Una historia de dioses y humanos: fragmento de “El Palomo de María”, de Néstor Barreiro

Esta novela publicada por Ediciones del Empedrado es un relato donde se entrecruzan escenas mitológicas justo cuando comienza el Juicio Final. Infobae Cultura reproduce un fragmento del capítulo “Historia de la semillita”

“El Palomo de María” (Ediciones del Empedrado) de Néstor Barreiro
“El Palomo de María” (Ediciones del Empedrado) de Néstor Barreiro

–Creí que hablabas de mi Dios Padre –le dice Elena a Helena–. Pero veo que a vos lo único que te interesa es cómo hizo mi Dios para embarazar a María.

–Les pido que no se burlen de mí... Sí, quiero saber cómo la embarazó, pero antes explicame otra cosa que no entiendo. ¿No existía ninguna diosa con la que tu dios se pudiera casar, como hizo Zeus con Hera, y así tener sus hijos dioses? Nosotros, los hijos que Zeus tuvo con mujeres, no somos dioses. ¿Cómo puede ser un dios en tu religión alguien que no nació de dos dioses?

(…)

–No, no hay ninguna diosa –le responde Elena a Helena.

–Claro –entiende Helena–, por eso tuvo que usar la mujer de un hombre. ¿Ella estuvo de acuerdo en que fuera su amante? ¿O la forzó?

–¡Es que no fue su amante!

–Pero, ¿cómo consiguió embarazarla? –pregunta esperable.

–Le envió al Espíritu Santo –respuesta inesperada por Helena.

–¿Mandó a otro para que se acostara con ella? –asombro comprensible.

–¡No! ¡María no se acostó con nadie! –respuesta desesperada.

–Tus dioses son mucho más complicados que los míos... Y tampoco entiendo cómo era virgen María si ya se había casado. (…) ¿¡Y qué le hizo José a María cuando se enteró que se había acostado con tu dios!? –pregunta Menelao, porque cada uno reacciona según dónde le aprieta el zapato.

–¡María no se acostó con mi Dios! –Elena lo enfrenta a Menelao como un guerrero herido en su honor.

–¿No se acostó? –dice Alejandro–. ¿Me podés explicar qué quiere decir “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”?

(…) ¿Entendiste ahora cómo se embarazó María?

–No –responde Helena–, cada vez entiendo menos.

–No te preocupes, no sos la única. Y nadie te pide que entiendas, sólo tenés que creer.

–¿Quién es el Espíritu Santo? –la curiosidad de Helena no puede ser más práctica.

–Te lo voy a explicar de la manera más simple posible para que a vos, justamente a vos, te quede claro: el Espíritu Santo es un palomo.

–¡Alejandro! ¿Qué estás diciendo? –Elena entiende a dónde pretende llegar, y aunque su cuerpo sea un simulacro, empieza a sentir los efectos que produce el aumento de la adrenalina.

–Es la verdad –aunque aparenta tranquilidad, su voz tiene un leve temblor, como si hubiera descubierto algo que siente que es muy importante–. Toda la vida nos quisieron hacer creer que el Espíritu Santo es una paloma. Pero no, me acabo de dar cuenta de que si la embarazó a María no podía ser una paloma, sino un palomo –y se vuelve rápidamente hacia Helena–, de la misma manera que tu padre no tomó la apariencia de una cisna, o como sea que se llame la hembra del cisne, el ave que embarazó a María también tiene que haber sido un macho.

–¿Me estás diciendo que Jesús también es hijo de un dios que tomó el aspecto de un ave para embarazar a una mujer? –Helena empieza a comprender porque no hay nada mejor para hacerlo que la propia experiencia.

–Ni más ni menos. Es tal cual te lo imaginás. (…)–Elena se acerca a Alejandro y lo abraza–. Mirá, te voy a traducir, a mi buen saber y entender, lo que le hicieron recitar a Menelao, y que Dios me perdone, pero no decir lo que uno piensa es lo más parecido a mentir, y los mentirosos serán condenados...

–... y a los tibios nos vomitará con su desprecio –completa Elena.

–Así que... –mira al cielo–, ¡Él tampoco nos deja otra salida! (…) El ángel le explica que el “Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, lo que María acepta sin chistar, porque responde “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. ¿Cómo llamaríamos hoy a esta manera de relacionarse con una mujer? (…) Nosotros tres podríamos considerar que la unión de JHVH con María fue...

–... una violación ¬– completa la frase Elena.

–¡Antes me dijiste que no la había violado! –le dice Helena a Elena, muy sorprendida.

–Antes fue antes –intervienen Alejandro–, pero Elena se acordó de que es abogada, y me parece que podrías argumentar, en un caso como este, que sólo técnicamente podría decirse que no fue una violación porque María debe sojuzgarse a una relación que le va a producir la peor de las consecuencias que debe padecer una mujer violada, es decir, tener un hijo de un desconocido. ¡En nuestro hoy, María hasta podría haber tenido derecho a abortar!

–Sí... es verdad... Pero el pequeño detalle es que el desconocido es Dios –los dioses, que escucharon muy interesados la versión de Alejandro, lo miran a uno que permanece impávido.

–¿Sí? ¿Y cómo podés estar tan segura? ¿Tenés que creer que es Dios porque te lo dijo un ángel? ¿Y cómo sabés que es un ángel?

–Será sólo cuestión de fe –Elena siente que de pronto la invade una calma chicha, como si todo se hubiera resuelto. Para bien o para mal, pero resuelto.

–Después vemos eso de la fe, pero ahora contestame sólo con tus conocimientos. ¿Podríamos llamar acoso sexual a que el ángel le anuncie a María que debe someterse a que un poderoso venga sobre ella? Bien, aceptemos que no hubo una relación carnal convencional, pero ¿no existió uno de los componentes imprescindibles en el acoso sexual?: el sometimiento de la mujer que se proclama sierva de alguien que ejerce su poder sobre ella, como en todos los casos de acoso sexual de un superior sobre un inferior. (…) Y en cuanto al ejercicio del poder de seducción, ¿se puede negar que María fue seducida por su señor a tal punto que se va a dejar embarazar con el riesgo que implicaba en esos momentos tener que explicárselo a su marido, a un marido que, además, había aceptado su condición de permanecer virgen? (…) ¿Era fe? ¿O credulidad y sometimiento?

–¡Alejandro! –Toma conciencia de la situación que están planteando: esto es desacato–. ¡Estás hablando de un Dios del que tenemos la plena certeza de que existe y que en este mismo momento nos debe estar juzgando!

–Por eso ahora tiene más sentido que se lo diga, porque sé que sucedió así y porque sé que me está escuchando. Y quizás desde muy cerca. A esta pobre chica, hablo de María, ¿le dio la más mínima oportunidad de decidir qué vida quería vivir? No sólo le anunció que la había elegido para que tuviera su hijo, sino que, además, tenía que estar agradecida, ¡cuándo Él ya sabía todo lo que iba a padecer esta pobre madre con el destino que le tenía reservado a su propio hijo!

Otro revuelo en el Monte Ida. Los dioses le echan miradas reprobatorias a uno, pero no se animan a más porque temen por su propio futuro.

–Me asusta mucho lo que estamos diciendo –dice Elena después de un largo silencio que ni Helena se animó a romper con alguna de sus preguntas.

–A mí también –la serenidad de la voz de Alejandro no concuerda con las sensaciones que lo invaden–, pero tenemos que seguir. Porque si ahora nos están juzgando por nuestros actos, alguien nos va a tener que explicar qué diferencia hay entre el Paris que sedujo a Helena, yo que te seduje a vos y el Dios que sedujo a María.

–En qué nos estamos metiendo...

–No lo sé. Pero sí sé que Paris y yo, cuando hicimos lo que hicimos, no éramos más que dos débiles mortales.


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