
1. Buenos términos
Cuando lo hablaron, aquella noche definitiva, se juraron una separación sin sobresaltos. Por las nenas, y por ellos también. La linda historia de amor que habían armado juntos se merecía un final en paz, la felicidad era otra cosa.
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Deshacer la vida en común que habían montado supuso para ambos una tarea dolorosa, carísima y de cualquier modo injusta. De pronto el proyecto familiar se volvió un bien divisible. Es raro despojar a los objetos de la rutina que los contuvo durante años. Un sillón es de quien lo pagó o de aquella que lo habitó cada noche leyendo hasta quedarse dormida. Quién reclama la potestad de los juguetes cuando hay dos casas. Igual con la niñera. Y las rutinas y el gimnasio, los fines de semana. La casa o el auto; esa lámpara la elegí yo, vos ni me acompañaste a comprarla y otras miserias. Hubo gritos, portazos, insultos, acusaciones, reproches mutuos. Una década de trapos malolientes que ni se imaginaban tener guardados para cuando llegara la ocasión, que era esta.
Dos semanas después, él recibió por debajo de la puerta de su departamento alquilado un sobre oficio con membrete de un estudio de abogados. Nuestros buenos términos posibles, decía la notita agregada con un clip al borrador del divorcio.
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2. Una de piratas
Llovía a cántaros y ni había gugleado la película. Empezaba a ser desprolija en esta aventura de tener amante. El taxi esperaba en la puerta del hotel. Imposible bajar la ventanilla con el aguacero, podrás poner el aire. Necesitaba sacarse de encima el rastro de su olor, aunque le encantara. Faltaban diez cuadras y no lograba recomponerse, todavía sentía entre las piernas el efecto residual del último orgasmo.
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Venía la parte más difícil, montar la escena de naturalidad, cuando lo único que quería era echarse en el sillón, servirse un vino y repasar mentalmente cada detalle de su atracón sexual. Entró al edificio apurada, llamó al ascensor, se miró al espejo con espanto, era evidente que no había estado en un cine. En el trayecto de siete pisos se recogió el pelo en un rodete, se metió un chicle de mentol en la boca, acondicionó sus ojeras, y le dio tiempo para ensayar una sonrisa justo antes de abrir la puerta. Pero el departamento estaba a oscuras.
En la pizarra de la cocina su marido había escrito: Me fui al cine, yo también.
3. Su vida sin ella
Era angustiante verlo. Un espanto esta época de publicar la existencia en redes sociales. Y ella sin poder parar de stalkear. ¿Se lo hacía a propósito?! Qué necesidad, después de haberla dejado, de compartir cada minuto de su agenda. ¿De verdad andaba tan animado? Porque ella la estaba pasando para el orto. No toleraba ser espectadora de una vida de la que, hasta hace nada, había formado parte. El pomelo en ayunas, el rayo de luz que se colaba por la hendija de la persiana, el mate de cuero que habían comprado en Uruguay. Todo ventilado y con filtros de renovada felicidad. Querido, ¡esos son mis trapos también!
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Patético su budita nuevo en la biblioteca. Si había aprendido de ella, con ella, los ejercicios básicos de yoga. Atrevido. Cada vez que el redondelito de su foto en IG se ponía en rojo a ella le agarraba taquicardia. Pero no podía evitar mirar. Asistió a la renovación de su vestuario, al corte de pelo, al hábito de la copa de tinto por las noches bajo la luz naranja de la lámpara que ella le había regalado para su cumpleaños; supo que fue al recital de Nick Cave.
Hasta que un domingo subió una stori con ella, con otra ella a la que abrazaba con la sonrisa feliz que ella (nuestra ella) conocía de memoria, porque adoraba esa sonrisa de dientes torcidos que invariablemente venía seguida de un beso.
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4. El futuro, un té
Siempre lo pensó como una última inversión. Lo llamaba su proyecto de muerte digna. Más temprano que tarde empezó a destinar una porción de sus ahorros a que el futuro resultara menos incierto. Hasta que llegó el día de empacar.
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Bastante bien, pensó mientras se aflojaba el pañuelo de seda en el cuello y miraba a los lados, parada frente a la recepción. Asomaba al fondo un jardín precioso, mucho verde, pajaritos, enredaderas. Le resultó inquietante esa escenografía encantadora de la vejez, tan similar al cementerio de paz, otra de sus inversiones a corto plazo.
Entonces, el azar (ella no creía en el destino). ¿Puedo? preguntó él y se sentó sin esperar respuesta. Ella tomaba el té en su rincón favorito del parque, al lado del invernadero. La elegancia no tiene edad, reafirmó para sí misma y sintió que se sonrojaba; le alcanzó una taza, también sin preguntar.
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Se volvió costumbre. Él encargaba masas finas y pidió no recibir visitas los martes. Ella empezó a esperar secretamente que llegara ese día, y que hubiera por delante muchos días más.

5. Mi turno
Mil ochocientos mangos, la hora. Va a ser la mejor hora de tu día, dijo. Y cumplió.
Fui a su departamento en la calle Solís, como habíamos quedado, a las siete de la tarde. Llegué puntual. Me abrió por el portero eléctrico, cuando subí ya estaba en camisón pero le dije charlemos. Necesitaba conocerla un poco más, no puedo coger con una desconocida; ella me aclaró no hablo de mí en las citas, por qué no me contas vos. Yo había llevado una botella de vino para entrar en clima, tampoco tomo alcohol cuando trabajo, se excusó y preparó una limonada. No sabía por dónde empezar así que me presenté, di mis datos básicos, luego me quedé callado. Estábamos en la cocina, ella sentada frente a mí, cruzada de piernas con la mano apoyada en el mentón y por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me escuchaba. Entonces aproveché para contarle que mi mujer ni bola, que hace años me siento solo, que nos queremos, creo, pero estamos desencontrados, que ya perdí la cuenta de cuánto llevamos sin hacer el amor, que el otro día vi que se mensajea con alguien. Dije eso y me empezó a temblar la voz, tenía la garganta seca, tomé un poco de limonada, le pedí un beso, me dijo en la boca no doy. En cambio, me dio un abrazo. Y me largué a llorar.
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Quedan diez minutos, me dijo, ¿lo hacemos? Así que fuimos a su habitación.
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