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El ritual es lento pero conciso. Quizás la modorra del pueblo, del río que lo bordea o de la capilla dorada por el sol de la tarde contribuyan secretamente a esa lentitud del cura cuando vuelca el agua en la palangana de metal que pone sobre el altar, y también colaboren para que la mujer entre despacio en la iglesia con el bulto caliente entre los brazos como si fuese una hogaza de pan. El domingo, dice el cura, parece ralentizar todo: Dios quiere que miremos las cosas con más detenimiento, y le pasa las yemas de un par de dedos por los cachetes color tierra a la muchacha ni bien entra.

La capilla es un pequeño rectángulo, con paredes de madera y adobe, con una cruz en la punta y unos bancos de mimbre enfrentados al altar patético. Hay una tela blanca que cubre la mesa que oficia de altar, y unas flores medio moribundas que intentan decorar la humildad imposible de esconder. Hay un rayo de sol que entra como un puñal en el recinto, y el polvo del suelo que se levanta y lo atraviesa cuando la mujer cruza entre los asientos con el bebé en brazos. Así vistos, uno junto al otro, son dos personas que se arriman secretamente un bulto mínimo, una bola recubierta de tela que tiene dos piecitos también imposibles de tan pequeños. La mujer, que tiene la cara aindiada y los movimientos torpes, descubre la cara del bebé con cuidado, y los dos, el cura y ella, miran los ojos verdosos y la nariz con mocos secos que se amontonan sobre el labio superior. El cura repite el mismo movimiento que le hizo a ella: un par de dedos rosando contra los cachetes, despacio, como sintiendo la tibieza de la piel. Hiciste bien en traerlo a esta hora, dice, hay menos gente así. Ella no le responde, lo mira, y parece como si estuviese pensando en las palabras que quisiera o pudiese decir, y luego parece olvidarlas de golpe cuando asiente como una nena tímida. Se ve que la criatura en brazos le pesa, y la cambia de uno al otro cada cinco minutos. El cura, acomoda la palangana de metal en medio del altar, se mira en el agua que se mueve en círculos concéntricos: allí dentro uno se da cuenta que es un sacerdote por la presencia, por los movimientos firmes, ni Dios mismo podría parecer más dueño de sí mismo ahí en ese lugar. Por si aquello no alcanzase tiene una camisa color crema, y una bombacha de gaucho color verde pardo, un rectángulo blanco que le marca el cuello de la camisa justo en el medio, la raya del pelo surcándole el cuero cabelludo a un costado. Padre, le dice ella, y después, Arturo, cuánto falta Padre Arturo, le pregunta. Él le pasa unos dedos firmes por entre el pelo y le dice que se calme, que ya está todo listo.

In nomine patri, et filii, dice, y mira al bebé que es un varón regordete, que se chupa el dedo y observa las motas de polvo que se filtran por entre la luz de media tarde. El ademán lo hace en el aire, justo sobre el agua que ya está quieta en el recipiente, corta la nada con una cruz rápida, invisible. Sostenelo, le repite dos veces a la muchacha que intenta que no se note que tiene los brazos temblando. Sostenelo fuerte, y sumerge una mano en el agua, la sube como un cuenco repleto y deja caer la bendición sobre la frente del bebé que ahora llora, como un graznido que rompe la tarde en dos. El cura dice algo más que ella no llega a escuchar porque se concentra en sus extremidades, en la articulación del brazo con el antebrazo, en el hombro, en el calor que siente en las muñecas, la criatura le pesa horrores, tiene miedo de soltarlo y que caiga, justo frente al Padre Arturo, piensa.

Padre, apúrese, le murmura como un secreto mientras él se seca las manos, con parsimonia. La tarde es dorada y sus ojos se pierden por la ventana, fuera de la capilla, en el verdor del campo que se extiende detrás de la línea de arbustos que plantó la primavera pasada. Ya va querida, le responde, ya va. Amén, dicen juntos, en el mismo momento que la puerta se abre con una explosión, y una mancha que entra dando pasos largos, fuertes. Al principio la sombra es un grito ininterrumpido, una multitud de insultos, de ruidos; luego, la oscuridad toma forma y es un hombre, con el pelo gris, raído, con mechones que caen desde la nuca, una serie de cosas que se conjugan individualmente en esa totalidad que grita, que casi aúlla: pelo, ojos, camisa, facón, grito. Hijo del diablo, le dice a él, maldita, le escupe a ella. Malditos los dos, y ya está a unos pasos, se le siente el aliento a aguardiente, a tabaco, los dientes podridos. Es viejo pero la fortaleza parece salirle de los gritos, de un fuego que no se le ve a simple vista pero que le irradia de los ojos negros. Malditos. La muchacha agarra fuerte al bebé, y el cura se interpone entre el hombre y ella. Tranquilo hombre, tranquilo Mateo, cálmese. La semilla, grita, la semilla, usté me la preñó, usté, el cura, hijo de puta, grita y después escupe el suelo. Tranquilo padre, dice ella y por un segundo los hombres no saben a quién de los dos se refiere. Tranquilo papá.

Hay una pausa cómplice entre los tres, y el bebé que ahora es un silencio envuelto en una tela andrajosa. La cruz, en la punta de la capilla, es un ídolo mudo, terrible, que cuelga de un clavo oxidado. El hombre mira los ojos del bebé, verdosos, con rebordes de miel, y vuelve a los del cura, que parecen ser los mismos, una copia. Hijo de puta, repite. Me la violó, me la echó a perder, hijo del diablo. Mientras habla la luz que entra desde fuera parece irlos enfocando, y ahora cae sobre ellos tres como en un escenario. Hay una trinidad secreta, que en medio del campo se conjura con los gritos del viejo y el silencio de sepulcro de ellos dos. Hay un bebé en brazos, que, calmo, parece comprender lo fatal de la situación. El cura, por un momento, se queda embobado con las manos del hombre que se mueven, y gesticulan, y los pelos ralos que le pueblan el reverso de las extremidades huesudas pero firmes, Son dos pájaros, piensa, son dos chajáes, y luego, sin que se dé cuenta, hay un solo pájaro que se eleva entre los rayos de sol amarillentos, y dentro de la luz hay un resplandor todavía mayor, y el brillo baja de golpe sobre su rostro, sin que pueda siquiera adivinarlo. La muchacha retrocede, y el bebé, partícipe de todo aquello, no llora. El hombre mira el tajó sanguinolento en la cara ajena, y el hilo grueso de sangre que ahora le cae en las manos al cura, que se toca la cara buscando la herida, como si no la sintiese todavía. El viejo mira a la muchacha, la mira como entre nubes, entre una humareda, mezcla de realidad y espejismo. El cura trastabilla con los asientos y se golpea contra el altar, rápido, mete las manos en el agua y se moja la cara, que ahora le arde, y el agua, hasta recién bendita, se tiñe de un rojo que cae en gotas gordas y pesadas.

Mientras limpia el cuchillo contra la tela del pantalón el viejo escupe al piso, largando un gargajo a presión, espumoso, verde. Se acerca a la muchacha, su hija, y solamente necesita mirarla para que ella le acerque a la criatura que sigue sin llorar, impávida, y se la entregue. El ritual es lento pero conciso, y antes de que alguien en el pueblo pueda verlo, el hombre se sube al caballo y le tapa la cara al bebé con la tela. Cabalga.


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