
Un arrebato de pasión desesperada, el deseo por el contacto fugaz, la necesidad de sentir otra piel, esos labios. Y las manos, esas manos, que parecen querer destruir la materialidad de las rejas, de expandir el horizonte, derribar lo prohibido y asistir a El encuentro en plenitud. Ser uno, otra vez.
Pintada en 1918, la obra del italiano Antonio Ambrogio Alciati parece revivir hoy aquellas sensaciones pausadas. Y el año no es casual (¿o sí?). Hace más de un siglo, la gripe española arrasaba Europa cuando la Gran Guerra aún no había terminado. En aquella parte del mundo, Francia, el Reino Unido, Italia, Alemania y España, que no había participado de la contienda, vieron como la propagación mataba a miles de personas.
Alciati (1878-1929) no pintó mucho durante este periodo, aunque quizá menos fue más en su carrera. Realizó entonces algunas de sus obras mas preciosistas, como El encuentro (Il Convegno) y El sombrero negro, de 1916. La traducción literal de esta pieza sería La conferencia o El congreso, aunque existe una acepción más popular, que refiere al encuentro carnal. En ese sentido, el autor juega un poco con lo solemne y lo interpretativo, con los usos del lenguaje.
El artista creció con su madre y hermana, luego de que a los seis años murió su padre, un decorador. Y fue en su progenitora, que pintaba exvotos y carteles, a través de quien ingresó al mundo del arte. Como en su casa lo que sobraba eran las carencia, obtuvo un certificado de escuela primaria a través del hospicio para los pobres de Vercelli, que le permitió asistir a la escuela nocturna de dibujo en el Instituto de Bellas Artes. Por su talento obtuvo una pensión mensual del ayuntamiento, para luego mudarse a Milán con su familia, donde siguió estudiando.
En la Academia Brera recibió las enseñanzas de Vespasiano Bignami, Giuseppe Mentessi y Cesare Tallone, quien le presentó a la burguesía milanesa y partir de donde pudo construir una carrera más sólida en lo económico.
Alciati tuvo espíritu romántico, así lo marcan sus piezas entre 1902 y 1910, expone por primera vez en el Permanente de Milán yen la Bienal de Venecia, mientras al mismo tiempo decoraba iglesias y villas lombardas. Para 1911, las obras presentadas en la Exposición Internacional de Roma revelan un cambio en su estilo: abandona los matices monocromáticos y la gama de colores apagados y su paleta vira hacia un mayor vigor de colores y construcción, como se muestra en El encuentro, que puede apreciarse en el Museo del paisaje en Verbania, ciudad localizada en la región de Piamonte. Los últimos años de su vida las pasa como profesor y retratista de las familias acomodadas como de su hija.
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