
Hay amores que se llevan a todos lados, como marcas de nacimiento que no se pueden abandonar, más allá de que el ser, la persona, mute, cambie, abrace nuevas verdades a lo largo de su vida. Y hay amores que, además, pueden encontrarse en tantos lugares que, cada uno de ellos y todos a la vez, pueden hacer sentir a alguien como en casa. El mar es un ejemplo, y el francés Raoul Dufy (1877-1953) así lo entendía.
Nacido en la portuaria El Havre, Dufy fue un artista de formación sólida y muchos intereses, pero en todo su desarrollo artísitico volvía a las aguas como un marinero que extrañaba sus días embarcado y, hoy, en tierra, solo puede abrazarse a memorias que se tornan cada vez más tenues.
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Estudió en la École des Beaux-Arts de Le Havre antes de trasladarse a París, donde asistió a la École Nationale des Beaux-Arts (fue compañero de Braque) y comenzó a relacionarse con las vanguardias. ¡Ay, las vanguardias! Como el mar, marcaban con sinuosidad o dramatismo el espíritu del pintor, e ingresar a ellas para dejarse llevar, para dejarse arrastrar hasta la costa más ignota del propio talento, era más que una necesidad, era la ruta marítima obligatoria.
Comienza intentado ser un impresionista bajo la influencia de Claude Monet y Camille Pissarro, lo hizo con voracidad, pero es en el favuismo donde encuentra su primer puerto, su primer gran amor, tras recorrer el Salon des Indépendants de 1905 y sumergirse en las obras de Henri Matisse. Entonces suelta su pincelada, su paleta se vuelve más vibrante, desarrollando una obra plena de energía.
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Pero este amor dura un suspiro, apenas tres años de producción, y como un querer se cambia por otro llega su etapa Cézanne, el “pintor de pintores”, donde comienza a elaborar obras más estructuradas y sutiles, para luego comenzar un breve periodo cubista.
A partir de todo atravesar todos estos estilos encuentra su ritmo, sobre todo a partir de la década del ‘20, al desarrollar su propio estilo taquigráfico, en el que emplea pinceladas rápidas, creando personajes de trazo simple, y perspectiva disminuida, tal como sucede en Fiesta Náutica.
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La obra, que se encuentra en el Museo de Arte de Iwuma, en Masuda (Japón), está ambientada en la ciudad turística de Deauville, Normandía. En el mar los barcos y yates dominan la escena, y la fuerza de las olas las expresa con una serie de líneas blancas y negras, mientras que las figuras de los marineros y personas, en sus atuendos festivos, resaltan la atmósfera de regata.
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