"Pensierosa", de Pettoruti

Hola, ahí.

Siempre tuve con el arte un vínculo amoroso pero algo reticente, siempre respetuoso de los que realmente saben. En estos meses de aislamiento, inesperadamente encontré en las historias de las obras y también en las vidas de los artistas un espacio único de conocimiento y placer, algo que había disfrutado muchísimo en El nervio óptico el gran libro de María Gainza que también podemos llamar novela y que reúne, justamente, la clase de materiales que me interesan: anécdotas de todos los tiempos, objetos únicos, historias de vidas singulares y una primera persona que hilvana todo, a veces más en primer plano, otras directamente desapareciendo de la escena.

Decía que en estas semanas disfruto de ir aprendiendo así, llevada por la curiosidad y el encantamiento y en eso mucho tiene que ver La belleza del día, la sección que inauguramos al comienzo de la pandemia y que nos hace aprender y disfrutar a los que la escribimos y editamos. Por estos días ya dije un par de veces que en mi próxima vida voy a estudiar Historia del arte y el solo hecho de pensar ese absurdo me da felicidad. No es que descrea de mi amor por la literatura, tampoco es que ya lo haya leído todo, pero sí leí mucho y desde hace mucho tiempo. Reconozco, de todos modos, que de mi nueva pasión lo que más me gusta es llegar a textos sobre arte de grandes escritores, quiero decir, gente que sabe sobre arte, que tiene algo para decir, pero que a la vez sabe escribir muy bien.

El año pasado fui invitada a un festival de ideas llamado Jornadas de Pensamiento Contemporáneo, en Rosario. Duró tres días y fue una fiesta por el modo en que los organizadores buscaron darle una vuelta de tuerca a las diferentes actividades que abordaban temas como Amor, Cuerpo, Tiempo, Pantallas o Trabajo. El evento en el que participé giraba alrededor de la idea de Paisajes. Arturo Carrera, el poeta Arturo Carrera, era uno de los invitados a ese mismo evento, en el que también estaban la actriz y directora Paula Marull, el artista Roberto Jacoby y la crítica e investigadora Mónica Bernabé. La coordinación estaba a cargo de Cristian Alarcón, quien con su destreza atrevida tomó el rol de conductor/psicoanalista/líder de grupo.

Se suponía que íbamos a sentarnos en una especie de living para hablar de manera relajada pero profunda de los paisajes, en general, pero de los paisajes en particular, sobre todo. La idea era hablar de nuestros paisajes, exteriores e interiores, y habíamos llevado fotos para ilustrar nuestros relatos. El auditorio estaba lleno, era imposible no sentir nervios, y antes de salir al escenario Cristian nos dio una indicación sorpresiva, no fue un pedido: quiero que salgan haciendo un trencito.Recuerdo nuestras miradas en shock. Tal vez Paula, como actriz, podía naturalizar la indicación. Posiblemente Jacoby, un nombre asociado a la vanguardia, también. Casi en pánico, Arturo Carrera dijo enseguida que no, que de ninguna manera, que él no iba a hacer eso. Estábamos pegados al telón, había que salir, era cuestión de segundos. Ya en la sala se escuchaba Jungla, de La Portuaria, ese temazo que si no te hace bailar es porque estás muerto.

Baila, baila baila hasta salir de tu cuerpo. Danza, danza somos animales en celo.

Y fue entonces que Arturo empezó a moverse, y bailó y salió en primer lugar, abriendo camino a todos los que lo seguimos. Nuestro poeta danzó a la manera de locomotora de un trencito inesperado, puro gozo en sus movimientos y en sus risas. Lo que vino después, ya sin danza, fueron los recuerdos de los paisajes amados. Como contó en este artículo Gabriela Saidon (que días atrás escribió un notón sobre Manuel Belgrano), Carrera habló esa tarde “de puntos luminosos raspando en la oscuridad como metáforas del poema y de su Coronel Pringles natal como el paisaje deseado”.

Me acordé de estas postales en movimiento, de su belleza y de las palabras del poeta anoche, cuando elegí para leer antes de dormir un pequeño libro de Arturo publicado por Mansalva. El título es Anch’io sono pittore! (¡Yo también soy pintor!), una frase que se le atribuye a Correggio, el pintor renacentista. Se dice que la pronunció siendo un niño y fascinado ante un cuadro de Rafael, de visita en el estudio del gran artista junto a su padre. La historia aparece narrada en diversos documentos, y también en La montaña mágica, de Thomas Mann y es una excelente condensación de lo que sentimos cuando ante la belleza del arte nos apropiamos de la experiencia con una especie de entusiasmo infantil, a la manera de un milagro.

Les decía entonces que me dispuse a leer el libro de Carrera y el milagro estaba entre sus páginas, porque no pude soltarlo hasta el final, algo que no me sucede a menudo. Su autor llama a esas páginas “notas” a propósito de la “explosiva admiración” que siente por artistas amigos o cercanos (Alfredo Prior, Marcia SchvartzEduardo StupíaPablo Siquier, Marcaccio, Aguirrezabala, KuitcaCambre), pero son textos que bordan retratos y autorretratos, entre la crítica y la poesía, a la vez que se cruzan con su propia biografía, definitivamente marcada por la muerte de su madre, pintora naïve, cuando él aún no tenía dos años, es decir, cuando él aún no podía comunicarse con palabras. Las pinturas y utensilios de la joven pintora quedaron como huellas de esa vocación y como herencia para ese hijo cuyas primeras preguntas tuvieron que ver con una ausencia, la mayor de las ausencias.

El poeta Arturo Carrera
El poeta Arturo Carrera

”En la habitación donde se casó mi madre y donde agonizó y murió un año y medio después de mi nacimiento, mi abuelo había dispuesto un armario enorme que parecía un confesionario, un altar, no sé, algo de volumen sagrado, como de la cercana iglesia. Debo decir que por ese entonces, entre algunas familias burguesas, era habitual que las hijas se casaran en sus propias casas. Mi madre había salido vestida de blanco, con su larga cola de novia, caminando muy despacio desde su habitación penumbrosa hacia esa otra “restallante” donde habían levantado un altar, con candelabros y flores, mientras un armonio cedido por el cura párroco de la iglesia cercana celebraba de un modo grave y presagioso la llegada a ese altar y la vuelta de los novios transformada en vía y máscara y pasaje y destino”, escribe el poeta.

”Me emocionaba mirar fotos en blanco y negro. Y las novias eran un motivo, digamos, idealmente blanco sobre la oscuridad de mis propios motivos, porque parece ser que a mi madre, que muere poco tiempo después de haberse casado, la sepultaron con su vestido de novia”, escribe después.

El libro cruza, como les decía, gustos, historias leídas, textos críticos sobre las obras de los artistas admirados y también anécdotas, entre ellas, una absolutamente desopilante de la que, pese a conocer a los protagonistas hace muchos años, jamás había escuchado hablar. 

Coronel Pringles es el lugar de nacimiento de Carrera y es, también, el lugar de origen de César Aira. Cuenta Carrera que luego de amar profundamente durante su infancia a Pettoruti, en particular su pintura Pensierosa, su interés fue una flecha al corazón del arte abstracto. Muy amigos con Aira, en una de las charlas de adolescencia alumbraron una idea: Aira pintaría los poemas de Arturo y Arturo haría lo mismo con los de Aira. De ese proyecto salió una muestra de poemas y pinturas que consiguieron montar en la biblioteca Juan Pascual Pringles. Así recuerda Carrera el episodio de “los jóvenes artistas”:

“El día de la inauguración muchas señoras y parroquianos amantes del arte nos visitaron y fue un público que lejos de amedrentarnos con sus comentarios, por momentos adversos, nos acicateó para que siguiéramos en la improbable travesura. Y digo que no nos amedrentó porque incluso imaginamos una nota, en el diario local El Orden, escrita por un experto en artes plásticas. ¿Pero quién, si no nosotros, podía escribir esa nota? César se ofreció a escribirla y la entregamos al día siguiente y salió”.

Para leer el artículo de Aira sobre su propia muestra (“ante un público constantemente preso del estupor o la incomprensión, Aira y Carrera desataron los signos de la comunicación humana”)- y para disfrutar de un texto delicioso y de la mirada prodigiosa de un artista de la palabra les recomiendo que vayan lo antes posible al libro de Carrera, aquí abajo les dejo la tapa. Les aseguro que mucho de lo que van a encontrar allí cotiza alto en estos días en los que nada vale nada.

Me despido hasta la próxima, que terminen muy bien su día.

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