
Un hombre en la Tierra, pero no cualquier hombre: Adán —viene del hebreo y significa “hombre”—, el primero que creó Dios, según la Biblia y el Corán. Está desnudo, es joven, lampiño y atlético. En su postura hay tranquilidad; en su mirada hay paz, algo de sorpresa también, como si fuera un recién nacido, pero adulto. Su brazo apenas estirado, su mano floja, con el dedo índice, toca otro dedo, otra mano, otro brazo levemente estirado. Es Dios.
Dios está en el cielo. Su barba blanca y su pelo blancos dan cuenta de un hombre ya mayor, anciano. Está envuelto en una alborotada túnica color púrpura que comparte con ángeles querubines. Con el brazo izquierdo —no el que toca a Adán— abraza a una figura femenina: Eva, la primera mujer, quien, al estar aún con Dios, envuelta en su túnica, en el cielo, no ha sido creada. Pronto lo será. pronto aparecerá en la Tierra y hará posible el origen de la humanidad.
Se cree que esta icónica obra, La creación de Adán, una de las más importantes de la historia de Occidente sin dudas, está inspirada en el himno medieval Veni Creator Spiritus, en el que se pide que el dedo de la mano paterna derecha dé a los fieles amor y corazón. Es uno de los tantos elementos que pululan alrededor de este fresco ubicado en la bóveda de la Capilla Sixtina, en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano, pintado por Miguel Ángel alrededor del año 1511.

Seis años antes, en 1505, Michelangelo Buonarroti —más conocido como Miguel Ángel— fue invitado a Roma por el recién elegido papa Julio II. Todos hablaban de este joven arquitecto, escultor y pintor nacido en Caprese, de apenas treinta años, que algunos siglos después —esto nadie lo sabía— sería considerado uno de los grandes artistas de la historia. El nuevo Papa le encargó la construcción de su propia tumba. El trabajo constaba de cuarenta estatuas en cinco años.
Durante ese trabajo, que se vio interrumpido por múltiples pedidos, pintó el techo de la Capilla Sixtina. Un trabajo menor comparado con el encargado original. Como no era considerada tan importante, la propuesta original fue reformada por el propio artista: el encargo era pintar los Doce Apóstoles pero persuadió al papa para representar la Creación, la Caída del Hombre y la Promesa de Salvación. La empezó en 1508 y se cree que quedó terminada en 1512.
La creación de Adán forma parte obra de un amplio y ambicioso esquema de decoración dentro de la capilla. Representa gran parte de la doctrina de la Iglesia Católica y hace un recorrido narrativa digno de la ovación. La composición completa mide 500 metros cuadrados de techo y cuenta con más de 300 figuras. No todo fue inspiración celestial: para pintar esos cuerpos, Miguel Ángel diseccionó numerosos cadáveres durante toda su carrera artística.
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