“Mi novia tiene bíceps”, un cuento de Ximena Sinay

Infobae Cultura publica un adelanto de “Los vicios de los muertos. Cuentos rockeros 1″, un libro con 16 historias de diferentes autores contemporáneos que giran en torno a una canción

“Los vicios de los muertos. Cuentos rockeros 1″ (Hormigas Negras), varios autores
“Los vicios de los muertos. Cuentos rockeros 1″ (Hormigas Negras), varios autores

Yo estaba todavía en la primaria; él ya iba al secundario. Yo usaba guardapolvo blanco; él se vestía como quería. Yo seguía con mis amigas de siempre, las del barrio; él tenía nuevos, que vivían en lugares que yo ni siquiera sabía que existían. Yo le pedía que jugara conmigo; él ya ni me decía que no, se encerraba en su pieza a estudiar y a escuchar música. Y cantaba fuerte, a los gritos. Yo pegaba la oreja en la puerta para escuchar. Acostumbrada a los Serrat, Carlos Puebla y Paco Ibáñez que sonaban en mi casa, no podía siquiera creer que las letras de las canciones que escuchaba mi hermano existieran. La rubia, tarada, bronceada, aburrida me dice por qué te pelaste. Me puedo estimular con música y alcohol, pero me excito más cuando es con vos. Mi novia tiene bíceps, ojo con lo que le dices.

Sumo, Virus, Soda Stereo. Muchas de las tapas de los cassettes estaban llenas de colores: amarillo, fucsia, turquesa, verde. Brillantes. Cuando él no me veía, los agarraba. No me animaba a sacar los libritos de las cajas, tenía miedo de no poder plegarlos como estaban y que no me volvieran a entrar. Pero miraba las tapas a través del plástico. Los colores flúo contrastaban con los ojos de los músicos, que eran negrísimos. Todos tenían un poco cara de malos, ninguno sonreía. A veces me había parecido que mi hermano ensayaba frente al espejo esos gestos, esas miradas intensas, directas a la cámara. En ese momento ya podía hacerlo. Antes, no. Antes le costaba fijar la vista. Antes había tenido que mirar para otro lado. Antes había habido algo que prefería no ver.

Cuando mamá estaba embarazada de mí, él se quedó bizco. Pediatras, oculistas, neurólogos. Nadie encontró nada. Nada físico, claro. Así, de un día para otro, desvió la mirada y, además de una hermana, en su vida aparecieron los anteojos.

Cuenta la leyenda que, cuando yo todavía andaba en cochecito, él se ofrecía amablemente para empujarlo, en especial cuando íbamos con mamá al zoológico. Él me llevaba por los caminos de canto rodado, por los puentes de maderitas, por las calles con adoquines. Quizás abrigaba la esperanza de que me cayera. No lo sé. Y mientras, cantaba; y yo, con él. Desde chiquita lo recuerdo cantando. Pero todavía faltaba para esas canciones que yo me aprendería de memoria algunos años después sin saber muy bien qué querían decir. En ese momento, todavía, cantábamos cosas que los dos entendíamos. Lo ves o no lo ves al gato que pes, ahí, ahí, sentado en su ventaní. Ayayayayayay, lo digo yo, fue el vaquero más auténtico que existió. Vendo este monigote se lo vendo por dos reales y si no tiene dinero me lo paga con un baile; aquí está, mi monigote aquí está, mi monigote. Mamá nos ponía los discos en el Winco, nos sentábamos en la alfombra del living, mojábamos las vainillas en el Nesquik y cantábamos. En ese entonces no tenía que pegar la oreja a ninguna puerta para escuchar las letras. Pero sí pegaba otras cosas a las puertas. Y por otros motivos.

Cuando cumplí cinco años, decidieron que dejara el jardín de infantes al que había ido, abandonara a mis amigas e hiciera preescolar en la primaria a la que iba mi hermano y en la que,

obviamente, yo seguiría. Él era enorme. Ya estaba en quinto grado. Apenas empezadas las clases, me quebré un brazo y tuve que lidiar con un yeso desde la mano hasta el hombro. Una de las tantas cosas que no podía era correr en el recreo. Y a los cinco años no se hacía mucho más que correr en los recreos. Y yo era la única que no podía: ni las escondidas ni la mancha ni el quemado ni la soga ni la rayuela ni el elástico. Muchas veces me quedaba sentada, junto a la maestra, en uno de los bancos que había alrededor del patio. Ninguna de las nenas me acompañaba. Todas corrían detrás de la hija de la maestra. Y ella no era mi amiga. No sé por qué, pero no logré en todo el año hacerme su amiga. Y, como los recreos de preescolar no coincidían con los de la primaria, muchas veces iba a visitar a mi hermano. Visitar es una manera de decir. Me plantaba en la puerta de su grado y pegaba la nariz al vidrio. Él nunca me veía. Eran sus amigos los que empezaban a tocarlo, llamarlo, tirarle de la manga del guardapolvo o darse vuelta. Y, cuando él levantaba la vista, le señalaban hacia donde estaba yo. Entonces sí me miraba desde detrás de sus anteojos de marco negro grueso. A veces me saludaba. Pero la mayoría, no; sólo me miraba. Y yo sabía que me tenía que ir rápido. Para que él pudiera volver a sus libros.

Porque, además de cantar, leía. Siempre leía: los libros amarillos de la colección Robin Hood, Asterix, Tintín, Julio Verne, Patoruzú, Patoruzito, Isidoro Cañones, el diario, hasta los envases de los cereales mientras desayunábamos leía. Le decían que con la lectura cumplía kilometraje, que leía para acumular horas. A lo único que a veces quería jugar —y siempre y cuando hubiera alguien más grande— era al diccionario, ese juego en el que había que adivinar quién había escrito la definición correcta de alguna palabra difícil, desconocida, ignota. Y él siempre me ganaba. Sabía tantas palabras... Y todos se lo festejaban. Mientras, los cassettes seguían dando vueltas. Tanto que, a fuerza de escucharlas una y otra vez, había logrado aprenderme las letras. De memoria, porque en eso creo que sí le ganaba.

Hasta los nombres de las bandas eran raros: no eran de seres humanos, pero ni siquiera entendía muy bien de qué eran. Y prefería no tener que preguntarle nada a mi hermano. Eran nombres tan extraños como las letras. Yo había crecido escuchando otras cosas: cerca del mar porque yo nací en el Mediterráneo; aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia; el dinero es del mundo el gran agitador, hace señor al siervo y siervo hace al señor. Lo que escuchaba mi hermano era diferente; me daba como cosquillas en la panza. No me había imaginado nunca que algo así podía decirse en un disco o en un cassette. Y de tanto mirarlo, había aprendido cómo cantarlas: apretaba los ojos, meneaba la cabeza y cantaba fuerte. También a los gritos.

—¿Qué cantás lo que no sabés, nena?

—Sí que sé.

—¿Sí? ¿A ver? ¿Vos sabés qué son los bíceps?

—Obvio que sé.

—¿A ver? ¿Qué?

—¡Las tetas!

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