La movilidad social ascendente

En esta región, los Estados han sido con frecuencia más hábiles para cargar presión sobre las clases medias que para expandirlas

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Universidad Nacional de La Matanza
Universidad Nacional de La Matanza

En tiempos de ruido constante, conviene aferrarse a lo evidente. Este asunto lo manejó con elegancia Daniel Hadad al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de La Matanza: la movilidad social es posible, y su forma más virtuosa -la ascendente- tiene un camino casi único: la educación.

No debería hacer falta recordarlo. Pero hace falta. Porque la conversación pública se ha vuelto un mercado de gritos, porque la ansiedad reemplaza a la reflexión y porque las redes sociales, que prometían democratizar la palabra, han terminado por vociferar consignas. En ese clima, lo obvio necesita ser defendido.

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Hadad eligió una imagen doméstica para explicar algo estructural. Su abuelo inmigrante, al abrir la canilla de agua caliente en su barrio porteño, agregaba un poco de fría al final de su baño. No por necesidad térmica, sino por memoria: para no olvidar de dónde venía. La metáfora admite una lectura menos complaciente. No solo se trata de recordar el origen, también aceptar que ningún lugar es definitivo. O que el ascenso no garantiza eternamente la permanencia, algo que en América Latina -el agua caliente- puede enfriarse rápido. Los sudamericanos somos expertos en esto del agua fría retornando en cualquier momento.

En esta región, los Estados han sido con frecuencia más hábiles para cargar presión sobre las clases medias que para expandirlas. Se les exige sostener lo insostenible mientras la asistencia a los más vulnerables, necesaria y justa, se administra (demasiadas veces) sin una arquitectura que conduzca a la autonomía y hasta se detectan movimientos que esclavizan a las gentes en sus clases sociales para tenerlas de rehén electoral. Se distribuye urgencia, pero no siempre futuro, esa es la verdad. Y sin futuro, la movilidad social deja de ser un trayecto para convertirse en un espejismo. Este es uno de los desafíos del presente: los más jóvenes no pueden perder la esperanza de avanzar, la educación sigue siendo la escalera al cielo, por eso insistir en ello es imprescindible o perderemos todos en la aventura de vivir en un territorio anómico.

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Por eso la escena de la primera generación de graduados en la Universidad de La Matanza importa delante de buena parte de la élite diversa de decisores de la Argentina. Porque es ahí donde ocurre la verdadera revolución: la silenciosa, la que no rompe vidrieras ni enciende barricadas, la que no necesita épica de consignas sino persistencia. Cada título obtenido en ese contexto no es un papel: es una frontera que se corre. Un apellido que cambia de lugar en la historia. Sí, es un lugar común, pero esa es la verdadera revolución, todas las demás solo dejan sangre, épica, proclamas, pero los pueblos no cambian su destino sino con educación. Todo lo demás es una farsa y sería hora que lo repitiéramos a tambor batiente. Nos cuesta decirnos la verdad en una época en que se esconde todo por temor a ofender o desmerecer. Sin educación no hay destino. Es todo o nada. Y esto es en lo que hay que insistir si es que queremos un presente mejor, le guste a quien le guste, y le moleste a quien le moleste.

Pero el ascenso no es instantáneo ni amable. Requiere tiempo, y el tiempo hoy es el recurso más despreciado. La cultura de la inmediatez ha erosionado la idea de proceso. Sin embargo, la vieja regla sigue vigente: nadie llega sin esfuerzo. Y aun llegando, nada es definitivo. La cima -si existe tal cosa- es apenas una estación transitoria. El verdadero juego, como insinuó Hadad, es íntimo: una disputa constante contra la propia inercia. Pero se juega en colectivo, porque ninguna biografía asciende en el vacío. Siempre estamos en equipos, siempre.

El problema es que los clásicos sistemas de referencia se han desdibujado. Las religiones ya no monopolizan la moral; la política ha extraviado, en demasiados casos, la autoridad ética; la prensa dejó de ser altar para convertirse en un terreno fragmentado donde la credibilidad compite con el espectáculo. En ese vacío, los teléfonos móviles se han vuelto no solo herramientas, sino espacios de socialización y formación de valores. Allí se aprende, se discute, se imita. El tiempo en pantalla compite con los hijos. El tiempo en pantalla es marital. El tiempo en pantalla lo puede casi todo.

Y en ese ecosistema, un video de Bad Bunny compite -y suele ganar- frente al de un carpintero que transforma el lapacho en arte emprendedor. No es una crítica al fenómeno cultural, es una constatación: los modelos de aspiración han cambiado. La visibilidad se confunde con el mérito, la viralidad con el valor.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿Dónde se esconde hoy la movilidad social ascendente? ¿Cuáles son sus códigos, sus atajos reales, sus trampas?

Tal vez la respuesta sea incómoda porque es antigua. No hay secreto nuevo. La educación sigue siendo el único ascensor que no depende del azar. Todo lo demás -la fama, la fortuna súbita, el algoritmo- es escalera mecánica: puede subir, pero también se detiene sin aviso.

La movilidad social no es un relato inspirador, es infraestructura moral y material que se construye o se pierde. Y cuando se pierde, no hay épica alguna que la reemplace.

El abuelo de Hadad mezclaba el agua para recordar. Quizás hoy haga falta algo más: no solo recordar de dónde venimos, sino decidir, con cierta terquedad, hacia dónde queremos ir. Porque el verdadero riesgo no es volver al agua fría. Es acostumbrarse a ella.

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