La belleza del día: “La canción del pueblo", de Emilio Pettoruti

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

“La canción del pueblo" (1927), de Emilio Pettoruti. Óleo sobre madera  
(73,8 x 64,7 cm), en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
“La canción del pueblo" (1927), de Emilio Pettoruti. Óleo sobre madera (73,8 x 64,7 cm), en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

Emilio Pettoruti (1892-1971) es uno de los pintores esenciales del arte argentino. Petto recorrió un largo camino, pero fue en el cubismo donde encontró mayor reconocimiento, como es el caso de esta obra, La canción del pueblo.

Nacido en La Plata y fallecido en París, hace hoy exactamente 49 años, el artista fue el mayor de 12 hermanos hijos de inmigrantes italianos, que comenzó su carrera como caricaturista, y que gracias a una beca del gobierno de la provincia de Buenos Aires pudo realizar su primer viaje a Europa, con el objetivo de aprender de los clásicos. Pero el destino le deparaba otra cosa.

Ya en Florencia, Pettoruti descubrió el futurismo, se relaciona con referentes y en 1914 participa de la Primera Exposición Invernal de Toscana, aunque es en Roma, unos años después, donde comienza a inclinar su trabajo hacia el cubismo.

La canción del pueblo (1927) corresponde a su serie de músicos callejeros que inició en 1920 con El flautista ciego. En la obra se representa a un trío -guitarrista, bandoneonista y cantante- mientras ejecutan una pieza, con sus instrumentos y partituras correspondientes, en algún rincón de una ciudad.

El flautista ciego
El flautista ciego

“La fuerte estructuración geométrica se equilibra a través de la riqueza cromática de la paleta –utilizada en toda su variedad–; por su parte, el tema elegido alude tanto a una raigambre francesa –la de la chanson romántica que el título evoca– como a una bien porteña y popular –la del tango ejecutado mediante bandoneón–: la modulación particular del vocabulario plástico del cubismo y los motivos seleccionados ubican su poética dentro de una doble pertenencia a una tradición moderna internacional y, a la vez, local”, escribe Fabiana Serviddio, para la reseña del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, donde se encuentra la obra.

La pieza fue realizada tres años después de su regreso a la Argentina, en 1924, y en ella hay elementos que denotan su relación con la pintura metafísica de De Chirico y el cubismo de Juan Gris, a quienes conoció.

En aquel año de regreso expuso por primera vez su obra en la galería Witcomb, una exhibición que pasaría a la historia por el escándalo desatado, que dividió al público y a la prensa. Por un lado, los detractores, consideraron sus obras como “una grave ofensa inferida a la dignidad del país” y sobresaltaban la superioridad de la pintura costumbrista y naturalista, mientras que del otro, se consideraba al artista como la renovación de la pintura.

Desde la revista de vanguardia Martín Fierro, se recibió con entusiasmo el arte de avanzada y, sin dudas, el evento que tuvo una gran repercusión, lo instaló en la escena cultural nacional como uno de los introductores de la modernidad. La canción del pueblo fue reproducida como ilustración en el número 44/45 de la revista, en el que se reivindicaba su posición activa y libre, en favor de las nuevas tendencias en el arte y de una acción cultural independiente ante las pretensiones del hispanoamericanismo.

Los bailarines
Los bailarines

La polémica regresó cuando el gobierno provincial de Córdoba adquirió Los bailarines para el museo municipal (Colección Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Caraffa, Córdoba), una pieza en que se representa a una pareja de hombres bailando un tango con perspectivas alteradas y en el que, indicó el autor años después, aparece el artista plástico argentino Xul Solar, uno de sus grandes amigos. Los diarios de entonces instalaron el debate sobre si se debía o no comprar este tipo de obra con fondos públicos.

Ya para el ’27, la obra fue presentada por la asociación El Círculo en las salas del Museo Municipal de Bellas Artes de Rosario, una exhibición que buscaba mostrar a “los artistas de avanzada” y tuvo una recepción más positiva.

La historiografía moderna consideró la serie de músicos y arlequines –en la que se enmarca esta obra– como la producción característica del período de maduración de la obra de Pettoruti.


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