“Chickamauga”, un cuento de Ambrose Bierce

Infobae Cultura publica una historia del libro “Cuentos de la guerra civil”, del escritor estadounidense

(Shutterstock)
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En una soleada tarde de otoño, un niño se alejó de su rústico hogar ubicado en medio de un campito, y se internó en un bosque sin que nadie lo observara. Era feliz ante la nueva sensación de libertad, dichoso por la oportunidad de exploración y aventura; pues el espíritu de este mocoso, antes encarnado en sus ancestros, había sido entrenado por miles de años para consumar grandes hazañas de conquistas y descubrimientos. Victorias en batallas libradas por siglos, donde los vencedores desfilaban por ciudades de piedras labradas. Desde el momento en que se había apartado de su cuna, su raza se había abierto camino por dos continentes y, tras cruzar un enorme océano, había penetrado en un tercero, quedándose allí para reproducirse y aceptar la guerra y el dominio como su herencia.

El chicuelo rondaba los seis años y era hijo de un hacendado pobre. El padre había sido soldado durante su juventud, había peleado contra salvajes desnudos y había seguido el llamado su patria hasta la capital lejana de una raza civilizada, ubicada al sur de la frontera. El fuego íntimo del guerrero había sobrevivido a la pacífica existencia granjera, pues esa llama, una vez encendida, ya nunca se apaga. El hombre amaba los libros militares y las fotografías; su hijo ya comprendía lo suficiente como para fabricarse una espada de madera, aunque incluso el ojo paterno desconocía el propósito o la utilidad de aquel palo. Ahora el niño llevaba esa arma, valientemente, convertido en el vástago de una raza heroica y, deteniéndose cada tanto en los espacios soleados del bosque, imitaba con exageración las posturas de ataque y defensa que había visto en los grabados de los libros. Volviéndose temerario gracias a la facilidad con que vencía a sus enemigos invisibles, cometió el error (bastante común en entre los militares) de forzar la persecución hasta un extremo peligroso. Así se vio parado, de pronto, en la orilla de un riachuelo ancho y de escasa profundidad. Sus rápidas aguas impidieron una embestida directa contra su alado adversario, quien huyó saltando el río con una comodidad ilógica. Pero el intrépido vencedor no sería desconcertado; el espíritu de la raza que había surcado el gran océano ardía en su pecho infantil y no podía negarse. Hallando un reguero de guijarros y piedras en la corriente, separados entre sí por poca distancia, vadeó el riachuelo a saltos y cayó otra vez sobre la retaguardia de su enemigo imaginario, ultimándolo con un espadazo.

Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia aconsejaba retirarse hasta el cuartel general. ¡Ay! Pero como muchos conquistadores poderosos, y al igual que el más grandioso de todos, el crío no fue capaz de saciar su apetito de guerra, ni entender que no se debe provocar al destino, pues este abandonará incluso a la estrella más elevada.

Dejó atrás la orilla del riachuelo y caminó. Repentinamente, se vio confrontando a un nuevo enemigo, más formidable que el anterior. Estaba sentado a unos pasos de él, con el cuerpo recto, las orejas levantadas y las patas delanteras suspendidas en el aire. ¡Era un conejo! Con un aullido de sorpresa, el niño dio media vuelta y huyó a tontas y a locas sin saber en qué dirección corría, llamando a su madre con gritos plañideros, tropezándose, rasmillando su piel suave entre las zarzas, palpitando desbocado su pequeño corazón aterrorizado. ¡Lloraba perdido en el bosque, sin aliento, cegado por las lágrimas! Vagó más de una hora, errando el rumbo entre los arbustos y la copiosa vegetación, hasta que finalmente, vencido por la fatiga, se tendió en un hueco formado por dos rocas cercanas al riachuelo. Allí, aferrando su espada de juguete, que ya no era un arma sino una suerte de compañía, lloró hasta dormirse. Los pájaros silvestres trinaban alegres sobre su cabeza; las ardillas, sacudiendo sus colas, brincaban como chifladas de un árbol a otro, inconscientes de la tristeza de la situación. De algún lugar lejano, llegaba el sonido de un trueno peculiar y amortiguado, como si perdices redoblaran tambores celebrando el triunfo de la naturaleza sobre el hijo del hombre, su inmemorial esclavizador. Y en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros rastrillaban campos y setos con apuro, el corazón de una madre se derrumbaba por culpa de su hijo extraviado.

Pasaron varias horas y entonces el pequeño dormilón se puso de pie. El frío de la tarde estaba alojado en sus extremidades y el miedo a la penumbra invadía su corazón. Pero había descansado y ya no lloraba. Guiado por algún ciego instinto que lo impelía a la acción, bregó contra los matorrales y llegó a un campo más abierto. A su diestra fluía el arroyo, a la izquierda se elevaba una suave pendiente, tachonada con pocos árboles; y encima de todo se congregaba la oscuridad del crepúsculo. Una neblina delgada y fantasmal reptaba sobre las aguas. Esa bruma lo asustaba y lo repelía, por lo que, en vez de atravesar el riachuelo de vuelta, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque cerrado y tenebroso. De pronto vio que un objeto extraño se movía frente a él y pensó que se trataba de un animal. Tal vez un perro, un cerdo, no conseguía identificarlo. Acaso era un oso. Había visto fotografías y dibujos de osos; ignorante de la mala fama de estos, deseaba, sin muchas ganas, encontrase con uno. Pero algo en la silueta o en el movimiento del objeto (algo en la torpeza de su acercamiento) le dijo que no estaba frente a un oso, y la curiosidad fue paralizada por el miedo. El niño se quedó quieto, estático, recuperando su valentía después de cada movimiento de la cosa, comprobando que se aproximaba despacio, que al menos no tenía las largas y amenazantes orejas del conejo. Posiblemente, su mente impresionable intuía algo familiar en aquel andar torpe, lerdo, de ir a la rastra. Antes de acercarse lo suficientemente cerca para aclarar sus dudas, el niño vio que el objeto era seguido por otra y otra cosa. A diestra y siniestra había muchos más; todo el campo abierto que lo rodeaba estaba vivo y lleno de estas criaturas. Y todas iban hacia el arroyo.

Eran hombres. Reptaban, apoyados en sus manos o en sus rodillas. Si se impulsaban con las manos, arrastraban las piernas cual peso muerto; si solo utilizaban sus rodillas, sus brazos pendían ociosos a los costados. Intentaban ponerse de pie, pero caían de inmediato. No hacían nada de modo espontáneo, nada parecido unos a otros, salvo arrastrase, pulgada a pulgada, en el mismo sentido. Solos, en pares y pequeños grupos, brotaban de la penumbra. Algunos se detenían una y otra vez, mientras otros los adelantaban gateando. Venían por docenas y por centenares. Se esparcían a izquierda y derecha, cubriendo todo el campo visible en la creciente tiniebla, y se extendían también hasta el fondo del bosque, como una marea inagotable. El mismo suelo semejaba moverse en busca del riachuelo. Ocasionalmente, uno que descansaba se quedaba tirado en el suelo, inmóvil. Así moría. Algunos, tras pausar su gateo lerdo, efectuaban ademanes anormales con las manos, alzaban sus armas y las bajaban otra vez, se agarraban la cabeza y juntaban las manos palma con palma, como si rezaran en público.

El niño no comprendía la totalidad de la situación; un observador adulto la hubiese descifrado mejor, pero el niño apenas percibía a unos hombres que gateaban como bebes. Al ser hombres, no le daban miedo, aunque vistieran de forma inusual. Se movía libremente entre ellos, yendo de uno a otro, mirándoles los rostros de cerca, con curiosidad infantil. Todas sus caras lucían palidísimas y muchas estaban manchadas y salpicadas de rojo. Algo de esto (quizá algo demasiado grotesco en sus actitudes y movimientos) le recordaba al payaso que había visto el verano anterior en el circo, y por eso el niño reía al contemplarlos. Pero los hombres seguían reptando, mutilados y sangrantes, omitiendo (tal como el chiquillo) el dramático contraste entre la risa infantil y la espantosa gravedad de su estado. Para el niño se trataba de un alegre espectáculo. Había visto a los negros de su padre arrastrarse así, andar en cuatro patas para entretenerlo a él, y los había montado jugando y creyendo que eran corceles. Entonces se aproximó a uno de los hombres por la espalda y, con un movimiento ágil, se puso a horcajadas sobre él. El hombre se desplomó pecho contra tierra, se recuperó y arrojó fieramente al mocoso contra el suelo, tal cual lo hubiera hecho un potro sin ensillar. Luego tornó hacia el crío una cara desprovista de mandíbula inferior, que exhibía un enorme forado rojo desde el maxilar superior hasta la garganta, y en el cual se entrelazaban flecos de carne colgante y astillas huesos. La prominencia antinatural de la nariz, la ausencia de mentón y los ojos feroces, daban a este hombre la apariencia de una gran ave rapaz, cuyo pecho y gargantas habían sido enrojecidos por la cacería. El hombre se arrodilló y el niño se puso de pie. El hombre le enseñó un puño al chiquillo y este, finalmente aterrorizado, corrió a esconderse detrás de un árbol. Asomó la cabeza por un lado del tronco y tuvo una perspectiva más seria de la situación. La multitud desgarbada se arrastró ladera abajo, torpe y dolorosamente, ejecutando su horrorosa pantomima, avanzando por la ladera como un enjambre de escarabajos negros, sin emitir sonido, inmersa en un silencio profundo, absoluto.

En vez de oscurecer, el paisaje embrujado comenzó a aclararse. Una extraña luz rojiza brillaba y atravesaba el muro de árboles ubicado más allá del riachuelo. Los troncos y las ramas de los árboles tejían nudos de encaje negro, procurando taparla, pero la luz llegaba hasta las siluetas reptantes, y las dotaba de sombras monstruosas que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada. Caía sobre sus caras pálidas, tiñéndolas con una tintura rojiza, acentuando las manchas que ya enloquecían a muchos. Destellaba en los botones y en los adornos metálicos de sus uniformes. Instintivamente, el niño se volteó hacia el ascendente resplandor, y caminó cuesta abajo junto a sus horribles compañeros. En pocos momentos los adelantó a todos, lo que no era una gran hazaña, considerando sus ventajas. Se posicionó a la cabeza del ejército, todavía sosteniendo su espada de madera, y dirigió solemnemente la marcha, adecuando su tranco al de sus compañeros y girándose de vez en cuando, como para vigilar que sus soldados no se quedaran rezagados. Seguramente nunca un líder de este tipo fue seguido por un ejército de esa calaña.

El espacio de tierra entre la ribera y los hombres que reptaban hacia el afluente se reducía; estaba regado de objetos dispersos, artículos que, por cierto, no le sugerían ninguna asociación al líder de la marcha: una sábana enrollada a lo largo, doblada y atada por los extremos con una cuerda; una pesada mochila de campaña por allí; un rifle roto por allá. La clase de cosas que, en suma, se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada; el rastro de los hombres que huyen de sus cazadores. El riachuelo, a esta altura, tenía una margen de tierras bajas, y toda la ribera estaba hollada por pisadas de hombres y cascos de caballos. Un rastreador avezado hubiera notado que las huellas apuntaban en ambas direcciones, pues ese terreno había sido recorrido de ida y de regreso. Unas horas antes, estos hombres desesperados y apaleados habían penetrado la espesura del bosque por millares, junto a camaradas más afortunados. Los batallones sucesivos, moviéndose en manadas y en líneas recompuestas, habían adelantado al niño por ambos lados, casi pasando por encima de él. El traqueteo de la marcha y los murmullos no lo despertaron; los soldados entraron en combate a unos cincuenta metros de él, pero el niño no escuchó ni el rugido de los mosquetes, ni las descargas de los cañones, ni tampoco «la gritería y el trueno de los capitanes». Siguió durmiendo durante toda la batalla, sosteniendo su pequeña espada de madera, acaso apretándola con más fuerza, sintiendo una inconsciente simpatía por el ambiente marcial, pero desentendido de la majestuosidad de la lucha, al igual que aquellos que habían caído en la persecución de la gloria.

El fuego subía por los árboles de la ribera del otro lado, se reflejaba desde la copa de su propia humareda, y ahora colmaba todo el paisaje, convirtiendo la sinuosa neblina en vapor de oro. El agua irradiaba destellos rojos y también lucían rojas muchas de las piedras que sobresalían en la superficie; pero eso era sangre, pues los heridos de menor gravedad las habían coloreado al franquear el riachuelo. Pisando esas mismas rocas, el crío atravesó el arroyo con pasos ansiosos, en búsqueda del fuego. Tras llegar a la otra orilla, se volteó para ver a sus compañeros de marcha, que ya alcanzaban el curso de agua. Los más fuertes ya se habían arrastrado hasta el borde y habían metido sus cabezas en la corriente. Tres o cuatro de ellos yacían sin moverse y parecían estar descabezados. Viendo esto, el crío abrió los ojos de puro asombro, pues incluso su maleable intelecto no conseguía aceptar un fenómeno que implicara ese tipo de vitalidad. Tras saciar su sed, esos hombres no habían tenido fuerzas para sacar sus cabezas del agua o echarse hacia atrás, y se habían ahogado. Atrás de estos cadáveres, los espacios ralos del bosque enseñaban al líder tantas figuras amorfas como al principio de su campaña; pero muchas de ellas ya no se movían. Se sacó el sombrero para animarlos y apuntó con su espada en dirección al pilar de luz. El pilar de fuego de este éxodo inaudito.

Confiando en la lealtad de sus tropas, el niño entró a la franja boscosa, la traspasó fácilmente bajo una luz rojiza, trepó una reja, corrió por un campo (volviendo una y otra vez la vista, para coquetear con su sombra) y llegó a la ruina ardiente de una aldea. ¡Desolación por todas partes! Nada vivía en ese gran incendio. Eso no le importaba al niño; el espectáculo le agradaba y danzó jubilosamente, imitando el ondear de las llamas. Merodeó buscando leña y artículos para quemar, pero todos los objetos resultaban muy pesados como para que el crío pudiese trasladarlos hasta el lugar donde el fuego ardía y limitaba su acercamiento. Agitó su espada, desesperado, en señal de rendición ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.

Al retirarse de allí, sus ojos avistaron unos galpones que le sugerían una rara familiaridad, tal como si hubiese soñado con ellos. Se detuvo a escrutarlos, asombrado, cuando de repente la plantación entera y el bosque circundante parecieron girar como si estuvieran encima de un pivote. Su pequeño mundo daba media vuelta; las puntas del compás retraían sus trazos: ¡El edificio en flamas era su casa!

El poder de la revelación lo dejó estupefacto por unos instantes. Entonces corrió tropezando, dando un rodeo en torno a la ruina. Allí, conspicuo a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer. La cara blanca estaba boca arriba, las manos como garras y sujetando puñados de hierba, la ropa desgarrada, el largo cabello negro desgreñado y embadurnado en sangre coagulada. Casi toda su frente estaba reventada; y de aquel hoyo abrupto brotaba el cerebro, inundando la sien con una masa gris y espumosa, coronada por racimos de burbujas rojas. Era obra de una bala.

El niño agitó sus manos diminutas, haciendo ademanes salvajes, inciertos. Aulló una serie de quejidos inarticulados e indescriptibles (algo entre los gritos de un simio y el cloqueo de un pavo). Un sonido desalmado, sobrecogedor, profano: el lenguaje de un demonio. El mocoso era sordomudo.

Entonces se quedó quieto, con labios temblorosos, contemplando el desastre.

"Cuentos de la guerra civil" (La pollera), de Ambrose Bierce
"Cuentos de la guerra civil" (La pollera), de Ambrose Bierce

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