La portada del libro
La portada del libro "Una historia de la imaginación en la Argentina" contiene una obra de Emeric Essex Vidal

Como si fuera una forma de intentar comprender el mundo, Emeric Essex Vidal empezó a dibujar cada cosa que veía. Era soldado de la Marina Real Británica y viajaba por el océano sabiendo que, en aquellas primeras décadas del siglo XIX, todo era nuevo. La primera vez que este inglés pisó suelo americano fue en septiembre de 1816. El gran Río de la Plata estaba en plena convulsión, hacía apenas cuatro meses que esos territorios australes se habían declarado independientes de la Corona Española. El paisaje pampeano, la variedad de animales, los criollos independentistas, la convivencia entre gauchos y aborígenes, sus peculiares formas de vida, todo le parecía interesante. Entonces dibujaba.

La ilustración titulada Matadero que se publicó en 1936 en Francia es la portada de Una historia de la imaginación en la Argentina. Tapa dura, 350 páginas brillosas, textos literarios de alto calibre, obras de arte icónicas. Es una publicación del Museo Moderno y funciona como la materialización editorial de la megamuestra que se inauguró en abril y culmina el tres de noviembre. Libro y exposición llevan el mismo título y contienen una de las tareas más ambiciosas a nivel curatorial: representar los distintos territorios geográficos pero también las diversas etapas históricas en que el arte pensó el país.

La pregunta es difícil, incluso para un extranjero ilustrado y con gusto estético como Emeric Essex Vidal: ¿Qué forma tiene la imaginación artística en un país como Argentina, incluso antes de que se considere a sí mismo en esos términos? ¿Cómo pensar, desde las artes visuales, el “nosotros” de un país en permanente metamorfosis? Y ahora, desde 2019, ¿cómo trazar una constelación que una todas las imaginaciones artísticas que existieron y existen dentro de las fronteras de esta república democrática? Tanto la exposición como el libro intentan abordar estas cuestiones y, lejos de enturbiarlas, clarifican respuestas, abiertas como un mapa de 1816, pero respuestas al fin.

"Nostalgias del Paraná" (1976) de Juan Pablo Renzi

Gabriela Comte es la editora general de la editorial del Museo Moderno. Según le cuenta a Infobae Cultura, todo comenzó en 2018 cuando Javier Villa, curador senior del museo, y su equipo empezaron a hacer el trabajo de investigación. Buscaban textos literarios que acompañaran las imágenes. Comte y Martín Lojo, editor del Moderno, son egresados de la carrera de Letras, con lo cual “nos entusiasmamos mucho con la propuesta y la forma en la que los curadores estaban realizando ese trabajo. Así intercambiamos aportes y sugerencias de lecturas”. Luego se sumó el trabajo de Eduardo Rey, para pensar el “concepto gráfico del libro”, y a principios de este año, Alejandra Laera.

Así fue que el libro y la exposición avanzaron “en forma paralela, retroalimentándose y generando preguntas, sentidos e interpelando tanto a los visitantes como a los lectores, para que puedan trazar sus propios recorridos y pensar algunas cuestiones: ¿cómo se ha imaginado el país?, ¿qué lugar ocupa tanto la creación visual como la literaria en la construcción de un imaginario colectivo?”, asegura Comte. Además, comenta que el “permanente desafío” es “que los libros manifiesten la identidad y la dirección del museo; pero, a la vez, que sean libros que se hagan eco de cada proyecto específico, sin caer en un trabajo estandarizado. Cada libro está pensado específicamente”.

Los curadores Javier Villa, Belén Coluccio y Marcos Krämer viajaron por el país con la exposición en la cabeza. No buscaban un relato cronológico sino otro donde, en palabras de Comte, se contemple “la relación entre tradición y vanguardia, entre pasado y presente”. Entonces, “Rey tomó características de los antiguos libros Peuser, transformándolos a un formato contemporáneo pero vinculándolos con la tradición gráfica argentina. Hizo una cuidadosa elección tipográfica y material y atendió con esmero las imágenes de las obras preparadas por Guillermo Míguenz. Cada detalle, por más que pueda resultar inadvertido para un lector, fue detenidamente pensado y atendido, para que no solo sea bello sino también legible”, agrega.

"Magdalena" (1927) de José Antonio Terry

La selección de los textos —que configuran un abanico literario enorme que va desde José Hernández y Esteban Echeverría hasta Gabriela Cabezón Cámara y César Aira— estuvo a cargo de Alejandra Laera. “Para cada sección del libro hice una selección a la vez de textos literarios y de obras de arte que participaban en la exposición, y también que, como puede verse por el armado del libro, no se trata de que los textos ‘acompañen’ o ‘ilustren’ las obras. Por eso mismo, lo más difícil de elegir los textos fue sostener una doble posibilidad de lectura: por un lado, quise proponer un diálogo potente de los textos con las obras visuales y, por el otro, busqué sostener diversos diálogos internos entre los textos no solo de cada sección sino también entre las diferentes secciones”, le dice a Infobae Cultura.

Si toda relectura es también un redescubrimiento, Laera se sorprendió varias veces. Por ejemplo, al “encontrar, junto a los motivos más evidentes de cada región o a los que yo conocía por mis propias investigaciones, nuevos motivos que aparecían con insistencia y que proponían nuevos diálogos y cruces: el vestido artesanal, la costura, el bordado como un motivo femenino y creativo que tiene un potencial de intensa politicidad, y que se ha manifestado en diversos grados según las circunstancias pero que siempre estuvo vinculado con una imaginación espacial, ya sea el campo, el río, la selva o la montaña. Esa fue, no solo una sorpresa, sino también una gran emoción”.

"Desnudo en el parque" (1908) de Eugenia Belín Sarmiento

Cuando Infobae Cultura le pregunta a Gabriela Comte a qué tipo de lector apuntan, responde: “¡A todos! Esperamos poder abrir puertas y que no solo sean destinatarios aquellos que nos visitan en el museo. Para ellos, esperamos que el libro les siga haciendo preguntas y que les permita descubrir a nuestros artistas, a nuestros escritores. Pero también nos dirigimos a todos aquellos que quieren releer nuestra literatura y nuestra historia del arte, y a todos aquellos que quieren acercarse a pensar estas cuestiones de la territorialidad, de los imaginarios posibles desde una perspectiva diferente, que aporte a establecer nexos de diálogo e intercambio sobre nuestra sociedad, nuestro tiempo, nuestro arte y nuestra cultura”.

Y los cruces entre literatura y artes plásticas simplemente suceden. Por ejemplo, junto a una pintura de 1976 de Juan Pablo Renzi titulada Nostalgias del Paraná, hay fragmentos de Nadie nada nunca (1980) de Juan José Saer: “No hay, al principio, nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla (...)” Otro buen ejemplo de este maridaje está en la hoja 204, contigua a la que aparece Desnudo en el parque (1908) de Eugenia Belín Sarmiento, donde se leen los versos de Esteban Echeverría en La cautiva (1837), Alfonsina Storni en La loba (1916) y Alejandra Pizarnik en Reloj (1965).

El libro, así como la muestra, está dividido en cinco territorios: “La pampa”, “Mataderos”, “El litoral”, “El noroeste” y “Cautivas”. Antes de llegar a esas páginas, hay un ensayo de Alejandra Laera donde escribe que “los desbordes de la imaginación desafían los límites de los mapas” y que la imaginación “desborda incluso las imprecisiones geográficas de lo regional”. Ahora, en esta brevísima entrevista, cuenta que se refiere “a que frente a los límites claros de los mapas o a los más imprecisos entre regiones (como la pampa, el litoral y el noroeste, con sus diferentes zonas), la imaginación permite trazar otros recorridos, encontrar conexiones imprevistas, entablar nuevas rutas, descubrir senderos”.

"Indio guerrero" (1898) de Bernabé Demaría / "El descamisado gigante arrasa un campo de soja transgénica" (2008) de Daniel Santoro

“Esa imaginación —continúa Laera—, se despliega, en este caso, literaria y visualmente, y puede ser, si somos sensibles a sus modulaciones, muy poderosa, tanto como para pensar de nuevo, más creativamente, las regiones y territorios que compongan una Argentina deseada”. Aparece, entonces, una palabra clave, tal vez secreta, que revoloteó alocadamente dentro de la cabeza de cada artista que pensó el país: el deseo. ¿No es acaso cada pintura, cada dibujo, cada escultura, cada texto literario un producto de ese deseo, más inconsciente que racional?

Ese deseo fue el motor que alimentó las ilustraciones de Emeric Essex Vidal: mientras descansaba de sus tareas en la Marina, observaba con asombro y fascinación ese territorio extraño que acababa de romper las cadenas coloniales bajo el novedoso nombre de Provincias Unidas en Sud América. Y aunque algunos manuales de historia lo coloquen como el origen de todo, en realidad se trata de un momento más en la larga sucesión del tiempo. El ilustrador inglés observaba por varios minutos las escenas cotidianas, luego bajaba su vista e intentaba plasmar en las hojas algo de todo eso que le parecía inquietante. Todo eso, aún hoy, sigue inquietando.


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