
Con diversos actos de difusión de su vida y su obra se están celebrando en Perú, en Argentina y en muchos otros países del mundo los 100 años del nacimiento de Chabuca Granda, una de las más importantes exponentes de la canción latinoamericana de raíz folclórica, quien dejara un frondoso legado con temas emblemáticos como “Fina estampa”, “José Antonio”, “Bello durmiente”, “El puente de los suspiros”, “El surco”, “Zeñó Manué” y “Cardo o ceniza”, entre muchos otros. No obstante La Flor de la canela es su más famosa canción, una especie de himno para el pueblo peruano. A punto tal que, para la inauguración de los Juegos Panamericanos de Lima de 2019, fue una de las elegidas para ser interpretada por el tenor Juan Diego Flórez, a la vez que imágenes de la cantautora eran proyectadas en las montañas, testigos de su origen.
María Isabel Granda nació en 1920 en el asentamiento de la mina Cotabambas Auraria, a 4.800 metros de altura. A su padre, el ingeniero limeño Eduardo Granda, lo trasladaron a ese recóndito paraje del departamento de Apurímac recién casado con la trujillana Isabel Larco. Se habían conocido en un barco, en el cual la joven Isabel viajaba hacia Buenos Aires.
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Al tiempo de arribar al asentamiento nació Eduardo, el primer hijo. La alegría de su llegada no duró demasiado: el niño murió antes de cumplir un mes, víctima de una afección renal. Un 3 de septiembre, al año de tal infortunio, vino al mundo Chabuca. La tragedia, sin embargo, parecía ensañarse con los Granda: esa misma semana, ante la desesperación de los cónyuges, un sorpresivo y voraz incendio destrozó su casa. Un servidor de la familia fue quien sacó a la beba de entre las llamas.
Sus padres, profundamente creyentes, se encomendaron a dios para que la vida de la pequeña transcurriese de forma normal, sin nuevos sobresaltos. Con las dificultades de traslado que había en la época, viajaron a Lima con un único propósito: bautizarla. “No era bien mirada la gente que nacía en la sierra (…). Mis padres me bautizaron en la capital, un poco para ocultar mi nacimiento en la montaña. Sin embargo, con los años, no puedo dejar de agradecerles mi lugar de nacimiento”. Chabuca fue tomando conciencia de su orígen andino. “Nací tan alto que me lavaba la cara con las estrellas”, solía comentar risueña.
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Así Chabuquita fue creciendo. Los pobladores del lugar la reconocían por sus cachetes rojizos, curtidos por el frío. Cantaba en quechua, moviéndose al ritmo de los huaynos que las criadas le enseñaban. Aquellos inicios vinculados a la cultura chanca no tuvieron, sin embargo, mayor impacto en su creatividad. Salvo en algunas referencias como la que hace en “El dueño ausente”, un bellísimo vals que refiere a un trance que le toca atravesar a la cocinera de su casa limeña, una paisana de “sus” alturas, quien se había quedado en la gran ciudad tras la infructuosa búsqueda de su esposo. El hombre había abandonado su pago para hacer el servicio militar. Cuando Chabuca le comentó a Aurelia que se había inspirado en ella para componer la canción, su actitud fue escucharla, luego irse a la cocina y ponerse a silbar, señal clara de de la nostalgia del serrano. “Paisana de mis alturas, ingenua niña serrana, / la de mejillas de rosa / y largas trenzas endrinas. / De tu techo colorado / engastado a tus montañas, / ¿qué ilusiones te arrancaron bajando, / de esa tu altiva montaña? / Tu dueño sirve a la Patria / y te dejó a tu cuidado / su maicito y los trigales / y la quinua ya sembrada / en su tierrita escondida/ al fondo de una quebrada”.
A raíz de las inclemencias climáticas, y poco antes de que Chabuca ingresar al preescolar, los Granda decidieron mudarse a Lima. Primero al centro y casi enseguida al distrito de Barranco. Sin sospecharlo, este sería el ambiente donde tomaría gran parte de su inspiración. Conoció, entre otros, a Carlos Saco Herrera (destacado compositor e intérprete de la música peruana), quien le despertó un especial interés por los ritmos vernáculos. Mientras que la calma del Barranco de entonces, el suave murmullo de las olas del mar, el puente (hoy un ícono, por su canción), las pintorescas casas y calles y las escalinatas le regalaron la visión poética que emerge en todas sus letras. A los 12 años, la familia regresó a la capital. Fue un cambio que le chocó. Nunca olvidó las horas de Barranco. Volvió siempre.
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Ya en la etapa del secundario se percibía su pasión por la música, sus inclinaciones artísticas. Formó un dúo y luego un trío con el que interpretaban canciones mexicanas, muy de moda en la época.
En los albores de los 40 se casó con el aviador brasileño Enrique Fuller da Costa, y se fueron a vivir a Washington D.C. Por un par de años dejó a un lado la música. Al regresar al Perú volvió de manera gradual a vincularse a ella, mientras criaba a sus tres hijos: Eduardo, Carlos y Teresa
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Desde siempre Chabuca había sido intérprete. Su voz no era de las mejores. Lo sabía. “Yo no tengo una voz brillante, canto muy mal, pero me escucha la gente porque yo les digo las canciones aun desafinando, intento que me crean, y esto es lo mejor para mí”. Según su pensamiento, era responsabilidad del cantor generar la atención y comprensión del público. Por eso, consideraba la voz apenas como una herramienta mas -no la primordial- para lograr la “complicidad” de sus seguidores
Recién orillando los treinta años, el “virus” de la composición y de la música peruana se instalaron en su cuerpo, en su alma. Pasaba horas meditando sobre lo que podía hacer, tarareaba las melodías que se le iban ocurriendo aunque claro, al no saber música y no dejar registrados esos tarareos, al rato varias quedaban en el olvido. “Con el tiempo me dí cuenta que eran juglaría, únicamente... Por más que es precioso que la gente quiera amar a la manera del letrista, decidí dejar el amor para los poetas. Yo soy letrista, a pesar de que tengo algunas ideas poéticas. Vivo y siento como un poeta, pero sé que no soy uno de ellos. El poeta tiene la sorpresa del ingenio.”
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Sin embargo, a pesar de sus dichos, de su pluma surgieron textos como Ese arar en el mar, que tiene vuelo propio, que se sostiene inclusive por fuera de la caparazón de la melodía. “Cuando ya se me olvide habré olvidado, / viviré adormecida, liberada; / no ansiaré la respuesta / pues no habré preguntado, / no habré de perdonar / ni habré ofendido./ Extrañaré la rumia de mis sueños / y la dulce molienda y la esperanza, / ese constante hacer un alguien de algo, / ese afán de castillos/ en el aire. / Ese arar en el mar de los ensueños, / ese eterno soñar... la adolescencia”.
Recién a los 40 cantó por primera vez en forma profesional ante el público. “Hasta este entonces yo creaba canciones para mí; las entonaba porque me horrorizaba y me daba vergüenza que se cantara, por ejemplo: ‘Ven, que necesito verte.../ ¡Ay! Desesperadamente’.”
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En los albores de la década del 50, casi 9 años antes de su debut como cantante profesional, Chabuca compuso “La flor de la canela”. “Esta canción me hizo popular. He dicho siempre que seré popular pero no importante. La importante es Victoria Angulo, distinguida señora de raza negra, por quien me inspiré y a quien dediqué ‘La flor de la canela’”.

Un día de 1951 doña Victoria visitó sorpresivamente a Chabuca. Esta, que lejos estaba de vivir de su arte, trabajaba en la Botica francesa, el Jirón de la Unión, en el centro de Lima. La mujer, que vivía en el distrito del Rímac, lejos de allí, se despidió y le dijo: “Adiós, niña, me voy a pie hasta mi casa”. En ese instante, a Chabuca le surgieron las imágenes de su andar lento y elegante “por la vereda que se estremece”, “del Puente a la Alameda”. “Victoria Angulo -por quien Lima tendría que alfombrarse para que ella paseara de nuevo- fue una guardiana exquisita de nuestras buenas costumbres y tradiciones. Necesariamente debemos reconocerla como nuestra mejor embajadora ante el mundo”.
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El libro Antología poética. Signo e imagen, que editó el Banco de Crédito del Perú, recoge esas palabras de la artista. Cuando percibió las primeras figuras que dieron origen a la canción, vislumbró -al contemplar a aquella lavandera que con 58 años de edad ya peinaba canas- el verso “jazmines en el pelo”. Y fue cuando apreció el rubor que emanaba de sus mejillas morenas que pergeñó otra de las figuras: “y rosas en la cara”. Todas estas imágenes le quedaron flotando. En la quietud de la noche compuso la mayor parte de la canción. Pero recién un año después le pudo dar el toque final. En plena tertulia en casa de un amigo, Chabuca salió al balcón y con los brazos extendidos, mirando al cielo exclamó: “¡Déjame que te cuente limeño!...” Hizo un breve silencio: “Esa... -dijo-, esa es la frase que le faltaba a mi vals...”.
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