
Si hay algo que me enseñó el autismo es que las cosas no son como yo quiero, son como yo puedo. Que si me encapricho y sólo pienso en mí y no en el otro, no voy a poder sobrevivirlo. Me enseñó que el mundo cambió para siempre y que son más las veces en las que no podés elegir los términos del juego que las que sí.
Que hay tiempos, espacios, objetos, acciones, pensamientos, planes y suposiciones que quisiéramos que fuesen de una manera y resultaron ser de otra.
Que hay que joderse. A veces incluso para nuestro bien.
Que nada se aprende de la noche a la mañana y hay cosas que no se aprenden nunca. Que a veces no hay soluciones definitivas, sino paliativos.
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Que sin paciencia no llegás a ningún lado pero por momentos podés perderla y está bien, si no tendrías grandes chances de enloquecer.
Que llorar, gritar, desencajarse, sentirse perdido, fuera de lugar, fuera de tiempo, irreal, vulnerable, solo, desvalido es absolutamente imprescindible. Y también tener los sentimientos opuestos.
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El autismo de Lautaro me enseñó a escribir, a decir demasiadas cosas y también a editarme a mí misma. A que necesito gente cerca para que mis emociones y mi vida sean más llevaderas. Que dependo de otros como otros dependen de mí.
Que las buenas decisiones individuales pueden impactar en todos, en todo, para siempre.

Que nadie te anticipa la jugada de cartas. Que a veces algunas cartas están marcadas. Que tal vez sea por culpa del destino, por culpa de los que hacen trampa o porque simplemente sucedió.
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El autismo me hizo sentir masiva y pequeña a la vez. Sacó de mí algunas cosas buenas y todas las malas. Me las puso enfrente y me advirtió que ahora hay que hacer todo de otro modo: que el mundo que conocía ya no existe y que lo mejor que puedo hacer es no tener expectativas pero sí esperanza.
¿Valen los clichés que aseguran que uno sale fortalecido de las desgracias?
A mí no me sale decir fortalecida, pero sí sobreadaptada.
Y un sobreadaptado sufre pero también rompe el cascarón, se vuelve más astuto, se torna más cuidadoso. Adquiere la extraña capacidad de entender los dolores aunque le sean ajenos. Empatiza más de lo que le conviene. Se cuida para cuidar.
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Un sobreadaptado pide ayuda porque ya ni siquiera le da vergüenza hacerlo. Dice que no da más. Un sobreadaptado camina mirando para atrás porque sabe que nadie tiene las garantías compradas.
Fue alguien que una vez creyó que estaba de vuelta y le dieron flor de tortazo. El autismo te ubica en tiempo, forma y espacio.
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El autismo te explica sin palabras que no sabe si todo va a estar bien, pero que si tenemos suerte vamos a poder ser felices otra vez. Algún día.
Te relajás, acatás, te cuidás y cuidás. Fin. No hay más recetas. No hay otra. Se cortó la cuerda.
Bueno, ahora cambien la palabra autismo por pandemia.
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