Por qué somos más o menos optimistas y cómo nos ayuda el arte

¿El optimismo es una ilusión irracional o una profecía autocumplidora? ¿Qué significa ver el vaso medio vacío o medio lleno? ¿Da lo mismo? Una mirada desde la neurocultura

Los seres humanos somos básicamente optimistas
Los seres humanos somos básicamente optimistas

Cuando me senté a escribir esta columna, me puse a recordar episodios en los que hubiera presenciado actitudes optimistas que me sorprendieran. Rápido vino a mi memoria la ocasión, durante la formación en neurología, en la que me llamaron de la guardia del Hospital Centenario para que viera a un hombre que había tenido un accidente cerebrovascular. Crucé la ciudad de madrugada y estacioné delante de la guardia. Los colegas de turno me presentaron el caso y fui a ver al paciente, al shock-room. Era un hombre de alrededor de ochenta años. Me presenté y pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Abel. Le pregunté cómo estaba: no me puedo quejar, me dijo. Rápidamente pude ver que tenía cierta dificultad para hablar, y que no movilizaba el lado izquierdo de su cuerpo. ¿Qué no se puede quejar? Bueno… me alegro por eso, le dije. No me puedo quejar porque hasta hace un rato estuve muy bien, me dijo. Lo revisé, indiqué estudios y tratamiento, y lo ingresé al hospital. Cuando ya estaba internado pasé a verlo por la sala. Me dijo: soy un hombre con suerte, me quedó buena la mano derecha, así que puedo seguir dibujando.

Los seres humanos somos básicamente optimistas. Cuando se le pregunta a un grupo de personas sobre la posibilidad de que algo malo ocurra, y se lo correlaciona con las estadísticas recogidas sobre esa probabilidad, en general existe subestimación. Es decir que la realidad es estadísticamente peor de lo que suponemos. Creemos que lo malo es menos probable que lo que en realidad es. Esto se aplica a la gran mayoría de la gente, como a un 80%, pero existen variaciones individuales. No todos ejercemos el mismo grado de optimismo. Hay personas que ven el vaso medio vacío y las que lo ven medio lleno. Si pusiéramos en un plato de la balanza las expectativas negativas y en el otro las positivas, en promedio, por defecto, pesaría más el plato de las positivas. Así que como el optimismo es parte de la condición humana, podemos considerar que la persona llamada pesimista es, en realidad, poco optimista, y la que llamamos optimista, es muy optimista.

A ese plus de optimismo estructural, a esa diferencia entre lo que estimamos y la realidad medible, se la conoce como sesgo cognitivo de optimismo. El sesgo de optimismo es la tendencia natural a creer que el futuro va a ser mejor que el presente o el pasado, y también la tendencia a desestimar que puedan pasarnos cosas malas, como enfermarnos, tener accidentes o perder nuestro trabajo. El sesgo de optimismo está presente cuando nos casamos “para toda la vida”, cuando traemos hijos a este mundo, cuando renovamos nuestras esperanzas a fin de año, cuando votamos a nuestros políticos. Es una cuota de irracionalidad que nuestra mente considera necesario tener, porque favorece nuestra adaptabilidad. Para adaptarse al medio los organismos necesitan modificarse, pero a veces parece más barato modificar el mundo, construyendo una imagen ilusoria un toque más benevolente que la real.

Nuestro cerebro procesa la buena noticia en un área del cerebro (Getty Images)
Nuestro cerebro procesa la buena noticia en un área del cerebro (Getty Images)

¿Qué hace que haya personalidades más o menos optimistas? La diferencia está en el procesamiento del error de predicción. Nuestra mente construye escenarios posibles antes de cada acción. Si la predicción no se cumple, viene la sorpresa, que es el sustrato básico del aprendizaje. El error de predicción es la diferencia entre lo que esperábamos y lo que efectivamente se dio. Ahora, la sorpresa puede indicarnos que nuestro optimismo se quedó corto, o que fue delirante. Nuestro cerebro procesa la buena noticia en un área del cerebro, llamada giro frontal inferior, del hemisferio izquierdo. Esta se activa cuando la sorpresa nos indica que debimos ser todavía más optimistas. Cuando la corrección es inversa, cuando la noticia es negativa, cuando nuestra estimación resultó delirante, se activa el mismo área, pero del otro lado del cerebro. Las personas optimistas tienen baja activación de este área cuando procesan malas noticias, con lo que se interpreta que su procesamiento es pobre. Es decir, al optimista, si de malas noticas se trata, no le entran balas.

El lado negativo del sesgo de optimismo es que puede llevarnos a minimizar riesgos reales e ignorar pautas útiles de prevención, como ponerse el cinturón de seguridad, usar un preservativo o subirse el barbijo arriba de la nariz. Es también, desde ya, el sustrato que alimenta a la industria del juego. Un dato curioso es que ha podido comprobarse que el sesgo de optimismo se desactiva en situaciones de alto riesgo, como en catástrofes. De esta manera nuestra mente evita que asumamos peligros cuando no hay margen para eso.

La evolución ha encontrado ventajas en que vivamos nuestras vidas asumiendo que lo que está por venir va a ser mejor que peor. Ese desacople con la realidad objetiva parece importante para proyectar acciones hacia el porvenir, para establecer asociaciones sociales con un objetivo en común y, desde ya, para cualquier proceso creativo. Básicamente podría decirse que no hay creatividad sin optimismo. Pero, al parecer, el sesgo de optimismo se limita al dominio de control de cada uno. Sobre aquello que somos capaces de controlar, solemos ser optimistas. Pero sobre aquello que está fuera de nuestro alcance, no tanto. La neurocientífica Tali Sharot, especialista en sesgo de optimismo, llama a este fenómeno optimismo privado/desesperanza pública. Por eso la mayoría pensamos que nos va a ir bien en general, pero que el mundo está cada vez peor. Obviamente, ninguna de las dos afirmaciones es objetiva.

Crear ayuda a proyectar el optimismo  (Gustavo Gavotti)
Crear ayuda a proyectar el optimismo (Gustavo Gavotti)

Unos días después de que Abel ingresara al hospital por su ACV, desde el Servicio de Neurología decidimos darle el alta. Le anunciamos el día previo que a la mañana siguiente volvería a su casa. Llegué temprano a la sala con las indicaciones escritas y el resumen de historia clínica ya preparado. Cuando entré a la habitación Abel estaba sentado en una silla al lado de la cama, vestido, peinado, con la mano no afectada apoyada sobre el bastón trípode, y la izquierda descansando sobre el muslo. Había recuperado bastante fuerza en la pierna, así que ya caminaba con asistencia. Abel le hizo una seña a su hija que estaba parada al lado: ¿le das la lámina al doctor? La mujer abrió un block y me entregó un dibujo en carbonilla hecho por él durante sus días de internación. Había un banco de plaza, una farola ornamental y un camino que se perdía en la fuga. Efectivamente, su capacidad para dibujar estaba intacta.

La neurociencia ha recolectado evidencia que indica que las personas con mayor optimismo son más resilientes y se sobreponen mejor a la adversidad. Suelen alcanzar más éxito en los proyectos que emprenden. Tienen menor probabilidad de sufrir trastornos de ansiedad o depresión. Incluso se considera que mayores puntajes en escalas de optimismo se asocian a mayor longevidad. O sea que acá hay un tema tipo huevo y gallina. Más optimismo hace que nos vaya mejor, lo cual refuerza el optimismo.

Si bien las personas venimos de fábrica con más o menos optimismo, esta aptitud, como la mayoría, puede ser modificada y ampliada. Es posible expandir el optimismo individual con algunas acciones concretas, como la meditación, la actividad física y el sueño de calidad. También se logra con la pauta de invertir más en experiencias que en bienes y ejercer el altruismo activamente. Pero principalmente, la pauta más efectiva es establecer planes y proyectos, fijarse objetivos que esperar con anhelo.

Un par de semanas después del alta, controlé a Abel en el consultorio del hospital, de forma ambulatoria. Al verlo entrar vi que se trasladaba con más agilidad y que empezaba a tener movilidad en su mano izquierda. También estaba acompañado por su hija. Abel le pidió un paquete y me lo entregó. Era un rectángulo envuelto en papel de diario. Al abrirlo encontré una lámina enmarcada con un dibujo similar al de carbonilla, sólo que ahora, el banco, la farola y el camino estaban dibujados a lápiz y coloreados en acuarela. Entendí que lo que había hecho durante la internación era un anteproyecto de la obra que ahora me entregaba. Abel se había fijado un objetivo que esperar con anhelo.

Toda expresión artística, como materialidad de lo etéreo, bien puede verse como optimismo cristalizado. Ahí donde cuesta encontrar una razón para seguir, nuestra mente prescribe que debemos inventarla. Ahí es donde el flaco Spinetta, en su Cantata de Puentes Amarillos, nos dice: mañana es mejor.

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