
La vida de James McNeill Whistler empieza en 1834. En la ciudad de Lowell, al noreste de los Estados Unidos, Anna Matilda McNeill da luz a su primer hijo. Luego vendrían cuatro más, pero dos morirían jóvenes. Algo en esas pérdidas hizo que Anna adorara al pequeño James. No sólo lo protegía y lo amparaba, también lo entendía. Había una conexión especial entre ellos.
De chico Whistler empezó a pintar pero hubo un cambio de paisaje que potenció su mirada artística. Tenía ocho años cuando se mudaron a San Petersburgo, en el Imperio ruso, porque su padre, que era ingeniero, consiguió un importante trabajo en el ferrocarril. Esa ciudad despertó algo en su sensibilidad. Su madre lo sabía, entonces lo matriculó en la Academia Imperial de las Artes. Desde entonces jamás dejó de estudiar pintura. Era una pasión, también una necesidad. Una forma de observar el mundo, tal vez.
Al poco tiempo murió su padre y decidieron irse, él y su madre, a Londres. Vivieron allí algo más de un año y volvieron a Estados Unidos. Ya más grande, todo un adulto y un artista de proyección, decidió volver al viejo continente. Cruzó el Atlántico y se instaló en Londres, aunque también vivió en Francia. Tenía dinero y muchos amigos artistas. James se volvió un dandy, un bohemio, un noctámbulo.
Su madre, que había quedado en Estados Unidos, se sentía sola. Él lo nota -había una conexión especial entre ellos- y le pide que viaje a Londres. Volvieron a vivir juntos. Anna estaba sorprendida por el “extravagante estilo de vida bohemio” de su hijo. Sin embargo, ella lo toleró, lo aceptó, e incluso se hizo amiga de algunos de sus amigos.
Pero James no era un “mimado”. Para nada. Su personalidad era extrovertida. Todos le reconocían su agudo ingenio, por ejemplo Oscar Wilde. Tal es así que el escritor irlandés usaba algunas frases de su amigo en sus obras. Hay una anécdota que lo explica mejor. En una cena, el pintor le hace un comentario muy incisivo, a lo que Wilde le dice con admiración: “Me gustaría haberlo dicho yo”. Y Whistler le responde “¡Lo harás, Oscar, lo harás!”, sabiendo que tarde o temprano ese comentario sería dicho por alguno de sus personajes.
Un día de 1871, James le dice a su madre: quiero retratarte. Ella se sentó y posó con toda la paciencia que su hijo necesitaba. Hay amor en esa pintura, hay cariño y admiración en esos trazos. Por su tratamiento en colores, tituló la obra Arreglo en gris y negro n.º 1, sin embargo hoy se la conoce como La madre de Whistler. Es un óleo sobre lienzo exquisito que se exhibe en el Museo de Orsay de París. Es, además, un cuadro modelo en cuanto a la forma en que se utilizan los grises y en las técnicas del retrato. También es el regalo de un hijo a una madre.
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