
En las faldas de la montaña Hohentwiel, en Singen, Alemania, allí murió Otto Dix, un día igual a este, sólo que de 1969, hace exactamente cincuenta años. Tenía 77 años cuando un ataque de apoplejía, el segundo que recibía, lo terminó matando. Dejó una obra inmensa, compleja, profunda, durísima, poderosa.
Tal vez todos lo conozcan por sus pinturas sobre la guerra, sin embargo su arte se extiende a múltiples técnicas y temas: dibujante excepcional, dejó 500 bocetos y diversos retratos, además de lienzos y acuarelas, que evocan la época renacentista. La mayor parte de su obra se halla expuesta en el Museo de Arte de Stuttgart.
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Hijo de obreros, pero con gran sensibilidad estética, Dix se interesó por la pintura desde la escuela. Estudió y estudió sin parar. Imitó a los renacentistas alemanes, pero también experimentó con el Cubismo, el Futurismo y, más adelante, con el Dadaísmo.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, decidió alistarse como voluntario en el Ejército alemán. Fue asignado en diferentes puestos y regimientos alcanzando el rango de Vizefeldwebel. Esa experiencia lo afectó profundamente: el horror de la guerra ya había calado en él. Entonces lo pintó.
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Canalizó tanto en la pintura que estudió, trabajó, dio clases, organizó círculos intelectuales y participó de corrientes estéticas. En 1927 obtuvo una cátedra en la Academia de Arte de Dresde, sin embargo todo cambiaría cuando el Nazismo llegó al poder. Dix fue uno de los primeros catedráticos de arte en ser destituidos por el régimen. Era un "artista degenerado" y difamaron su obra como un "sabotaje al espíritu militar de las fuerzas armadas".
Confiscaron 260 obras que se hallaban expuestas por toda Alemania que terminaron siendo vendidas o quemadas y en 1938 la Gestapo lo encarceló por dos semanas acusándolo de formar parte del atentado contra Hitler en Múnich. La pesadilla de la Primera Guerra Mundial recrudecía en esta Segunda, más sanguinaria, más ideológica.
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Cuando todo acabó, suspiró con alivio y volvió de lleno al arte, pero en orfandad: no se identificaba con el Realismo Socialista de la República Democrática Alemana, ni con el Arte Abstracto de posguerra de la República Federal Alemana. Sin embargo, de ambos lado del muro lo reconocían, lo admiraban, lo festejaban y lo homenajeaban. Los premios hacia él y su arte proliferaron.
Así fueron sus años finales, hasta el último día, ese 25 de julio de 1969, cuando su cuerpo y su mente dejaron el mundo, pero no su arte.
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