
Es inevitable pensar en Cândido Portinari sin tararear “Un son para Portinari”, en la voz de Mercedes Sosa, por lo que, quienes no conozcan de arte, y mucho menos de arte de Brasil, su sola mención quedará en la anécdota musical. Una pena, porque se pierde de una obra no solo generosa en extensión, sino en diversidad, al punto que es recogida en un proyecto enorme.
Cândido Portinari nació en el seno de una familia pobre y trabajadora de Brodowski, por lo que, como suele suceder en esos casos, las festividades populares y familiares atraviesan las vidas de sus pobladores. En el caso de Portinari es llamativa la cantidad de pinturas que retratan bodas en el campo. Y como si él cumpliera un rol de pintor oficial de esa celebración, ni siquiera varía su nombre, todas son Casamento na Roça (o Casamiento o boda rural, en castellano). La única distinción, más allá de la pintura, claro, es el año de producción y su destino final.
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Casamento na Roça, de 1944, un óleo sobre tela de 98 x 79 cm, que pertenece a una colección privada, es una composición en tonos tierra, azul, verde, blanco, rojo, gris, negro y rosa, en la que se ve muy de cerca a una pareja de novios negra tomada de la mano, en un paisaje árido, sobre un fondo casi desértico. A la izquierda, se encuentra la novia, de pie, mirando de frente, con la cabeza inclinada hacia la derecha, donde se encuentra su flamante esposo. A la derecha, en el centro de la composición, el novio está de pie, de frente también, con la cabeza girada 3/4 hacia la derecha. Ambos tienen sus rasgos definidos: cara redonda, ojos grandes, nariz representada por un triángulo y labios gruesos y cerrados.

En el suelo hay algunos guijarros esparcidos, y a la derecha hay tres pequeños montones alineados en perspectiva hacia el fondo. Un poco más atrás y a la derecha se dibujan dos niños: uno de espaldas, 3/4 girado hacia la izquierda con los brazos y las piernas separadas, con camisa blanca y pantalón azul; el otro más abajo con ropa blanca. Cerca de la línea del horizonte, la Igrejajinha de Santo Antônio. En el cielo, una cometa roja con puntos blancos y cola. El cielo azul y el suelo, en “degradé”, se van aclarando hasta encontrarse en la línea del horizonte.
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Esta estructura se repite en varias de las bodas que Portinari representó en sus pinturas, sin embargo, las variaciones que le otorgó a cada una las convierte en tan diferentes unas de otras que el horizonte o la iglesia a la derecha solo son un suspiro, un aire a más que el ejercicio de la estructuración.
Por otra parte, en la obra de 1944, los novios están mucho más cerca del espectador que en otras de las pinturas de boda, tanto es así que se puede observar que la novia lleva el pelo corto con un toque de flores blancas del que sale un velo transparente salpicado de puntos negros y largo hasta la mitad de la falda, que viste un vestido blanco con mangas largas, cinta azul marcando la cintura, una falda con cuatro volados hasta la mitad de la espinilla, medias y zapatos blancos. El brazo derecho está doblado a la altura del pecho, sosteniendo un ramo de flores verdes y rosas, y el brazo izquierdo está cruzado con el del novio a su lado. De él se puede ver que calza un sombrero de paja, traje blanco, camisa blanca con lunares rojos, corbata roja de mariposa y zapatos blancos. Su brazo izquierdo está caído a lo largo de su cuerpo y el derecho está doblado, sosteniendo el de la novia.
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Lo que se puede observar, además, es que, a diferencia de otras bodas rurales pintadas por él, los novios están solos, en un momento de afectuosa intimidad, tal vez descansando de los invitados. Los niños que aparecen en la imagen están lejos, disfrutando, ellos a su vez, de su momento de regocijo. Tal vez este detalle sea uno de los que más se destaca, más allá de los contrastes en la paleta cromática, la soledad de los novios.
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