
Pocas veces se puede incursionar en un oficio tan extenso por la cantidad de sus cultores, como desconocido por las grandes mayorías por no tener expresiones literarias o fílmicas masivas. El mundo de la construcción, el espacio de las obras, las relaciones entre los obreros, la lengua guaraní, la inmigración paraguaya: todos estos elementos conforman el espectro de los constructores, a la vez que Diario de un albañil (Caballo negro), el nuevo libro del rosarino y descendiente de paraguayos Mario Castells. A través de una narración fragmentaria, el mundo que también forma la experiencia personal de Castells, cuya familia forma parte integral del campo de la albañilería y las construcciones que dan vida a los barrios y a las ciudades. Infobae Cultura conversó con el escritor.
“Sí, fui albañil desde los 14 años, cuando me quedé libre en el secundario por primera vez por borrachín. Mi viejo me dijo: ‘¿Así que no querés estudiar?’ y me mandó a trabajar de peón con sus albañiles. Anteriormente conocía el mundo de la construcción ya que la mayoría de mis familiares son albañiles, los tíos por la rama materna y mi papá. Mi papá era un outsider. Un poco por su exilio del Paraguay llegó a la construcción, pero no era albañil, sino contratista. Pudo aprender rápidamente por ser un tipo inteligente, pero tenía otra formación cultural y política”.
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-¿Usted es de Paraguay?
-Yo nací en Rosario pero mis padres venían de una región del Paraguay, al sur de Paraguay, en la frontera con Corrientes y Chaco. Es una región muy entrelazada con Corrientes, incluso el guaraní que se habla en Corrientes tiene mucho que ver con el de esa región.
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-¿Siempre vivió en Rosario?
-Sí, salvo los noventa que tomaron formas terribles en Rosario. El menemismo afectó mucho la vida de sus habitantes al punto que los saqueos de 2001 comenzaron en Rosario. Nosotros vivíamos en Villa Gobernador Gálvez, un lugar muy proletario, con frigoríficos y la crisis pegó con todo. Fue una época muy sórdida y por eso a los 19 años me fui a vivir con mi abuela al campo en Paraguay. Era un vida rural a la que había llegado del reviente suburbano.
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-¿Incide en la memoria social aún la Guerra de la Triple Alianza, el gobierno del doctor Francia o la dictadura de Stroessner?
-Claro. Yo escribí un poemario histórico, épico que se combina con mi historia familiar. La región de donde es mi familia fue el escenario más terrible de la guerra. Roa Bastos trabaja mucho ese momento, hay una nouvelle de Roa Bastos que Caballo Negro editó en 2019 que había escrito en 1976, El sonámbulo, que trabaja todo esto.
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-Una persona ignorante como yo puede pensar en literatura paraguaya mencionando a Roa Bastos y muy poco más. Alfredo Griego y Bavio está muy interesado en la literatura paraguaya actual. ¿Usted la lee?
-Sí, la leo, la estudio y además traduzco la literatura en guaraní. A fines del año pasado gané una beca de la Biblioteca Nacional para investigar a un gran escritor paraguayo que escribía en guaraní, Carlos Martínez Gamba, que vivió en Buenos Aires y en Misiones. Para mí la apuesta cultural y política de escribir toda su obra en guaraní es muy elevada. Carlos además de gran escritor fue un etnólogo que tradujo los cantos rituales indígenas en guaraní.
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-Paraguay, ¿es un Estado bilingüe?
-Sí, constitucionalmente es así. El guaraní es un idioma oficial en igualdad de condiciones que el español, esto desde la apertura democrática y la nueva constitución. El 90 por ciento de la población habla guaraní. Monolingües en español son el 4 por ciento de la población, y en general las clases altas. Hay un proceso de españolización por parte de sectores que plantean el ascenso social y dejan de hablar a sus hijos en guaraní, pero con la obligatoriedad del guaraní en las escuelas ese proceso está frenado. Hay un 30 por ciento de la población monolingüe en guaraní.
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-Y claro que es la lengua que se habla en las obras en construcción. ¿Es importante en proporción de los sectores proletarios la comunidad paraguaya?
-Sí, sí, una gran proporción. Hay experiencias muy interesantes, por ejemplo, el SITRAIC que es un sindicato de la construcción que en oposición a la UOCRA que niega esa característica, hace un boletín para los trabajadores en español y en guaraní. Intentamos hacer algo parecido en Rosario, pero era muy difícil resistir a las patotas sindicales. Yo milité en fábricas y quedé en listas negras cuando la lista que integrabas perdía con la burocracia y te echaban de la fábrica. El destino más común luego de esos despidos es incursionar en la gastronomía o la construcción, y aún en la seguridad privada.
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- Usted decía que fue enviado a la obra por su padre contratista. Es algo que no sucedería, por lo general, con el dueño de una fábrica salvo alguna excepción, sin embargo su experiencia no parece ajena a la vida en general.
-Y también da cuenta de las complejidades del sector. Es un empresariado muy lumpen, los contratistas pueden hacer una vez mucha guita y después están autoexplotándose. Por eso se puede leer el Diario de un albañil como una novela o un testimonio y mucho de lo escrito lo está para fustigar a mi familia. Mi padre es un exiliado, un ex militante de izquierda estalinista, las contradicciones provienen de él. Mi primo me decía: “Vos sos muy instruido, no podés trabajar conmigo”, pero lo decía como quien dice: “No sos vos, soy yo”, para romper una relación, que en este caso sería pagarme por mi trabajo.
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- Algunos de sus libros como Trópico de Villadiego o este se refieren a la vida obrera, el primero en los frigoríficos y este en la construcción. ¿Se podría pensar a Mario Castells como un escritor proletario?
- Tengo un problema con eso, estoy en contra de la idea porque no soy un escritor proletario, soy un escritor. Soy proletario porque vendo mi fuerza de trabajo. Pero sí me siento muy identificado con mi clase, soy un emergente de mi clase social. Soy paraguayo, trabajé de albañil pero pude estudiar en la universidad. Lo manifestado en mi literatura lo es pero no porque fuera un objetivo sino porque es lo que me cruza como discurso social el padecimiento que atraviesa mi grupo social. Hay un escritor muy conocido como Daniel Moyano y pocas veces se lo recuerda como albañil, sino como un gran escritor. Este libro trata de reflejar la vida de mis compañeros, con quienes compartí un rubro.
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