
Se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento de Borges, aquel heresiarca del arrabal porteño (como lo llamaría su amigo Sabato) que vino al mundo para dejar una signatura que, todavía hoy, es motivo de infinidad de estudios y evocaciones.
Se ha escrito tanto sobre Borges que, mientras redacto esta nota, pienso en lo redundante de su condición. Pareciera ser que quien escribe sobre Borges (sin importar qué) se encuentra dotado, por el solo hecho de escribir sobre Borges, de cierta irradiación, de cierta recóndita e inmaculada agudeza. Pero esto, naturalmente, no es así toda vez —ciertamente no lo es en este caso—.
Siempre me ha parecido fantástico el hecho de que muchos de quienes escriben sobre él tiendan a adoptar su estilo. Creo que allí radica una de las magias parciales de Borges: su influencia mimética. Todos los que hemos leído con satisfacción su obra (aunque sea fragmentariamente) hemos sentido alguna vez las ambición de ser el autor de sus líneas (me pasó tras leer por primera vez Tlön, Uqbar, Orbis Tertius). Pienso que Borges habría sonreído ante esta impresión, agregando socarronamente que, en verdad, podríamos serlo más que él, y que muy probablemente lo seamos.

Creo que uno de los gestos más atractivos de la hábil narrativa borgeseana ha sido suspender la distinción entre lo real y lo ficticio para dar lugar a una nueva dimensión, algo así como una habitación propia (Virginia Woolf dixit) de la que Borges fue soberano y a la cual, en cada uno de sus textos, nos invita a pasar para beber junto a él una buena dosis de metáforas, ensoñaciones y espejismos. En este sentido, creo ver en Borges un autor de símbolos, un mitólogo más que un filósofo, un juglar más que un escritor. “El éxtasis no repite sus símbolos”, afirma en uno de sus relatos. Una vez leída, esta frase no puede olvidarse.
Pero Borges lleva la ficción al extremo. Su arte es la ambigüedad, el desdoblamiento, la quimera y la confusión. ¿Su objetivo? Quizá la ansiedad del espíritu; aquella en la que, como Orfeo o la esposa de Lot (cuyo nombre no nos es revelado), sentimos el impulso de mirar hacia atrás aunque sepamos que no debemos hacerlo. ¿Será que esta náusea derive del hecho de que con Borges nos volvamos actores de su propia trama?
En uno de los ensayos que completan Otras inquisiciones (obra que siempre es otra), encuentro lo que me gusta pensar como una confidencia. Allí Borges se pregunta por qué nos inquieta que en Las mil y una noches se cuente la historia de las mil y una noches y que don Quijote se vuelva lector del Quijote en el Quijote. O, también, que Hamlet, en la obra homónima de Shakespeare, se torne espectador de una tragedia “que es más o menos Hamlet”. La respuesta de Borges es aún más inquietante, y de alguna manera sintetiza no solo la clarividencia de la que fue dueño, sino a su vez el sentimiento por el que, más de una vez, como por artificio, uno se siente invadido al leerlo. Borges revela: “creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”.
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