
Hubo una época, imaginada o real, cuando en las casas de las ciudades argentinas parecía estar sonando siempre un instrumento musical: una guitarra, un acordeón o un bandoneón en conventillos y casas, quizás también un piano vertical y uno de cola en las casonas.
Tiempos de efervescencia cultural, entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el joven país que recién salía del período de guerras civiles y de organización nacional, aún con muchos problemas sin resolver, chocaba con el nuevo proyecto de nación que incluía a los inmigrantes, que traían su cultura, sus costumbres y su música en los barcos.
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Con algo de este contexto en mente el pianista Gabriel Vinker (Buenos Aires, 1987) concibió, ejecutó y grabó, con asesoramiento de Juan Pablo Santocono, la suite Belle Époque, un conjunto de 11 piezas para piano escritas en el estilo de los géneros y compositores más populares de aquel cambio de siglo (y quizás un poco después) en el que el mundo, y también Argentina, parecía volcado a cortar con el pasado y avanzar hacia lo desconocido.
“La mayoría de estos compositores, muy heterogéneos entre sí -desde Albéniz y Debussy hasta Villa-Lobos, desde Lecuona hasta Khachaturian, Joplin, Poulenc, entre otros- vivieron y compusieron música entre fines del siglo XIX y principios del XX, lo que se conoce como la ‘Belle Époque’, aunque también en años posteriores”, expresó Vinker, egresado de la Universidad Nacional de las Artes y docente en esta institución, en diálogo con Infobae Cultura y en referencia al título de la obra.
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La pandemia, aquel otro contexto mezquino, cambió los planes y expectativas para una serie de conciertos y llevó el proyecto hacia lo audiovisual: Vinker no sólo se vio forzado a grabar su música pensando en el streaming (se puede escuchar en spotify, youtube y amazon music, entra otras plataformas), también se filmó ejecutando las piezas en el piano y encargó al director Peter Macfarlane la creación de dos cortos con el material.
La conjunción entre las armonías, texturas y melodías de la música, que evocan justamente desde la sonatina de Ravel y la mélancolie de Poulenc a las obras de Constantino Gaito y Julián Aguirre, entre tanto otros, -y siempre a través del filtro argentino e inmigrante-, con el contexto de digitalización total y forzada que llevó adelante la pandemia (y qué tanto golpeó a la música y las artes performáticas), produce una sensación de extrañeza y nostalgia (uno de los hilos conductores del disco, según el autor) que se siente desde la tapa: se trata de una foto familiar de Vinker y data de 1924.
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“‘Belle Époque’ evoca la Buenos Aires del Centenario”, expresa Vinker, antes de expandir: “Hubo una época donde era habitual tener un piano vertical en la casa. Hablando de la Argentina en general, la música en todas sus expresiones ocupó un lugar fundamental. Las grandes oleadas de inmigrantes que llegaban en esa época traían consigo sus tradiciones y su arte”.
“Esto se combinó con una fructífera actividad de compositores muy notables, como Alberto Williams, Héctor Panizza, Celia Torrá, Enrique Mario Casella, Julián Aguirre, Ernesto Drangosch, entre muchos otros, todos ellos inmigrantes o hijos de inmigrantes”, agregó.
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En la obra clásica del historiador José Luis Romero, Breve Historia de la Argentina, se da esta imagen de la situación en la que se celebró en 1910 el centenario del país: “La oligarquía se sentía patricia - aún sin serlo demasiado- frente a esta masa heterogénea que se iba constituyendo alrededor, subdividida en colectividades que procuraban mantener su lengua y sus costumbres con escuelas y asociaciones y, en conjunto, ajena a los viejos problemas del país excepto en aquello que lindaba con sus intereses inmediatos”.
La presencia de un piano en las casas, y la voluntad de sus moradores por dominarlo, generaba otro contraste: el de la fascinación por los grandes compositores y la música académica, y al mismo tiempo por los ritmos populares de esa época, desde los valses y polkas a los ragtimes, choros y habaneras, hermanos y hermanas del melodrama y el folletín.
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Belle Époque se nutre precisamente de ese entorno de “de salón”, de familia burguesa a la búsqueda de un repertorio con sensibilidades mezcladas, de entretenimiento que se confunde con sentido y expectativas, de tener un pie en ambos mundos, en todos los mundos.
Desde las primeras notas descendentes y dramáticas del “Air de Valse” que abre el disco, hasta el tono triste de la “Chanson Russe”, que recuerda tanto al primer Debussy como al Tchaikovsky que veladamente cita, y la festividad de la “Danse Allemande”, con ecos de Schumann y Schubert, al conmovedor “À la manière de Bach”, un verdadero homenaje al gigante alemán de Leipzig pero en estética de fin de siglo.
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La música de los compatriotas que menciona Vinker, como Williams y Aguirre, pero también de Gaito (los ecos de su quinteto de cámara aparecen también en “Belle Époque”) e incluso Carlos Guastavino, fluye en el disco.
Así, el pianista asegura no plantear “la creación de un estilo propio o nuevo sino que en todo caso su singularidad viene dado por resonancias de retazos de compositores largamente escuchados y analizados” y en el contexto de estos flujos migratorios.
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“Los grandes eventos unían a las colectividades, formando coros y orquestas con numerosos integrantes. Los más famosos artistas internacionales, desde Caruso hasta Chaliapin, desde Krushelnytska hasta la mítica Adelania Patti, pasando por Nijinsky, Toscanini y Richard Strauss unos años más tarde, tenían a nuestro país como un hito importante en su agenda. Con sus luces y sombras, fue una época espectacular a nivel artístico. Ese es el espíritu que intento reflejar”, concluyó.
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