
Treinta y dos países en cuatro continentes, un viaje de 3 años, dos ilustradores, miles de niños, dibujos, experiencias. Y un libro: Pequeños grandes mundos, la vida en dibujos. Iván Kerner (Ivanke) y Mey Clerici emprendieron una travesía que surcó mares, unió montañas con llanos, grandes metrópolis con pueblos perdidos, con un solo motor, el del amor por el dibujo, la pasión de unir a través del arte.
Y toda esa experiencia puede disfrutarse en esta publicación de Sudamericana, que cuenta con las preciosas fotografías de Sofía Nicolini Llosa (imágenes que merecen su propio libro) y que recorre pasito a pasito las aventuras de dos argentinos que desafiaron climas, biotopos e idiomas y que se lograron comunicarse a través del lenguaje universal de la ilustración.
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El proyecto nació en 2013 de la mano de Ivanke, quien entonces era profesor en la cátedra de ilustración en la carrera de diseño gráfico en la UBA y daba talleres arte a niños y niñas en diferentes espacios. Un día -relatan- “medio de la nada”, la idea surgió como una revelación: dar la vuelta al mundo dando talleres de arte gratuitos.
No tardó ni un día en comenzar con los preparativos: ver cómo lo haría, a dónde iba a ir, pensar cómo conseguir el dinero para financiarlo, contar el proyecto para que surgieran contactos en diferentes partes del mundo.
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“Esa construcción, bastante colectiva, duró aproximadamente un año. Fue un año de mucho trabajo de gestión y organización, también hubo un financiamiento colectivo, donde ofrecía cuadros, postales, talleres, para poder juntar dinero”.
Entre lo recaudado y ahorros personales, Ivanke comenzó la travesía en marzo de 2014 por el norte de Argentina, para después ir subiendo por Latinoamérica: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Guatemala, México, Cuba.
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Hasta entonces, Mey seguía con mucha curiosidad las peripecias de su colega, a quien había conocido por haber trabajado juntos en un proyecto para el canal infantil Paka Paka. “Cuando estaba en México, empezamos a hablar mucho a la distancia, a mi me interesaba lo que estaba haciendo y me contaba cosas, y esas charlas mutaron a charlas amorosas y terminamos poniéndonos de novios a la distancia”, recordó. Se reunieron en China y a partir de allí no se separaron y juntos recorrieron Asia, África y Europa, donde cuando tenían algo de tiempo libre realizaban “algunos trabajos de ilustración para poder conseguir algo de dinero”, aunque estaban abocados a Pequeños Grandes Mundos.

Historias de viajes hay infinidad (quizá hoy más que nunca). Desde los antiguos griegos para adelante, miles han descrito descubrimientos y relatado historias de lugares que, por desconocidos, les parecían asombrosos. Mucho más acá en el tiempo, viajar se convirtió en un plan de disfrute turístico, de y fotos del estilo “yo estuve aquí” para compartir en una red social. Pero en general, los viajes tienen un costado egocéntrico, la experiencia debe ser personal, el espacio es en ese sentido el complemento del viajante y no lo más importante, y mucho menos las personas que viven en esos lugares. Son pocos, muy pocos, los casos que toman el viaje como una experiencia social, de intercambio, de enriquecimiento.
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Mey e Ivanke recorrieron escuelas, orfanatos, comedores, centros culturales, bibliotecas, organizaron talleres en plazas y otros espacios públicos, proyectaron películas, y unieron a niños de diferentes partes del mundo a partir del dibujo. Muchos de estos espacios eran de difícil o dificilísimo acceso.
“La idea siempre era tratar de proponer talleres a los que los chicos no podían acceder. Cuando regresamos del viaje, hicimos Pequeños Grandes Mundos en Argentina. Fue durante el 2017 y 2018, y decidimos hacerlo específicamente en escuelas rurales del país, y en ese caso elegimos escuelas de difícil acceso porque generalmente son las escuelas que no tienen plástica. Son escuelas chiquititas, con personal único, tienen a su maestra o a un maestro todos los días y no tienen materias especiales. Entonces la idea era ir a esas escuelas donde los chicos no tenían acceso a actividades artísticas y que las pudieran aprovechar”.
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Y agregaron: “Teníamos siempre encima un proyector a batería y hacíamos muchas proyecciones en mercados, en las casas, en las escuelas. Y muchas veces organizábamos proyecciones de dibujitos, pero lo que más disfrutábamos era mostrarles videos de chicos de otro lados, para que ellos conocieran y vieran qué les pasaba con eso, si había algo que les sorprendía, si había algo que lo veían parecido a ellos. Siempre que se podía, y si alguien podía ayudarnos con la traducción, generaba mucho la conversación. ‘¿Por qué los chicos de Etiopía están desnudos?’ o ‘¿por qué en Japón comen con palitos?’, ‘¿por qué en Tailandia dejan los zapatos afuera?’ De alguna manera, sentíamos que ayudábamos a achicar las distancias de un mundo que es muy grande, pero a la vez muy pequeño”.
¿Qué encontraron en común entre los niños que conocieron?: “Nos sorprendió mucho ver la cantidad de juegos que se repiten alrededor del mundo. Recuerdo un pueblito en Etiopía, al norte, en donde con la ayuda de un chico que hablaba un poco de inglés nos cuentan que nos querían enseñar un juego típico de ellos y era el huevo podrido. Lo mismo sucede con el piedra, papel o tijera, con la mancha y la escondida. Nos causaba mucho placer contarles a los chicos que ya habíamos conocido ese juego en otra parte del mundo y se sorprendían muchísimo”.
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Hoy, Mey e Ivanke guardaron las maletas por un tiempo. Entre tanto camino recorrido encontraron su hogar en Traslasierra, Córdoba, donde además dieron la bienvenida a su hijo, Camilo.
Pequeños Grandes Mundos es más que un libro de experiencias pleno de sentimientos y colores, como toda gran idea que no se puede detener se convirtió en algo más: una organización que no descansa en su tarea.
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“Pequeños Grandes Mundos tiene el fin de generar talleres y espacios de expresión artística en diferentes contextos, pero también tiene un segundo objetivo tan importante como primero, que es poder contar luego todas esas cosas que vamos conociendo y aprendiendo, que los chicos dicen con sus dibujos y sus palabras. El objetivo es, humildemente, intentar achicar las brechas entre unos y otros. Por eso escribimos el libro, teníamos muchas cosas para contar, muchos dibujos y fotos para mostrar. Y sobre todo, mucho para compartir”.
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