
Recuerdo el entusiasmo que muchos jóvenes estudiantes de la historia del arte sentimos ante el estallido de libertad creativa que produjo la Nueva Figuración en Buenos Aires, en la Galería Peuser o en el Instituto Di Tella de 1961 a 1963. Impregnados del magisterio de Mondolfo acerca del humanismo marxista, sobre todo del que emanaba de los textos del joven Marx hasta El 18 Brumario de Luis Bonaparte, creímos entonces que el humanismo occidental, siempre renacido, volvía renovado por sus fueros. Cuando leímos la introducción de Peter Selz a la muestra Nueva imagen del hombre, organizada por el MOMA en 1959, en cuyo catálogo figuraba además un texto fuera de serie del teólogo alemán Paul Tillich, sentimos confirmadas nuestras expectativas acerca del despuntar de un nuevo humanismo más allá del existencialista.
Nos maravillaba descubrir una y otra vez la silueta del ser humano que se recomponía en el dibujo de Macció, en la caricatura agigantada del cartoon que hacía De la Vega, en las metamorfosis del retrato que cultivaba Ernesto Deira y en las multitudes, paradójicamente lúcidas y alucinadas, representadas por Luis Felipe Noé. Pero me temo que nuestra fascinación era genuina y nuestra seguridad alrededor de una nueva antropología estaba equivocada.
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Solo ahora, caigo en la cuenta de que la Nueva Figuración habría sido más bien el prolegómeno de la crítica del humanismo occidental que Lévi-Strauss instaló ferozmente en una entrevista de Le Monde en 1979 y que, a comienzos del siglo XXI, Philippe Descola asimiló al racionalismo reduccionista, finalmente depredador, que la ciencia de Occidente instaló como cuarta ontología de las relaciones naturaleza-ser humano junto al animismo, el totemismo y el analogismo mágico-simbólico.

El regreso de Noé a la pintura a partir de 1975, aun cuando pocos analistas cayeran en la cuenta (en mi caso, me acabo de caer de la parra y por eso me atrevo a escribir sobre algo que está muy fuera de mi escueto campo de conocimiento), aquel regreso estuvo vinculado con una idea y una teoría inéditas del caos dominante en el paisaje sudamericano. Dentro de ese marco, Luis Felipe produjo visiones de la naturaleza de una estética puramente pictórica, fundada en la riqueza cromática de largas ríadas moduladas de materia y el trabajo de texturas obtenidas a pincel, espátula y lápiz. Sus lienzos fueron monumentales; cuando mostraban seres humanos, sus formas no imponían medidas, cánones ni proporciones al espectáculo desencadenado de la naturaleza, se sometían a los sublimes matemático y físico.
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Esta muestra en Rubbers es una sublimación, que deja estupefacto, de la escena donde han de ocurrir nuestras relaciones transhumanistas con la tierra y los otros vivientes que la habitan (aparte de nosotros y tal vez con mejores derechos). Noé describe, despliega, como en una alucinación gozosa y controlada, un ámbito cuyas leyes y fuerzas nos superan, sin duda, pero también nos abren la posibilidad de existir en plenitud y de una manera radicalmente nueva, que no es adoración religiosa, ni ejercicio obsesivo del escalpelo de la razón, no nos obliga a negar nuestras facultades pero sí nos impone el supeditarlas, dentro de un límite cada vez más ancho y lejano, al poder misterioso y bello de un mundo que nos precede y continuará mucho más allá de la supervivencia de la especie.
Por eso, nuestro artista ha podido armonizar el contorno de su autorretrato con el flujo indetenible de los colores de la vida sobre los cuales se delinea y es amorosamente invadido por todos ellos. O bien ha pintado dos lienzos, enfrentados al final de la galería, en que los caos representados se hacen, en el uno, esplendores cromáticos, vehículos del temblor y de la reconciliación entre nosotros y los demás vivientes; mientras, en el segundo, desenvuelven ríadas nuevas de formas y colores que subyacen a nuestro mundo tenaz de signos, de letras capaces de ordenarse para alumbrar un verso de Novalis, inscripto por Noé en una banda angosta desenvuelta en el horizonte de la tela.
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Yuyo, has vencido la tristeza, la enfermedad, la muerte, nada más que un instante, claro está, pero capaz de devenir pronto un tiempo que dura y nos permite esperar, sin miedo, el fin del dolor colectivo. A los lectores, les recomiendo con alegría que vayan a la muestra de Rubbers. Soy consciente de que se han reavivado resentimientos muy extendidos de nuestra sociedad contra la mal llamada alta cultura. La galería, gentil y amablemente atendida por colegas entregadas a la difusión y a la educación popular mediante el arte, está en un barrio y una calle a los que, si se les aplica el chetómetro, saltan las agujas, es verdad. Pero la ciudad es de todos, ricos y pobres, iletrados y letrados, niños, jóvenes y ancianos, refunfuñados y frívolos, quienes usan el lenguaje inclusivo y quienes no lo hacemos. Un sentimiento reparador de belleza y emoción como el que proporciona la última pintura de Noé también pertenece a la humanidad entera, sin grieta alguna. No dejen de volar media hora por Rubbers.

“[...] El tiempo todo quita y todo da; cada cosa cambia y nada se aniquila; sólo hay uno que no puede cambiar, no solo es eterno y puede perseverar eternamente uno, semejante e igual a sí mismo. Con esta filosofía el ánimo se me agranda y se me magnifica el intelecto. Pero cualquiera sea el momento de esta noche que espero, si la mutación es verdadera, yo que estoy en medio de la noche espero el día, y quienes están en medio del día esperan la noche: todo cuanto es o está aquí o allí, o cerca o lejos, o ahora o luego, o pronto o tarde. Gozad, pues y, si podéis, permaneced sanas y amad a quienes os aman.”
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Giordano Bruno, El candelabro, Dedicatoria
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