Por José Montero

¿Es necesario que miremos videos de tiroteos o cosas peores? ¿Hace falta que escudriñemos las fotos de esa compañera de colegio maltratada por los años? ¿Nos morimos si no contemplamos la filmación del hombre que se salvó de milagro tras ser empujado a las vías del subte? ¿Realmente no nos alcanza la imaginación y debemos visitar páginas porno rayanas con lo desagradable? La respuesta es no. No hay una exigencia imperiosa de ser testigos de cuanto se nos ofrece. Y sin embargo la mayoría de nosotros no podemos dejar de observar cosas que juegan con nuestras emociones. Nos repelen y nos atraen a la vez. Aunque lo neguemos, todos tenemos cierta cuota de morbo, y la dosis se ha multiplicado por la explosión digital.
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Pienso en esto a propósito del estreno de El templo del morbo, obra de teatro que comencé a pergeñar hace dos décadas, cuando las redes sociales y la omnipresencia de los celulares como pantallas todavía parecían ciencia ficción. Lo curioso es que el detonante de la historia pertenece al pasado. Es la saga de Chang y Eng, los hermanos unidos del siglo XIX que se exhibieron durante décadas en Estados Unidos y Europa, se casaron con dos hermanas "normales", tuvieron más de 20 hijos y murieron juntos, con diferencia de pocas horas, a los 63 años. A los siameses, de hecho, se los llama así por Chang y Eng, ya que provenían del reino de Siam, hoy Tailandia.

Comprados de niños por un navegante yanki y otro inglés, Chang y Eng fueron una mina de oro. El público sacaba tickets y hacía fila para verlos, del mismo modo que pagaba por tener en vivo delante de los ojos a la mujer barbuda, al gigante o al enano de turno, al perro de dos cabezas, a deformes o incluso a fraudes que se presentaban como monstruos y en realidad eran prodigios de la manipulación, la sugestión y el maquillaje. El motor del negocio, siempre, era el morbo.
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Y el negocio condenaba a Chang y Eng a una vida de viajes y alojamiento en compartimientos cerrados y a continuas revisiones médicas, porque los promotores no querían que nadie los viera gratis y, por otra parte, precisaban que la ciencia validara la ausencia de engaño.
Cuando adquirieron la mayoría de edad, los siameses se liberaron del yugo de sus "dueños" y siguieron exhibiéndose por cuenta propia, hasta que se asentaron en Carolina del Norte y se casaron con dos hermanas. Durante años vivieron bajo el mismo techo y durmieron los cuatro juntos en una cama XXXL. Después, a medida que fueron naciendo los hijos, cada matrimonio tuvo su vivienda y ellos estaban tres días con una esposa y tres días con la otra.
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La existencia única de Chang y Eng es un juego de dualidades y espejos: la maldición de nacimiento que se convirtió en medio para obtener fama y fortuna; los chicos bárbaros del Lejano Oriente que asimilaron la cultura, la vestimenta y las costumbres del Occidente más salvajemente pujante y rico; los explotados que, al transformarse en granjeros en el Sur de Estados Unidos, tuvieron esclavos y los maltrataron; la locuacidad y la simpatía de uno de los hermanos, la parquedad y la cerrazón del otro. Y, por encima de todo, la condena de vivir los dos la misma vida, sin secretos, sin experiencias separadas, sin novedades para contarse. Los cirujanos de aquel tiempo nunca consideraron segura una operación para cortar la banda o ligamento que los unía, a la altura del pecho.
En la ficción, El templo del morbo es un antro. Una cueva. Un tugurio. Un cabaret donde freaks de toda índole se presentan ante el público. Allí, Sol y Luna, dos hermanas siamesas por elección, cuentan la historia de Chang y Eng mientras, mediante flashbacks, conocemos el pasado de estas chicas tan particulares.
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En principio, la historia fue una novela que escribí entre 1999 y 2000. Dos epígrafes marcaron el clima y anticiparon la acción. Uno pertenece a la canción "Peor para el sol", de Joaquín Sabina (Le solté al barman mil de propina / apuré la cerveza de un sorbo / acertó quien "El templo del morbo" / le puso a este bar). El otro es de "Cinema varieté", de Charly García (Yo nací para mirar / lo que pocos quieren ver / yo nací para mirar).
Mediante un montaje paralelo, la novela desarrolló tres historias: el crecimiento de Sol y Luna desde la infancia hasta su presente como estrellas en las catacumbas del erotismo, la fábula decimonónica de Chang y Eng y la extraña y solitaria vida de Abel Malaver, un habitué del cabaret.
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La novela fue finalista en un concurso de la Biblioteca Nacional y obtuvo menciones en otros certámenes. Sin embargo, acaso por su extensión, permanece inédita. Más tarde escribí una adaptación teatral concentrada en los personajes de Sol y Luna y su show en El templo del morbo, y ése es el texto que se estrena ahora. Pasen y vean.

* El templo del morbo
Autor: José Montero
Dirección: Jonatan Guillermo
Actúan: Alma Kitsch, Lady Galloso, Michelle M. Foucher y Daniela Villarosa
Producción: Almendra y Peperina
Viernes a las 22.30 horas
Multiespacio Paprika – Bulnes 1757 – CABA
Entrada general: $300 (Reservas por Alternativa Teatral)
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