágico (2005), sobre la muerte de su marido el escritor John Gregory Dunne, la trajo de nuevo al centro de la escena literaria global.
La película comienza con imágenes de San Francisco. En 1967 Didion había vuelto después de nueve años en Nueva York trabajando para Vogue, donde como explica Anna Wintour en el documental, las redactoras todavía llevaban guantes y sombrero. En 1964 se había casado con John Gregory Dunne, quien le ayudó a editar su primera novela. Poco después, ella decidió que tenía que volver a la costa Oeste.
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Cronista de la era de Acuario
“Me fui a San Francisco porque llevaba meses sin poder trabajar. Me frenaba la convicción de que escribir era un acto irrelevante... que el mundo como yo lo entendía había dejado de existir. Era la primera vez que me enfrentaba directa y rotundamente a la verdad de la atomización, a la prueba de que las cosas se desmoronan. Si iba a volver a trabajar, necesitaba que las cosas se reconciliaran con el desorden”, cuenta. Allí Didion se encontró con la contracultura, los hippies, el LSD y la caída de un viejo mundo. “Los adolescentes iban a la deriva de una ciudad a otra, desprendiéndose del pasado como serpientes que mudan su piel. Eran niños a los que nunca se les enseñó y que nunca aprenderían los juegos que habían mantenido unida a la sociedad”, agrega. Desde entonces se convirtió en una de las voces más precisas en abordar la realidad social de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.
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La cámara recorre los libros de su biblioteca (Kurt Vonnegut, John Steinbeck, Doris Lessing, Dante, Beatrix Potter) y la muestra en la cotidianeidad de su cocina, con un televisor como toda conexión con el mundo. Están las fotografías familiares en California, donde pasó su niñez y una gran parte de su edad adulta, y hay recuerdos que pocos entrevistadores potenciales no-familiares podrían retratar. En un momento epifánico, Dunne cuenta que recuerda vívidamente su primer encuentro. Él tenía cinco años, llevaba un short de baño corto y ajustado, recuerda, y se sintió mortificado cuando John Gregory Dunne -su tío y entonces esposo de Didion- le señaló que un testículo estaba a la vista. “Fuiste la única que no se rió”, le dice Dunne a Didion, que se sienta a su lado. “Siempre te amé por eso”, confiesa el sobrino-realizador.

Los propios recuerdos de Didion también son francamente reveladores. “Siempre he pensado que si analizo algo, me da menos miedo. La teoría dice que si la serpiente se mantiene en tu campo visual, no te morderá. Eso se asemeja bastante a cómo me enfrento yo al dolor”, dice. En relación a la muerte de Quintana Roo, su hija adoptiva, después de una misteriosa enfermedad, Didion se hace a sí misma preguntas trascendentes, muchas veces sin respuesta posible: ¿La quise lo suficiente? ¿Fui una madre a la altura de las circunstancias? En el fondo, flota una certeza: ella siente culpa en no haber visto ciertas sombras en la vida de su hija, abandonada por sus padres biológicos y prisionera del alcoholismo.
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“¿Cómo te sentiste cuando viste a una niña de cinco años drogada con ácido?”, le pregunta Dunne, en relación a sus experiencias como cronista en la década del 60. Ella respira hondo. “No te voy a mentir, era oro puro. Cuando trabajas en un artículo, das tu vida por algo así”, responde con honestidad brutal. Pero también hay momentos para la simpleza hogareña. Por ejemplo, cuando describe una rutina doméstica de su matrimonio: John se levantaba por la mañana, encendía la cocina, preparaba el desayuno para su pequeña hija Quintana y la llevaba a la escuela. “Entonces me levantaba, tomaba una Coca-Cola y empezaba a trabajar”, cuenta ella. Es una solución instructiva, si no necesariamente ejemplar, para el eterno desafío de la madre escritora que debe combinar el trabajo creativo con la familia.
La entrevista con David Hare, quien dirigió la puesta en escena de la obra teatral basada en El año del pensamiento mágico, también contribuye a pintar al personaje de cuerpo entero. Hare aprovechó la oportunidad, cuenta, para insistir en que comiera un poco más: si era flaca, lo era mucho más luego de su viudez. Una sensación que refrenda el documental es una evidente disparidad entre la fragilidad física de Didion y su voz, firme y clara, capaz de transmitir sus ideas sobre el periodismo y la literatura. Una imagen del final, simboliza esa dicotomía. Se lo ve al entonces presidente Barack Obama después de otorgarle la Medalla Nacional de las Artes en 2013: sostiene sus manos con un equilibrio cuidadosamente calibrado de respeto y ternura. Eso era lo que ella generaba.
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