
Escribí el libro Japón desde una cápsula porque, después de 15 años dedicado a la crónica de viajes, llegué por primera vez a un país donde me sentí un marciano en la Tierra. Allí asistí al campeonato mundial de fútbol de robots, dormí en un hotel cápsula, vi una masiva fiesta cosplay y recorrí una burusera, esas tiendas donde venden bombachas sucias de adolescentes para el consumo de señores de traje y corbata que se contentan con aspirar la fragancia de la juventud. También me crucé con un ex hikikomori, uno de ese millón de jóvenes que se encierran en su cuarto a sufrir en silencio durante años, hartos de la exigencia estudiantil, laboral y familiar -la mayoría víctima del bullying- y pensando en el suicidio.
Dejé Japón esa primera vez con la sensación de no haber entendido mucho a aquel “otro” de ojos rasgados que fue forjando su cosmovisión allá tan lejos, en el Este del Este, casi caídos del mapa de Asia. Las imágenes que me llevé del mundo físico japonés -las de la engañosa primera vista- fueron puro desconcierto, duda y desafío intelectual. La mirada del viajero recién llegado allí del Lejano Occidente, no suele estar preparada para comprender. Por eso, al regresar, dediqué cinco años a estudiar el Japón: su historia, papers sociológicos sobre la soledad, la falta de sexo, la tecno-erotización de la vida, la tasa decreciente de natalidad y la singular concepción que tienen del suicidio como acto que purifica -el deshonor del fracaso o de un error- y además reivindica a quien elige morir: es una decisión que en esa cultura habla de coraje antes que de cobardía, cual un harakiri en pleno siglo XXI.
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También asistí a un seminario de antropología japonesa -dictado por la Dra. Marián Moya-, vi películas, decenas de documentales y sobre todo comencé a pensar en volver. Porque quería escribir el libro periodístico que me hubiese gustado leer al regresar de Japón y no pude encontrar, acaso porque no existía: uno que me ayudara a entender una serie de temas muy complejos, incluyendo el fenómeno de Hatsune Miku, ese holograma que canta y baila, despierta pasiones, llena estadios y hasta puede ofrecer compañía.
Regresé a Japón cinco años después con objetivos claros: dormir una noche en el primer hotel de la historia atendido por robots y luego alojarme solo en hoteles cápsula, esos nichos como de cementerio alineados en la pared que me ofrecían a mano una microsociedad japonesa comprimida en un edificio. Quería interactuar con el homo-capsulae y tratar de inferir qué se esconde detrás de esos inescrutables rostros de soldados corporativos, esos samuráis tristes que cambiaron la espada por el maletín y duermen en microcuartos.
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Lo primero que vislumbré en el segundo viaje fue que en Japón uno se asoma al futuro y encuentra el pasado. El hotel cápsula se ve moderno porque uno relaciona el diseño con lo aeroespacial. Hace años, en el Museo de los Cosmonautas de Moscú, entré a una cápsula y la similitud con las japonesas me descolocó: lo que en Rusia usan los astronautas, en Japón es lo cotidiano terrenal. Pero esa caja de zapatos aumentada que es la negación misma del diseño en la arquitectura -reducido a la pura función-, está más anclada en el pasado que en el futuro. La arquitectura japonesa parte de un espacio que se medía en tatamis: en este hotel el cuarto es un tatami, la mínima expresión espacial, el ahorro extremo.
Desde una mirada occidental parece de locos dormir en una habitación sin ventana, mesa de luz y ni siquiera un espacio mínimo por donde caminar. Sin embargo, el cuarto de la casa tradicional japonesa de madera con paredes internas de papel ha sido durante siglos un espacio vacío -casi zen- sin un solo cuadro, mesita ni cama: era un ambiente despojado de todo salvo un tatami imperceptible en el suelo, un mero espacio para el sueño. Y el habitáculo de la cápsula es eso mismo salvo porque, en función de la necesidad, se ha recortado lo que bordea al tatami.
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La naturalidad con que se relacionan tantos japoneses con los robots tiene también raíz ancestral. Así lo han notado antropólogos como Jennifer Robertson, quien ve un nexo entre el shintoísmo japonés -la religión animista originaria- y el hecho de que miles de ancianos convivan con una blanca foquita robot llamada Paro. Es una mascota cibernética que les da el cariño y la compañía que sus hijos resignados al hipertrabajo, no les pueden ofrecer. No es para ellos un juguete sino un ente animado, igual que el perrito Aibo de Sony. Si la foquita se les rompe, muchos la lloran como si hubiese muerto una mascota. Al perrito Sony incluso le ofrecen funerales en un templo budista.
En la cosmovisión shinto hoy mezclada con el budismo, nuestro mundo se rige por hilos subrepticios movidos desde lo invisible. Muchas casas tienen un santuario donde las personas se comunican con sus ancestros. En la espada de un samurái habita el espíritu de un guerrero y durante la Segunda Guerra Mundial, un kamikaze se llevaba esa reliquia familiar al vuelo final. Un árbol de cerezo o el Monte Fuji contienen un espíritu: son los camis, deidades invisibles pero omnipresentes. Japón está lleno de espíritus, algo entendible en el contexto de que durante milenios predominó una religión animista adoradora de la naturaleza, que es fuente de alimento pero también de tsunamis y terremotos. Si esas fuerzas tan benévolas y destructoras están presentes en el mundo japonés, ¿cómo no van a estar dotados de alma ciertos objetos como humanoides y focas ya casi indiferenciables de un original? Y que interactúan con nosotros.
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Desde la mirada occidental, los robots realistas adquieren un carácter siniestro. Es el efecto Frankenstein o Terminator alimentado por Hollywood. Pero en el animé japonés los robots son más bien superhéroes salvadores como Mazinger Z y Astro Boy. A los occidentales los robots “nos vienen a quitar el trabajo”. Mientras que en Japón hay tasa decreciente de natalidad y baja inmigración: falta mano de obra para cuidar a tantos ancianos y el desarrollo de la robótica gerontológica es política de Estado.
El capitalismo tigreasiático con Japón a la cabeza tiene una raíz milenaria. No porque sea antiguo: su base cultural confuciana propició el hipercapitalismo asiático, tal como la ética protestante allanó el terreno para que el capitalismo como tal surgiese en cierta parte de Europa, según Max Weber. Las reflexiones del gran filósofo chino han sido política de Estado en el Este de Asia desde hace 2570 años y se incorporaron al inconsciente colectivo. Fue un pensamiento gregario y colectivo basado en la cultura del trabajo grupal en arrozales, que entiende el progreso como una maquinaria colectiva donde el sujeto es un engranaje: su individualidad tiende a disolverse en el grupo.
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De allí surgiría ese culto al sacrificio personal -por la familia, por el grupo social circundante, por el país, el emperador, el partido o la empresa- que sería una de las bases -no la única- del radicalizado camino que tomó el capitalismo en esas tierras, que en casos excepcionales llega al extremo del karoshi: muerte por exceso de trabajo. Así se logran sociedades estoicas y autorreguladas que aumentan la productividad a niveles estratosféricos. Esto implica respeto y obediencia rigurosa a las jerarquías: al padre, al marido, al jefe, al anciano, al hermano mayor, a la persona ilustrada y al líder.
Por eso es muy difícil ser distinto en Japón: el costo de pretender escapar a la vorágine casi sin límite del ciclo estudiantil y luego laboral se paga con un bullying persistente que lleva a un millón de jóvenes a encerrarse en carácter de hikikomori: no son rebeldes sino muchachos que tiran la toalla.
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La hiper decorada lolita japonesa es, en alguna medida, una geisha travestida. Algunas otras miles se visten de moza victoriana y trabajan de ello sirviendo helados con orejas de gato, mientras hacen sentir importante y querido a su cliente, quien paga un precio extra a cambio de una compañía cronometrada donde no existe el menor roce físico.
El CEO tecnológico heredó el aura del shogún y fue quien se quedó con las pocas verdaderas geishas: son los únicos que pueden pagar la millonada que cuesta su manutención a lo largo de toda la vida.
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El harakiri continúa presente. Japón tiene una de las tasas de suicidio más altas del mundo y 250 adolescentes y niños por año eligen morir. La mayoría de los que optan por la muerte voluntaria lo hace por depresión y por la vergüenza del “qué dirán” confuciano: una vez más el grupo prevalece sobre el individuo.
Este no es un libro sobre la marca país “Cool Japan”. Tiene algo de crítica, siempre respetuosa y constructiva a una sociedad con graves problemas que, en general, muchos no pueden ver desde afuera (y desde adentro están naturalizados). Pero no se trata de emitir juicios de valor o bajar línea, sino, por sobre todas las cosas, de tratar de entender.
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