Hace unos años, en uno de los puestos más cochambrosos del Rastro (atendido por un viejo expresidiario que respondía entre nosotros al nombre de “El Pederasta”), aparecieron unas cuantas postales y cartas dirigidas al escritor y editor Fernando Baeza, hijo de Ricardo Baeza. Entre ellas una de Eduardo Blanco Amor, que compró Juan Manuel Bonet. Es una postal de los años sesenta y en ella el escritor gallego se queja del ambiente que ha encontrado en España, a donde había regresado de Buenos Aires en 1966. Todo se le hace pequeño aquí, le cuenta a su amigo, y le anuncia que, tras arreglar unos asuntos, se sacudirá el polvo de las sandalias y saldrá de España, harto de la vida mezquina que se tropieza a todas horas. Se refiere sin duda, entre otros que desconozco, a los sinsabores que le trajo su novela Los miedos, presentada a un premio Nadal que le dejó de finalista en 1961. El escritor José María Castroviejo, carlista, también gallego, colaborador de Cunqueiro y autor él mismo de un libro precioso, El pálido visitante, la denunció ante las autoridades por pornográfica, y eso le ocasionó a Blanco Amor problemas con la censura (y el azar, un tanto sarcástico, quiso que los libros de uno y otro, antes de conocer esta historia, estuvieran juntos en mi biblioteca). Estos problemas a los que me refiero, los había tenido otras veces antes Blanco Amor, pero para entonces, cerca ya de sus setenta años, se ve que estaba cansado. Tenía razones para estarlo, si repasamos su vida.

Había nacido en Orense, en el año 1897 (se quitaba tres; le hacía ilusión decir que él había “nacido con el siglo”). Su padre, barbero, abandonó por otra mujer a él, a sus dos hermanos y a su madre, florista en el mercado, cuando Eduardo tenía siete años. Al protagonista de La catedral y el niño también le abandona el suyo (y lo saca como un tarambana). Esta novela, como otras de las llamadas novelas de formación, es la historia de un abandono y el relato de la supervivencia. “Mi niñez fue triste, muy triste, en un pueblo triste: Orense”.

Como tantos gallegos (y para no entrar en quintas), muy joven aún, en 1916, emigró a Buenos Aires, donde se fue abriendo camino poco a poco hasta desembocar en el mundo del periodismo, que ya conocía de antes.

Regresó a España en 1929, hasta el 31, como corresponsal de La Nación, que lo volvió a enviar a Madrid en 1933, esta vez para dos años, hasta pocos meses antes del estallido de la guerra civil, en 1936. Si el primer viaje le permitió conocer y colaborar con los próceres galleguistas, empezando por su paisano Vicente Risco, y siguiendo por Otero Pedrayo y Castelao, del que llegará a escribir un ensayo y en cuya revista Nós empezó a colaborar entonces, la segunda estancia le permitió trabar amistades fundamentales en su vida, como la que mantuvo con García Lorca, a quien animó a escribir los seis poemas gallegos, dedicados a un muchacho gallego de La Barraca, que prologó, y de cuya edición se ocupó el propio Blanco Amor.

La guerra le sorprendió en Buenos Aires, y se puso de inmediato a las órdenes de las autoridades consulares republicanas, que lo emplearon en diversos trabajos de agitación y propaganda. Pese a ello, y a diferencia de otros gallegos que llegarían al poco tiempo, Blanco Amor, o su amigo el pintor Luis Seoane, emigrante y tan netamente republicano como él, siguieron teniendo más la consideración de emigrantes que la de exiliados. En cierta ocasión se definió como un “emigrante de tercera y autodidacta”. Pero no había duda: “Yo me siento rojo hasta las cachas”, dirá en 1977.

En el tiempo del exilio Blanco Amor se sumó al grupo de exiliados gallegos de Carlos Maside y Rafael Dieste. La labor editorial que hicieron allí fue extraordinaria, las colecciones poéticas (Dorna, A Terra) y las revistas que trataban de mantener unida a la emigración (dirigió Céltiga y Galicia, esta con cubiertas espectaculares de Seoane) son un hito en el trabajo misionero que ejercieron entre el elemento emigrado (Buenos Aires: 400.000 gallegos, más que ninguna ciudad gallega), al modo del que Dieste había realizado con las Misiones Pedagógicas. Todas estas publicaciones tienen un aire secreto, de otro mundo, tranquilo y silencioso, como suele ser habitual en los gallegos.

Cuando Blanco Amor regresó a España en 1966 tenía casi setenta años. Ya había tenido lugar el episodio de Los miedos. No sé de dónde se ha sacado la gente (en internet lo repiten muchos) que le dieron el Premio Nacional de Literatura por esa novela. No. La postal del Rastro no es la que escribe un hombre al que agasajan y respetan, sino la de alguien que ha llegado a la vejez y se encuentra solo, sin tener dónde ir.

Blanco Amor sobrevivió esos años del tardofranquismo como pudo, modestamente, llevando una vida descolorida, viviendo de sus colaboraciones periodísticas y una pensión mísera que se había traído de Argentina que lo tuvo al borde de la desnutrición (lo remedió la Fundación Barrié de la Maza en 1976 con otra vitalicia y decorosa), aunque algunas de sus obras, como La parranda, habían tenido un gran éxito (Gonzalo Suárez la llevaría al cine en 1977). El propio Blanco Amor, y muchos estudiosos, hicieron responsables de aquella vida difícil al Régimen, lo que seguramente era cierto, pero también lo es que el Régimen no hizo mucho más por escritores “suyos” como Cunqueiro, Torrente Ballester, Otero Pedrayo, Eugenio Montes o el gran Vicente Risco. Las vidas de todos ellos eran poco más o menos igual de grises y de arrastradas y número de libros vendidos allá se andaban los de unos y otros, los ganadores y los perdedores de la guerra. Ha dicho uno otras veces que los escritores que ganaron la guerra perdieron los manuales de literatura. Eso rige para el resto de España. En Galicia en esos años en asuntos literarios no ganó nadie.

La muerte de Franco prendió en Blanco Amor la ilusión de la regeneración civil y aún se le pudo ver en algún mitin, acompañado de Rafael Alberti (otro de los amigos bonaerenses), denunciando el caciquismo. Empezó a publicar artículos en El País. Los recuerdo. Tenían todos unas gotas de humor galaico, pero eran también los de un hombre, como los de Cunqueiro, que va de retirada. Murieron casi a la vez, con un año de diferencia. En el primero de aquellos artículos Blanco Amor denunciaba precisamente el caciquismo gallego de siempre, encastado con el falangismo que había sufrido España aquellos últimos cuarenta años.

Murió de un ataque cardiaco en 1979, a la edad de ochentaidós años, y la necrológica de su propio periódico está llena de errores biográficos y bibliográficos y confusiones de bulto, lo que nos indica que era un hombre del que incluso en vida suya se sabía poco (y del que acaso se tenía también poco interés en saber más). Las necrológicas de otros periódicos, buscadas ahora en internet, no son más fiables. En ninguna de esas notas biográficas, como tampoco en Wikipedia, aparece su condición homosexual (“sexos intermedios”, dijo alguna vez, con su sentido del humor), pero ese dato acaso ayude a comprender la hiperestesia y orfandad del protagonista de La catedral y el niño, criado y educado entre mujeres, cercanas a Proust o, entre nosotros, a Juan Gil-Albert. Digamos, por último, que Blanco Amor escribió en gallego y en castellano, dependiendo no sé de qué (él tampoco lo aclaró mucho). Algunas de sus obras las tradujo él mismo del gallego al castellano, como A esmorga (La parranda).

Vayamos ya a la novela. En un artículo que rememoraba unas largas vacaciones en Montevideo, “mis días más entrañables y ‘logrados’", añadía: “escribí allí casi toda mi poesía, cinco libros, en las dos lenguas que maltrato. Y allí también fue mi estreno en la novela: La catedral y el niño, ahora aquí reeditada, con sus casi cuatrocientas páginas para que la cantidad supliese a la calidad”.

Era el tono de su autor. Años antes, en el prólogo a la tercera edición, primera española, de 1977 (la primera fue, en Buenos Aires, en 1948; hoy una rareza bibliográfica), escribió: “Lo que voy a poner aquí no es para que se me perdone el haber escrito semejante mamotreto”.

Cualquiera podrá descubrir en ese “las lenguas que maltrato” y en eso de que “la cantidad supliese a la calidad” y en lo de “mamotreto” un par de rasgos de la personalidad de Blanco Amor como persona y como escritor. Desde luego el humor, o si se quiere decir en gallego, la retranca. Pero también la orfandad de alguien que no está seguro de nada, de alguien que se ve a sí mismo de paso incluso en las lenguas que habla y en las novelas que escribe. Alguien que sale a escena pidiendo la benevolencia de los lectores.

En el prólogo aludido cuenta la génesis de esta novela. Le ofrecen a su autor en Buenos Aires un banquete a finales de los años cuarenta. Asisten a él casi mil personas, entre ellas muchos de la emigración y otros del exilio, entre estos los Alberti, los Casona, el doctor del Río Hortega, Margarita Xirgu, Seoane y Dieste, y acaso “el querido gran poeta y amigo Juan Gil-Albert”. No lo recuerda bien. Al responder en su discurso a Alejandro Casona, maestro de ceremonias, Blanco Amor rememora escenas y recuerdos de su niñez provinciana en la siempre soñada y añorada Orense (“siempre tuve la maleta debajo de la cama, para el regreso”). Encandila a los oyentes.

Al día siguiente del banquete Casona le anima a que pase a novela todo aquello.

Blanco Amor no había escrito nunca una novela, tenía cincuenta años y no sabía cómo hacerla. Sabía contar historias (Blanco Amor, como tantos gallegos, Cunqueiro, Torrente, Carlos Casares, tuvo el don de saber contar de viva voz), pero jamás las había escrito. Casona le anima: “Ayer lo dijiste: una catedral como juguete indestructible y enigmático”.

Empezó a escribirla y lo hizo durante tres años, en Uruguay. Se fueron sucediendo las estampas, amontonándose los recuerdos. Habla Blanco Amor de “documento”. La novela tiene mucho de ello. Y para evitar falsas atribuciones, asegura que no es autobiográfica exactamente, que él narrando es el niño, el padre, la madre, las tías. Ya. Cambió, desde luego, el ambiente: la familia de la novela, aunque venida a menos, es linajuda, al contrario que la suya. Es una de las cosas que le deben muchos a Proust (Gil-Albert, por ejemplo): redimirse de su pasado por otro hecho a medida de sus ensoñaciones aristocráticas.

La catedral y el niño es una novela, decíamos, de formación, lo que los profesores llaman con palabra alemana Bildungsroman, y además de Proust, Blanco Amor parece tener presente a Mann (Los Buddenbrook) y a Eça de Queiroz (Los Maia).

Transcurre en su ciudad nativa, Orense, que él en esta novela y otras transformó en Auria (como Vetusta en Clarín, aunque Blanco Amor confesó que al escribir La catedral y el niño no había leído aún La Regenta).

No deja de tener su punto de ironía (gallega, por supuesto) que una de las ciudades más sombrías, provincianas y melancólicas (y bonitas también) de toda Galicia (lo cual es apuntar muy alto) sea una cuyo nombre hace referencia al oro. Y, dentro de lo que cabe, esta novela de Blanco Amor es dorada toda ella, porque es una novela barroca, y el barroco tiende a lo litúrgico, las candilejas doradas, los bordados, la orfebrería y todo eso. Aunque en esto del barroco de Blanco Amor hay que soltar mucho hilo a la cometa.

“El barroquismo es la forma congénita de la expresión gallega”, dirá, y sostiene que los gallegos son barrocos “a nativitate” y todo cuanto hacen, desde la torre Berenguela de Santiago a feriar una res, les sale barroco. Es verdad. Pero el barroco gallego es especial.

Lo gallego es siempre especial, se va fuera de los cánones. El barroco gallego, al estar tallado en granito, sigue siendo un poco románico. El granito es una piedra humilde, que se deja tallar mal y se presta poco al detalle y la filigrana. En el granito los parecidos son todos a ojo de buen cubero y a cierta distancia no sabe uno si lo que lleva Nuestra Señora en la mano, en la fachada de la iglesia, es una rana o una azucena. El barroco romano, por el contrario, en duro mármol blanco, nos muestra detalles sutiles, incluso comprometedores (en el rostro de Santa Teresa de Bernini, por ejemplo). Por si fuera poco, en Galicia llueve mucho, y si a algo se le dan muchas facilidades allí es al musgo y al verdín. Las estatuas, las fachadas, los cruceros, todo lo que se deje a la intemperie del puerto de Manzaneda en adelante se llena de musgo y de verdín a los cinco minutos, contribuyendo con ello a que el barroco gallego tenga que ver definitivamente más con el románico que con cualquier otro estilo, incluido el propio barroco.

En literatura sucede algo parecido. Blanco Amor, en el susodicho prólogo, teoriza sobre el barroco de su novela y sus “apelmazamientos, ringorrangos y arrequives”. No tiene demasiado interés, son teorizaciones de autodidacta, justificaciones una vez más. Lo cierto es que el escultor de granito tiene más de cantero que de artista. Blanco Amor se llama a sí mismo artesano.

Acaso hayas oído hablar de un escritor llamado Valle-Inclán. Me dirijo al lector de este prólogo, que no tiene por qué conocerlo. Valle-Inclán sí era un escritor barroco, él sí era un escritor más que litúrgico, arzobispal, aunque fuera solo de misas negras, aparecidos, santas compañas y demás. Se ha dicho que después de Valle-Inclán todos los novelistas gallegos le debieron un poco: Cela, Torrente Ballester, Dieste, Blanco Amor, Fole, Cunqueiro, Castroviejo… No estoy de acuerdo, en unos casos sí y en otros no, pero estos distingos literarios no llevan a ninguna parte.

La catedral y el niño es barroca, desde luego, pero no se parece en nada a Valle. En la novela de Blanco Amor los personajes hablan como los orensanos de principios del siglo xx (esa de transcribir el habla de entonces fue una preocupación suya). En las novelas de Valle-Inclán los personajes hablan todos como Valle-Inclán, lo mismo el gañán que el señor del pazo. Y en todo caso Blanco Amor, al que se le ve siempre con una preocupación estilística, si algo quiere es que se le note cuanto menos el estilo. No renuncia a él, pero no se recrea en ese atavismo galaico.

Ourense, la Auria de Blanco Amor, en los tiempos en que transcurre la novela, era una ciudad de quince mil habitantes: una catedral, una Audiencia, mucho clero, militares, el agro metido por todos los rincones, fuerzas vivas, gentes de orden y un puñado de liberales para dar colorido. Está todo visto y contado por un niño. El niño, más o menos enmadrado, como el Marcel de la Recherche, es sensible a las puestas en escena, vestuarios y decorados. Es también un niño, como el de Proust, puntilloso, y la presencia de la catedral, a dos pasos de su casa, le resulta imponente, amenazante, misteriosa, como insoslayable era para Marcel la vida social. En Ourense y en los burgos levíticos españoles el faubourg era la catedral. La catedral es también aquí algo simbólico (su autor, monaguillo y del coro de la catedral, es anticlerical como se puede ser anticlerical en Galicia, donde el que más o el que menos tiene un tío cura).

Aparecen al principio historias como tantas, costumbrismo. Tíos, tías, historias de criadas, pazos y, claro, ruinas y calaveras (reales y en sentido figurado). Unos doscientos personajes. Todo tiene un ritmo. Parece que no sucede nada. Al principio creemos que son solo palabras, palabras raras, precisas, antiguas. Frases castizas, populares, vivísimas. Todas con su música especial. No nos damos cuenta y ya estamos prendidos del anzuelo. Como el bordón de una gaita, y viene luego la melodía: los hechos precisos, todo lo que el niño no se ha atrevido a contar de su vida, lo contará por Blanco Amor en esta novela.

Se ha dicho que la patria de un hombre es la infancia (Rilke). Gaya sostenía que lo mejor del hombre es su madurez. Acaso se pudiera hacer una síntesis diciendo que lo mejor de cualquier vida es su niñez, revivida por el hombre maduro. Y es lo que hizo Blanco Amor aquí, un niño injertado en hombre maduro, o al revés, recuerda una ciudad que no tenía argumento, y él se lo dio. Cuando nos vamos de Orense, de Auria, la ciudad vuelve a ser, como reconoce uno de los personajes de esta novela, una ciudad sin argumento. El argumento es siempre la novela, el contar. Como Sherezade. Y la ciudad también, si está en un libro como este.

Andrés Trapiello

Madrid, 10 de enero de 2018

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