
“En Fuera de cuadro nos interpela una sola voz, sensible y algo esquiva, que a menudo se enfrenta a la sordidez con suma delicadeza”. Luisa Valenzuela.
Soy parte de una familia judía y religiosa que me marcó con sus historias de exilios y holocaustos. Mi primer idioma fue el húngaro, y aprendí tarde a hablar el castellano de la mano de mis niñeras, por lo que el lenguaje es un territorio que siempre me intrigó. Aunque provengo del cine y mi mirada es muchas veces cinematográfica, mi patrón es siempre la música, tanto en el cine como en la literatura. El sonido de las palabras, lo no verbal. Como en la partitura de una orquesta, me gusta que haya diversas capas musicales creando distintos sentidos. La cámara puede ver muchas cosas, pero no el dolor. Eso se adivina mejor en la lengua.
Fuera de cuadro, mi primera novela, no es una biografía. En mis recuerdos, el pasado no es un dato objetivo, es algo incomprobable. La memoria se construye.
Hay una búsqueda de la escena dramática, de los climas peculiares, de las atmósferas. En fin: de lo literario. Como dice Vivi Tellas, se trata de buscar el peligro en cada escena. Es una forma lúdica de trabajar la propia historia y de tomarse un poco en broma la idea de la personalidad. Aunque el protagonista y el autor tengan el mismo nombre, hay una buena distancia con el yo.
Escribo ficción desde hace muchos años, pero nunca imaginé usar mi historia en mis textos. Fue Mónica Sifrim, la editora de Cienvolando, quien descubrió en ellos esta novela, y fue quien la publicó.

No fue mi intención hacer una pintura de la cultura judía. Tampoco tenía claro su peso en mi obra. Los rituales, la comida, el dinero, el entierro de los muertos, aparecen como telón de fondo, en la periferia. Y se vuelve evidente en el relato la pasión por develar los secretos ocultos en mi familia: los parientes muertos de mi padre. Como dice Inés Fernández Moreno, el contexto completa el sentido de cada escena: el horror silenciado del holocausto. “De ese vacío innombrable se ocupa este libro. Si no hay cuerpo no hay tristeza. Un horror que también nos es familiar a los argentinos”.
Fernando Garriga dice que Fuera de cuadro habla también de la vigencia de los holocaustos y de su posibilidad actualizada. “Porque hoy no estamos exentos.-dice-. Familias enteras viviendo a la intemperie en calles hostiles, gente mayor. Nuestra indiferencia cree ponernos a salvo de ciertas cosas. Nos tapamos los ojos. Eso leo en el libro aunque no está dicho.”
Y sin embargo creo que hay humor hasta en los momentos más siniestros. Es una parte importante de mi escritura: humor judío, humor húngaro. Sin eso el libro sería indigesto. Es la voz de mi madre la que narra, traída desde el país de los muertos, quien en mi infancia contaba las más disparatadas y temerarias anécdotas con un humor ácido, hasta poco edificante.
Y entonces, el asombro. La publicación de la novela me devolvió una mirada imprevista de mi libro. La lectura de los otros crea una nueva obra, la desprende de nosotros, circula autónoma, encuentra otras interpretaciones. Otra vez Garriga: “es algo así como mirar el cielo y decir: mirá, ahí esta Orión”.
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