
¿Cómo convertir lo vulgar en bello?, ¿cómo retratar de manera el mundo de la nocturnidad con una mirada picaresca y, a la vez, con una aura de solemnidad? Un poco de eso va la obra de Gerardo Della Notte, Gerardo de la noche o, su nombre real, Gerard van Honthorst (1590 — 1656), un pintor oriundo de los Países Bajos que conquistó su época a partir de una pincelada preciosita, como en La alcahueta.
Nacido en una familia de artistas en Utrecht, llegó a Roma hacia 1610-1612, donde se embebió del legado del genio que había muerto pocos años antes: Caravaggio. Su caravaggismo tuvo diferentes etapas. En Italia, con tintes dramáticos, pero cuando regresó a su país ingresó en el campo de un realismo jocoso, donde rompía con las ataduras, de la misma manera en que lo hacía el también neernlandés Frans Hals, aunque el trazo del “nocturno” era mucho más cuidado.

Van Honthorst se destacó en eso de resaltar poderosas fuentes de luz para centrar la mirada del público en lo que le interesaba mostrar. Mientras las obras de Caravaggio utilizaban su tenebrismo como una composición del todo, en el holandés se siente más como un recurso estético para acentuar las escenas. De allí su apodo, Gherardo delle notti, que además facilitaba a los italianos la imposibildiad de pronunciar su apellido.
También destacado por su retratos y temas mitológicos y bíblicos, el artista tuvo importantes protectores, como el cardenal Scipione Borghese y el gran duque de Toscana, que le consiguieron importantes encargos para las iglesias de Roma.
Tras un exitoso paso por Londres, para el ‘20, volvió a su ciudad, donde se convirtió en uno de los principales introductores del caravaggismo. Su gran fama le valió ser reclamado por varios príncipes, como Carlos I de Inglaterra y Christian IV de Dinamarca.
La alcahueta, de 1625, recrea el trabajo de una mujer que hace de intermediaria entre los posibles clientes y una prosituta. El detalle de su ropa colorida, su escote y las plumas en su cabello, hacían fácil de distinguir el oficio de las otras mujeres de entonces. En ese sentido, las plumas son una referencia a su carácter lascivo, mientras que el laúd, que sujeta por el cuello, tenía una clara connotación sexual en el siglo XVII.

Un buen contraste de la obra de van Honthorst en la pintura de su país puede evidenciarse en la comparación, inevitable, con otro pintor de su país sobre el mismo tema, Johannes Vermeer, quien la realizó en 1565, 31 años antes. En la bellísima pieza alcahueta de Vermeer, también una pintura de género, donde uno de los personajes es el artista mismo, el tratamiento es mucho más solemne.
La picaresca, allí, proviene justamente de los potenciales clientes, mientras que los indicios del trabajo de la mujer -que por color y vestimenta podría ser su Joven de la perla o La lechera- puede notarse en la mano extendida recibiendo dinero y la copa, en la otra, como símbolo de una vida fuera de los cánones esperados del buen comportamiento.
Para no ir tan atrás, otro contemporáneo flamenco, Dirck van Baburen, también realizó su versión de una alcahueta en 1622, solo tres años antes de la de van Honthorst, que se exhibe en el Centraal Museum de Utrecht, en los Países Bajos. Aquí las similitudes del tratamiento del tema son mucho más evidentes. La mujer, el escote (aunque no tan pronunciado), el laúd como simbolismo y el asedio de dos hombres. La diferencia radica en la maestría de van Honthorst en su tenebrismo, que lo ayuda a “limpiar” a los interesados, pasarlos a un segundo plano, colocando la potencia de la obra en ella, la alcahueta.
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