Eduardo Berti y un libro que logra lo imposible: una literatura luminosa con historias que suceden en el umbral de la muerte

El escritor argentino habla de su nuevo libro, “Una presencia ideal”, un conmovedor relato coral que es resultado de una residencia en la unidad de cuidados paliativos de un hospital universitario de Francia, donde vive hace 20 años

Eduardo Berti es argentino y vive en París desde hace veinte años. Nacido en Buenos Aires en 1964, comenzó su carrera como periodista y no hay prácticamente género literario o trabajo con la palabra en la que no haya incursionado con calidad y talento. Cronista, guionista, ensayista y narrador, su trabajo como periodista especializado en música y cultura quedó atrás en el tiempo y hoy sus libros tienen prestigio y reconocimiento internacional. Su primer libro, a mediados de los 90, fue un conjunto de relatos, Los pájaros y luego llegaron Agua, La mujer de Wakefield, Todos los Funes, La sombra del púgil, Un padre extranjero, Faster, Rockología, La máquina de escribir caracteres chinos, Círculo de lectores y Por, entre otros libros.

Traducido por Claudia Ramón Schwartzman, recientemente Cía. Naviera Ilimitada publicó Una presencia ideal, un conmovedor relato coral que es resultado de su residencia como escritor en la unidad de cuidados paliativos de un hospital universitario en Rouen, Francia. Las voces del personal sanitario y administrativo del lugar y también las de los voluntarios que se acercan para entregar lo que saben hacer a las personas que están internadas allí conforman un tejido extraordinario y sensible en un espacio en el que la muerte no es un futuro distante y ajeno. Las reflexiones más profundas se dan en el marco de este lugar en el que en gran parte de los casos no hay cura posible. En un cruce delicado de realidad y ficción, el de Berti es un libro que consigue lo imposible: producir una literatura luminosa, de sonrisas y lágrimas, a partir de historias y testimonios que se suceden en el umbral de la muerte.

“Cuando escucho que cuidados paliativos es la unidad a la que se va antes de morir, en lugar de enojarme, en lugar de empezar a explicar con más o menos paciencia que también tratamos el dolor en casos que no implican una muerte inminente; en lugar de eso, les doy la razón, exhibo mi mejor sonrisa, digo amablemente que es así, que está bien observado, y luego agrego de inmediato que, de hecho, se podría afirmar lo mismo de todos los servicios del hospital, de cualquier hospital, porque, en definitiva, todo lo que merece llamarse vida es el conjunto de cosas que hacemos antes de morir, ¿no es así? Pues bien, le aseguro que eso siempre produce su pequeño efecto” (Mireille Gosselin, Jefa de la Unidad)

“No, no hablo de las cosas que pasan aquí en el hospital ni con mis amigos ni con mi familia, excepto con mi madre. Fue la única que hace dos años no me desaconsejó entrar en esta unidad. Y es la única cuyas preguntas van más allá de las generalidades habituales. Los demás no preguntan casi nada, no entienden nada. Pienso que en realidad no quieren entender. Hablar de la muerte y el sufrimiento no es para todo el mundo. Así que me callo. Los protejo.” (Linda Mouilleron, externa)

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Lo que sigue es la transcripción de la charla que mantuvimos días atrás a propósito de la publicación en castellano de este libro delicado y singular, el primero -y hasta ahora el único- que su autor escribió en francés. Sobre el final de la nota el lector podrá encontrar un link que permite escuchar el diálogo.

— Tu libro trata sobre temas que no pueden ser indiferentes nunca. Y entonces lo primero que tengo para preguntarte es cómo surge la idea de Una presencia ideal.

— A mí me invitó el hospital escuela de la ciudad de Rouen, en el Norte de Francia, la ciudad de Flaubert y de Madame Bovary, me invitaron a una residencia de escritor bastante especial porque la propuesta era pasar dos o tres semanas compartiendo el cotidiano del personal sanitario de una unidad del hospital y de una unidad que además tiene una carga especial que es la unidad de cuidados paliativos, ¿no? Donde hay en su mayoría enfermos terminales y, en todo caso, donde hay enfermos o casos de gran dolor que, en general, están asociados a enfermedades terminales. Me invitaron a pasar dos o tres semanas y todo lo que ellos esperaban era que yo escribiera un texto de cinco, diez páginas, no mucho más que eso. Yo acepté con gran curiosidad sin saber qué iba a ocurrir y te diría que casi de inmediato a los cuatro, cinco, seis días me di cuenta de dos cosas. La primera, que era imposible para mí escribir un texto sólo de cinco o de diez páginas con todo lo que estaba ocurriendo, con todo lo que me estaba pasando a mí individualmente, lo que estaba viendo, lo que estaba imaginando, sintiendo, y también todo lo que me estaban contando y compartiendo conmigo ellas, y digo ellas porque hay un 90 y pico por ciento de mujeres en la unidad. Eso me hizo por un lado darme cuenta de que necesitaba escribir un libro que un mes antes ni me había imaginado que iba a escribir y, segundo, fui a ver a la gente que me había invitado. Les dije lo que estaba ocurriendo y ellos se sorprendieron y se súper entusiasmaron y fueron muy cómplices conmigo. Dijeron bueno, dale, hagámoslo. Obviamente hubo que replantear todo, al final yo estuve yendo casi cinco, seis meses. No es que me quedé todo el tiempo, hacía idas y vueltas. Y bueno, ese fue un poco el origen de cómo apareció este libro.

"Una presencia ideal" fue publicado por Cía. Naviera Ilimitada.
"Una presencia ideal" fue publicado por Cía. Naviera Ilimitada.

— ¿Qué relación tenías antes de este libro con los temas médicos?

— En términos de interés ninguno muy en particular. Ni el mayor y el menor. Un interés normal. Pero yo había tenido dos experiencias muy largas de fin de vida con mi mamá, primero, y con mi papá, después, en hospitales en Buenos Aires. Y ahora me doy cuenta, retrospectivamente, de que este libro seguramente empezó y nació ahí porque fueron experiencias muy largas de acompañarlos y de incluso pasar fines de semana, noches, y como eran tan largas las experiencias ocurría algo que yo creo que es bastante común: los primeros días uno no ve nada, no ve más que a su padre o a su madre, y después es como que uno va abriendo la cámara a medida que pasan los días. Empieza a ver de pronto al otro paciente, o los otros familiares, las otras habitaciones. Y cuando te querés dar cuenta, ya estás saludándote con las enfermeras, empezás a charlar. Esto cuando es muy larga la experiencia, quiero decir, cuando es más larga de lo normal.

— Sí, cuando vivís varias horas al día en esos lugares, justamente.

— Claro, cuando pasas meses, como me pasó sobre todo con mi mamá. Que yo veía pasar y pasar a los enfermos y yo mismo de a poquito empezaba a ser como parte del paisaje. Y recuerdo que en su momento yo dije claro, este mundo es muy interesante, lo que pasa es que en ese momento, con lo que me estaba ocurriendo era casi indecente para mí pensar eso, porque uno piensa de todo en esos momentos, pero di vuelta la página y me concentré en lo que me estaba ocurriendo a mí personalmente.

— Bueno, eso es algo que aparece en tu libro también, la necesidad del dar vuelta la página. El duelo y dar vuelta la página. Uno necesita eso justamente porque sigue vivo, ¿no?

— Claro, claro. Yo creo que ahí, y después obviamente en Rouen, cuando empecé mi residencia, esto reapareció. A mí me empezó a interesar lo que yo creo que es el, cómo decirlo, el punto de vista o el foco, la óptica del libro, que es contar ese mundo desde el punto de vista del personal sanitario. Lo que no significa no hablar de los enfermos, no hablar de las familias, no hablar de la muerte, no hablar de la enfermedad, no hablar de dolor. Pero contarlo desde esta óptica que a mí me interesó porque me parece que, a diferencia de lo que nos ocurre a la mayoría de los que no somos del personal sanitario, que cuando vamos a un hospital ya sea como pacientes o como amigos o como familiares es algo extraordinario y es algo excepcional, para el personal sanitario esto es lo ordinario, esto es lo cotidiano.

— Sí.

— Y eso es lo que a mí me interesaba preguntarme o tratar de ver ya que ellas me estaban contando cosas y me recibieron muy bien y me permitían poner la cámara de ese lado, digámoslo, así me parecía muy interesante ver qué significa una vida cotidiana en un ámbito donde la muerte es omnipresente.

— Hay una frase que me gusta mucho, que está cerca del final del libro, y es “hablar de la muerte y el sufrimiento no es para todo el mundo”, y lo dice una de las trabajadoras sanitarias en el sentido de que evita hablar de lo que hace con el resto de la gente. Porque lo que para ellas es cotidiano para uno es también extraordinario por lo durísimo que es.

— Claro.

Eduardo Berti escribió este libro en francés, casi como por una necesidad de respetar la oralidad de los testimonios que recogió en la unidad de cuidados paliativos en la que hizo la residencia como escritor (Foto: Lihue Althabe)
Eduardo Berti escribió este libro en francés, casi como por una necesidad de respetar la oralidad de los testimonios que recogió en la unidad de cuidados paliativos en la que hizo la residencia como escritor (Foto: Lihue Althabe)

— Algo que aparece reiteradas veces en el libro es esta idea de cuidarse, de protegerse, el tema de las emociones de los médicos y de quienes tratan con los enfermos.

— Sí, sí. El tema de las emociones del personal sanitario en general, de los médicos. De las enfermeras, que a veces pasan más cantidad de horas, y tienen como una proximidad a veces física y emocional, no sé si mayor, pero cuantitativamente mayor. Cuando yo llegué me recibieron muy bien pero bueno, también había al principio un poco de desconfianza, un poco de sorpresa. La novedad, ¿no? Entonces distintas personas me dijeron -porque yo iba charlando con médicos, con enfermeras, con todo el mundo, con los camilleros, hasta con el personal administrativo- que ellas tenían muchs críticas en general a la representación de ese mundo en, digamos, las series o las películas, en la ficción gran público, vamos a decir. Y la otra cosa, cuando veían que yo quería escuchar, que yo quería que me contaran su trabajo, yo sentía que era como una válvula de escape, que no lo podían creer, y en la mayoría de los casos aparecía esto de: “ah, qué bueno que usted quiera escuchar porque hay mucha gente que no quiere escuchar”. Y es un poco lo que yo puse como primer texto en el libro, de la que me dijo: “no voy a leer su libro pero igual le voy a contar...”.

— Sí, una escéptica total.

— Una de las primeras cosas que dice es que los fines de semana, cuando hay una cena o hay una fiesta y mucha gente y la mayoría habla de su trabajo, yo me callo porque sé que arruino la fiesta si me pongo a contar. Y esto es tremendo porque lo que genera esa represión y cuidado hacia los demás es que se va como hinchando esa persona de todo lo que no puede contar. Y claro, cuando aparecí yo, quería escuchar. Creo que fue como una liberación para algunas de ellas.

— Recién mencionabas Rouen, mencionabas a Flaubert y naturalmente te quería preguntar qué significa Flaubert para vos como escritor y qué significaba ir justamente a ese lugar, sobre todo además porque la familia de Flaubert tenía que ver también con los médicos.

— Mira, siempre fue un escritor que me interesó mucho por varias razones. Por su trabajo de escritura y de reescritura. Por su búsqueda del tono y de la palabra justa. Por el cambio que hay en Flaubert entre cada uno de sus libros y por esa especie de arrojo absoluto que hay en cada uno de los pasos que da. Por su desconfianza de los lugares comunes. Bueno, por un montón de cosas, la verdad que siempre me interesó Flaubert. Y, por otra parte, yo sabía de este vínculo de la familia de Flaubert con el mundo médico. El padre de Flaubert había sido director de un hospital, no de este mismo pero de otro, y entonces, por supuesto, una de las primeras cosas que hice fue visitar la casa natal de Flaubert.

— ¿Y?

— Es muy sintomático porque es un doble museo, es un museo de la medicina y un museo Flaubert. Porque está dedicado al padre y al hijo. Y ahí descubrí que la habitación de Flaubert daba pared contra pared contra un cuarto del hospital, porque el viejo de Flaubert tenía la casa adentro del hospital.

— Ah, que impresión.

— Loquísimo. Sí. Ahí entendés muchas cosas.

— Yo no pude evitar mientras leía el libro ver al periodista Berti. Porque, más allá de que muchos novelistas o escritores de ficción investigan y se interiorizan y demás, en tu caso, sos una persona que conoce las técnicas del periodismo, tiene la experiencia de muchos años del oficio. ¿Te sentiste periodista también junto con escritor en esta experiencia?

— Yo no siento que trabajé como periodista en el trabajo de campo porque, por ejemplo, no grabé nada. No tomé notas delante de ellas. Cuando se iban sí anotaba. Me tomé bastantes licencias, me manejé con más libertad. Y a la hora de escribir, no sé tampoco si fue un procedimiento muy cercano al periodismo porque traté de particularizar y no generalizar, que es lo que a veces tiende a hacer el periodismo, como a sintetizar. Yo traté todo lo contrario, de abrir y de abrir y de abrir. Pero podríamos decir que es un tipo de periodismo, un periodismo más cercano a la literatura. Podría ser.

— Algo de eso me pareció. Me da curiosidad saber cómo trabajaste la estructura del libro y cuándo surgió la idea de Una presencia ideal como relato coral.

— Bueno, la idea surgió porque, del mismo modo que sentía que no se podía resumir esto en cinco o diez páginas, también sentía que era muy reduccionista y un pecado reducirlo a una sola voz o a una sola mirada. Porque veía las diferencias, ya sea entre distintos roles, enfermera, camillero, asistente, la chica que limpia, el médico que tiene más títulos colgados en la pared, pero también las diferencias de sensibilidad, de edad, etcétera. Y veía que esa pluralidad era lo más interesante. En ese momento yo estaba releyendo un libro que a mí me encanta, que se llama Compañía K., de William March.

Berti asegura que salió distinto de la experiencia de pasar días en ese espacio en donde la muerte es omnipresente. (Télam)
Berti asegura que salió distinto de la experiencia de pasar días en ese espacio en donde la muerte es omnipresente. (Télam)

— Sí, lo mencionás en el prólogo.

— William March era estadounidense y combatió en la Primera Guerra mundial. Años después, hizo un libro donde hace hablar a cada uno de sus compañeros de la unidad militar en la que estuvo, la mayoría ya muertos. Es un ejercicio de homenaje y hasta se podría decir que casi que les devuelve la palabra o les da la última palabra a todos compañeros de guerra. Y a mí siempre me encantó ese formato y me pareció muy singular, muy propio de ese libro. Y justo lo estaba releyendo y de pronto dije: éste es el formato. Me pareció además muy tentador usarlo un siglo después para contar una unidad, un universo totalmente femenino, o sea, todo lo contrario del ejército de William March y, todo lo contrario una vez más, no una máquina de matar como el ejército sino una máquina no sé si de curar pero por lo menos de aliviar. Me parecía muy interesante usar esa forma para darla vuelta como una media y usarla pero para algo totalmente contrario. E incluso haciendo algunos guiños al libro de March, que son tonterías que hacemos los escritores a veces.

— Un libro que habrá que leer.

— Claro, de paso lo recomiendo. Realmente lo recomiendo. Y yo creo que en ese armado sí apareció mi experiencia haciendo guiones de documentales para la tele, por ejemplo.

— ¿Cómo fue que escribiste el libro en francés? Se me ocurría que tal vez te daba algo de distancia con un tema tan duro escribir en una lengua que no es tu lengua original aunque sí es tu lengua cotidiana.

— Así como fue una sorpresa escribir sobre este tema también fue una sorpresa escribir en francés. Ninguna de las dos cosas estaban en mis planes. Y creo que, tal vez, una cosa llevó a la otra porque ese mundo del personal sanitario lo descubrí desde la intimidad, desde la trastienda y lo descubrí en francés. Y como quise realmente trabajar la oralidad y trabajar la forma de hablar también de esta gente, al principio tomaba notas en francés convencido de que tarde o temprano iba a empezar a escribirlo en castellano y, cada vez que intentaba o traducir o seguir y avanzar en castellano, esas voces se detenían. Entonces yo creo que sí, que el francés me ayudó a tener una especie de distancia y también a tener finalmente un estilo o un registro mucho más directo, porque mi francés forzosamente es más pobre, yo no sé si pobre es la palabra, pero más reducido, más simple.

— Más directo tal vez.

— Más directo. Entonces había mucha menos tentación para hacer estilo. No era tango fantasía esto, no era para hacer firuletes. Era una milonga.

— Y, sobre todo, no había espacio para barroquismos.

— Exacto.

— Uno podría decir que en todas esas semanas y meses en los que estuviste hablando con estas personas aparecieron muchas historias personales que te fueron contando. Me gustaría que me dijeras, si me podés contar, cuál fue la historia que más te conmovió tanto de alguna de ellas como de ellas como de los enfermos. Porque el libro está lleno de historias hermosas e increíbles.

— Yo me nutrí de varias cosas de ellas. De historias casi redonditas como si fueran cuentos, de escenas y después de un material un poco más bruto. Reflexiones, sensaciones. Amagues de historias que yo después completé. Pero hay una historia que es la del paciente que se enamora de la enfermera y que le declara su amor y que ellos juegan un poco a eso, juegan bastante en serio a eso, que a mí fue la historia que más me conmovió. Y te digo más, hice algunas lecturas públicas al principio, con el libro recién salido en francés, y cada vez que leía eso se me hacía un nudo en la garganta. Lo tuve que parar de leer, no lo podía leer.

— Después, hay testimonios muy breves y tremendos, por ejemplo el camillero explicando el tipo de pirueta que tiene que hacer cada vez que tiene que sacar un cuerpo, un cadáver, digamos. Pero hay textos más largos, hay uno en particular que me resulta muy interesante como reflexión y que es el de José, el ecuatoriano, con esta idea obsesiva que tenía de cuántas transfusiones le faltaban para tener sangre francesa. Es como un relato aparte. En un punto, podría ser un relato tuyo en un libro de cuentos, también.

— Sí, bueno, yo también traté de probar un poco eso. Del mismo modo que exploro en el libro los límites, si es que hay límites, pero la interacción y el complejo vínculo entre vida y muerte, yo traté de explorar -y creo que lo hice- el complejo vínculo entre realidad y ficción. Hay cosas que son de mi mundo ficcional y que quise meterlas también.

— Me imaginé, sí.

— Pero siempre con un principio que para mí fue básico y rector que es no inventar nada, no traicionar nada de lo que tiene que ver con el mundo médico y con lo profesional. Yo puedo inventar un paciente, puedo inventarme un paciente estrafalario, pero lo que ellas van a hacer y todo lo que se refleja en el mundo médico yo no quise que hubiera disparates. A tal punto que, cuando ya tenía el manuscrito terminado, se lo di a leer a cuatro personas de la unidad, que me marcaron cosas. Porque no quería que hubiese nada erróneo en lo profesional.

— Entiendo. Algo que aparece mucho, y que es algo que me hizo pensar, tiene que ver con las deudas de los que van a morir. Como que ese lugar también es el espacio en donde los que saben que pueden morir o saben definitivamente que van a morir quieren terminar de saldar sus últimas deudas. Los que pasamos por la muerte de alguien querido sabemos que eso puede ser un llamado que están esperando, una visita, o la necesidad de enviar un mensaje. Eso apareció mucho, ¿no?

— Sí, apareció mucho en lo que me contaban. Eran como deudas o cosas pendientes de lo más variadas. Desde darse un gusto y que la señora que va a leer le lea una novela erótica, como darse un último gusto...

— Sí, un permiso casi, en ese caso ¿no?

— Es un permiso, claro. Y la lectora voluntaria acepta y se matan de risa las dos mientras ella lee esa novela erótica. Casi un momento donde el erotismo y el humor se cruzan. Un momento de vida muy intenso al mismo tiempo. Del mismo modo que también aparece mucho cómo para el personal sanitario toda esta cotidianeidad con la muerte a ellos les intensifica lo que es la vida y la cotidianeidad.

El hospital en donde estuvo trabajando Berti queda en Rouen, la ciudad de Gustave Flaubert y de Madame Bovary
El hospital en donde estuvo trabajando Berti queda en Rouen, la ciudad de Gustave Flaubert y de Madame Bovary

— Sí, hay una de ellas que en un momento cuenta su propia experiencia con la muerte cercana y señala algo así como que cualquiera de los que trabajan en esa unidad debería haber pasado por algo personalmente. Imagino que para tener claro qué es es esa “presencia ideal” que tienen que tener lo que están con vos sobre el final de tu vida...

— Claro. Esto ocurrió. Yo más o menos veía siempre las mismas caras, se turnaban ellas pero más o menos con el paso de las semanas y de los meses ya conocía al personal. Pero había dos o tres que conocí al final. Uno, por ejemplo, es el enfermero, el enfermero hombre, que a mí me habían dicho durante semanas “hay un enfermero hombre”, pero yo nunca lo veía. O porque él estaba enfermo, estaba de licencia, yo justo esos días no estaba. Al final lo conocí. Y otra fue la señora que estaba de licencia y vuelve y cuando vuelve me dice “estuve internada”. Entonces yo le pregunto: ¿acá mismo, en el hospital? Y me dice no, no, no, no quise acá, quise ser anónima, quise estar en otro hospital y que no supieran que era personal sanitario. Y me contó unas cosas súper interesantes. Obviamente era imposible no usar eso. Era una historia muy rica.

— Claro. Empezamos hablando de lo que tenía que ver con tu propia experiencia con las muertes de tu madre y de tu padre, aparece en un momento del libro esta idea de que uno debería poder tomarse todo el tiempo para estar con el que se está yendo, esta idea de que los servicios deberían permitir la posibilidad de que los familiares puedan pasar todo el tiempo posible con quien está por morir. Me gustaría que me dijeras qué te cambió a vos haber visto esto del otro lado, digamos. Ni como paciente ni como familiar sino del lado de los que están con esos pacientes y esos familiares.

— A mí me conmovió. Generalizo y no idealizo, sé que hay de todo, pero yo hablo de esta unidad donde yo estuve y hablo de la mayoría de los casos que yo vi. O sea, generalizo con respecto a esta unidad. A mí me conmovieron la entrega, la vocación, la pasión y el orgullo por su trabajo en un mundo donde lamentablemente no todos pueden tener esa pasión o ese orgullo por el trabajo que les ha tocado en suerte. Y otra cosa que para mí fue una lección, así como esta frase que me dijo una enfermera: durante años yo buscaba mí distancia ideal hasta que comprendí que lo que tenía que encontrar era mi presencia ideal, que me lo dijo una enfermera una noche que yo pasé en el hospital y, por supuesto, le dije: ¿lo puedo usar? Y me dijo: te lo regalo. Y lo puse en el libro.

— Y es el título.

— Y es el título, yo no sabía que era el título. Fue mi editora francesa quien lo vio y al día de hoy se lo agradezco. Así como aprendí eso, me quedó eso como una lección para toda la vida, también la flexibilidad y la inteligencia emotiva. Es decir, por supuesto que hay reglas, que hay protocolos, que hay cosas que ellos aprendieron que conviene hacer y que hay cosas que no pueden hacer, pero aun así cada paciente es un mundo, cada paciente y cada enfermedad mezclada con cada paciente es un mundo, cada familia alrededor del paciente plantea otro problema. Ellas me decían: yo puedo haber tenido doscientos mil pacientes pero cada nuevo paciente que llega no sé qué va a ocurrir y no sé qué nuevo problema me va a plantear. A mí me hace acordar un poco a lo que nos pasa a nosotros con los libros, podemos haber escrito millones de libros pero el próximo nos va a plantear seguramente un problema nuevo y no sabemos si lo vamos a saber escribir. Bueno, yo lo que veía era una gran flexibilidad, al mismo tiempo. Así como hay reglas muy claras para protegerse, para no violar la intimidad de las familias, etcétera, etcétera, al mismo tiempo había una enorme flexibilidad. Y esa mezcla de rigor pero a la vez de mucha flexibilidad para mí fue una gran lección y yo traté de usarla en el libro también. Traté de aprender de eso y de aplicarlo en el libro.

— Mencionabas antes cuando hablábamos de los hospitales y del tiempo que pasaste en los hospitales con tus padres en Buenos Aires. Uno suele hablar de cuestiones de primer mundo o de países desarrollados y en general piensa en cosas que tienen que ver con temas industriales o de PBI, pero los sistemas de salud también marcan cuándo un país es desarrollado. ¿Qué sensación tuviste vos, como argentino que tuvo su experiencia toda la vida acá, en relación a lo que viviste en Francia, acerca de cómo se acompaña en la muerte a una persona?

— De la calidad profesional y de la calidad humana del personal sanitario que yo traté en Argentina no tengo nada malo que decir, al contrario, es reconocida en el mundo. O sea, yo tengo amigos y conocidos que son personal médico en España, por ejemplo, y sé muy bien el excelente concepto que hay. O sea, de eso ni hablar. El otro tema es la infraestructura. Ahí sí aparece una diferencia que no tiene que ver con los valores humanos necesariamente, tiene que ver con una realidad económica. La estructura lamentablemente muchas veces no puede ser la misma. Eso es una realidad. Pero a nivel humano me parece que no tiene ni sentido comparar, creo que lo que aparece en todos los casos es excelente, ya sea en España, en Argentina, en Francia. Sobre todo en unidades como estas. Creo que es gente muy especial.

Eduardo Berti. El escritor asegura que la pandemia cambió la recepción de su libro. Lo que antes se veía como "un bajón", hoy se ve con otra sensibilidad. (Foto: Lihue Althabe)
Eduardo Berti. El escritor asegura que la pandemia cambió la recepción de su libro. Lo que antes se veía como "un bajón", hoy se ve con otra sensibilidad. (Foto: Lihue Althabe)

— Sin dudas. En algún momento también en tu libro se menciona esta idea de que como humanidad estaríamos en un tiempo en donde nos falta un poco de preparación para la muerte.

— Bueno, la muerte se esconde cada vez más, ¿no? Por supuesto, la última experiencia que hemos tenido con la pandemia alteró y cambió bastante todo esto. Y también veo que cambió la recepción del libro. Este libro yo lo escribí y salió publicado en Francia antes de la pandemia. Y es muy interesante para mí comparar lo que ocurrió antes y lo que ocurrió después. Cuando el libro salió, antes de la pandemia, si bien la verdad le fue bien en Francia, fue bien recibido, también hubo de parte de algunos periodistas, algunos libreros, algunos lectores, incluso, como una aprensión, “uy, esto es un bajón”, ¿no? Cosa que además el libro no es, o sea, el libro tiene partes cómicas. Pero bueno, tiene su carga. Después de la pandemia yo vi cómo cambió la recepción. Absolutamente. Hay una amiga mía acá en Francia que dice que lo más difícil a veces con ciertos lectores con este libro es que lean tres páginas, dos páginas. Una vez que lo leen para ver que no es un bajón, que no habla solamente de pacientes que se están muriendo, que hay muchísimos más temas y que el registro es muy variado, que incluso hay partes hasta cómicas.

— Coincido.

— Eso de meter el pie en el agua y de leer las dos o tres primeras páginas yo creo que hoy resulta menos difícil que antes de la pandemia.

— Por un lado me parece que es muy difícil dejar el libro una vez que uno realmente leyó esos dos o tres primeros testimonios. Hay un punto ahí en donde incluso la estructura ayuda muchísimo en momentos en que todos tenemos una atención tan dispersa, y la posibilidad de la estructura de tu libro de leer de a ratitos también permite que uno se enganché mejor. Y, por otro lado, algo que me parece sustantivo es que en un tema tan duro escribiste un libro muy luminoso. Y por eso lo primero que pensé fue que, si existen transformaciones a la hora de trabajar un libro y puede haber transformaciones en la vida de una persona con situaciones tan límite, me dio la sensación de que algo de eso podía haber pasado con vos también.

— Yo creo que sí. Incluso te diría que yo siento que salí distinto después de escribir este libro. Incluso la experiencia de haber escrito en francés, que no es un cambio de lengua, de ninguna manera. Yo volví a escribir en castellano y lo voy a seguir haciendo; es algo que yo agrego, no es que por escribir en francés yo me obligó a dejar de escribir en castellano, yo siento que es algo que sumo. Pero siento que volví al castellano de otra manera. Más suelto y menos... Sí, como decíamos antes, más directo.

*Esta charla se dio en el marco del programa Vidas Prestadas, de Radio Nacional. El audio puede escucharse acá.

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