Provocadores, vagabundos e indecentes: ¿quiénes fueron los cínicos en la filosofía?

Los cínicos desbordaron los moldes filosóficos desde la antigüedad y su pensamiento atraviesa desde entonces la historia de Occidente. De esta vibrante corriente se ocupa “Cínicos”, nuevo título de la colección “La revuelta filosófica” (Galerna)

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Por Claudia Mársico

“Cínicos” (Galerna), de Claudia Mársico
“Cínicos” (Galerna), de Claudia Mársico

¿Qué es ser revoltoso en un mundo de aristas indomeñables y confusas? ¿Cómo se revoluciona lo que está ya revuelto? Pocas nociones reflejan tan bien la dificultad de esta cuestión que acecha a quienes buscan nuevos caminos como la de "cinismo". En nuestro registro corriente es un demérito asociado con una combinación de pesimismo y agresividad, lo cual sorprendería a quienes tuvieron ocasión de asistir a los orígenes de del cinismo y su alusión a "ser como un perro", en griego kyn, como síntesis de autarquía, sinceridad y amistad. Esta metáfora animal fue de las preferidas entre los integrantes del círculo socrático, de modo que Platón tuvo su modelo filósofo-perro, así como Aristipo de Cirene, a quien llamaban "el perro de la corte" por sus tendencias hedonistas que no le impedían participar de este certamen de canes. Estas variantes, sin embargo, se opacan frente a quien se apropió para siempre del carácter perruno: Diógenes de Sínope.

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El peso de su figura permite pensar en movimientos "proto-cínicos", que adelantan las actitudes básicas que cultivó, y en secuelas que llegan hasta nuestros días, siempre señalando a la clave del "perfecto perro" que vagaba por las calles de Tebas y Corinto experimentando una libertad curiosa que buscaba despertar a sus coterráneos del letargo en que los sumía la vida cotidiana. Comprender estas claves abre la puerta a una experiencia apasionante por el rico mapa del cinismo y sus personajes estrambóticos y profundos, para acercarse a los múltiples sentidos de la frase "busco un hombre" que Diógenes irradiaba junto con la luz de su linterna. Un mundo de ideas sobre lo real, el conocimiento y el lenguaje develan el sustrato potente de las teorías cínicas que soportan su objetivo más claro ligado con la filosofía práctica.

Munidos del diagnóstico cínico sobre lo que somos y lo que es el mundo, brilla un mensaje sobre lo que podemos si abandonamos los engaños a los que nos somete la trama social y sus inventos de metas fantasmáticas y aniquiladoras. Hay una caverna cínica todavía más profunda y oscura que la platónica, y en este sentido con una potencia multiplicada para comprender los mecanismos cada vez más complejos de lo que se ha dado en llamar la "barbarie tecnocientífica" de nuestros días. Diógenes se ocupará de mostrar atajos y caminos simples que hacen caer el velo de los grandes sistemas, incluidos los que sostienen al mundo globalizado actual.

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Como una gran señal de alerta, los cínicos no dudan en sacudir los cimientos de la organización interhumana. Se atreven a desafiar los tabúes primigenios y abogan por una ciudad caníbal e incestuosa que desacraliza la carne y se olvida de los lazos filiales. Se atreven también a confrontar la pertenencia a una patria y levantan el guante de Demócrito para profundizar la idea de una "cosmópolis", una patria coextensiva con el mundo, que no reconoce fronteras ni identidades parcializantes, lo cual resuena en nuestras discusiones contemporáneas sobre fronteras y migraciones. Se atreven además a defender un modo de habitación de ese mundo común que no es constructivo sino parasitario, mendicante, a la manera de los movimientos "freeganos" que se extienden en el mundo del capitalismo tardío.

Entre tantas irreverencias, no faltan ataques a los dioses y sus templos en un movimiento de inversión que convierte al sabio en un "purificador", furibundo crítico social que pone el cuidado de sí antes que cualquier otra prioridad, como tampoco faltan arrojados juicios sobre cuestiones de género que a veces exaltan la igualdad y otras veces se hunden en la justificación de la violencia, en ambos casos con la misma intención de impactar para quebrar la falsa seguridad sobre el mundo circundante.
Esta vocación rupturista no debe opacar un rasgo definitorio del cinismo originario asociado con el esfuerzo y la puesta a prueba de los propios límites. La purificación nunca se limita a lo lúdico o la denuncia grandilocuente, sino que está anclada en la transformación interna como prolegómeno a todo intento de cambio externo. Esta combinación potencia la fuerza del cinismo y le confiere el carácter de fuerza inspiradora de un abanico amplio de corrientes entre las que se entremezclan las hipótesis sobre un Jesús de Nazareth conocedor del cinismo, su eco en los movimientos de monjes mendicantes en los inicios del segundo milenio, y más tarde dominicos, franciscanos y capuchinos, y su impronta en las obras de Erasmo de Roterdam, Tomás Moro y Jonathan Swift.

En esta danza cínica entran también Rabelais y Montaigne, como prolegómeno al rechazo violento de la figura de Diógenes en el s. XVII, su vuelta en el s. XVIII de la mano de la Ilustración y los devaneos del s. XIX enmarcados en el desprecio de Hegel y el homenaje de Nietzsche que deja en manos del hombre que busca con una linterna a la luz del día el episodio de la muerte de Dios. Más cercanamente, el cinismo se asoma en Adorno y Horkheimer y brilla con Sloterdijk, Foucault y Onfray, asegurando un sitial para el cinismo en el pensamiento que viene.

Claudia Mársico, doctora en filosofía e investigadora del CONICET
Claudia Mársico, doctora en filosofía e investigadora del CONICET

¿Hay revuelta, entonces? Posiblemente el mayor de los aportes de esta línea de pensamiento de espectacular persistencia es la de advertir sobre la conflictiva relación entre los intentos desafiantes de la filosofía y la asimilación que la torna un mecanismo que alimenta la maquinaria del sistema ofreciendo al resto de la sociedad la tranquilidad de que hay quien se ocupa de hacer el papel de rebelde y de pensar en esas cosas de las que el resto no pretenderá nunca ocuparse seriamente. En épocas de circulación vertiginosa de la información con su efecto obnubilante, los movimientos de crítica radical pueden convertirse en un espectáculo propio del "parque temático humano". ¿Se pudo antes o se puede ahora desafiar la base del ordenamiento social o los resultados efectivos eran tan exiguos antes como ahora y no puede ser de otro modo? Por cierto, los revoltosos cínicos dependen de la ciudad y sus modos de producción de riqueza, que al mismo son despreciados y utilizados, pero lo más interesante de esta encerrona es precisamente que muestra que el destino de tensión entre crítica y dependencia es connatural a toda reflexión teórica. Los espacios marginales de las Humanidades en los sistemas científicos modernos semejan a veces la actitud condescendiente en que además del "conocimiento serio" que produce patentes se deja un lugar más o menos pequeño para los pensadores que trabajan con ideas.

La tarea de "alimentar el pensamiento crítico", cosa que también le cabe a los cínicos en su peculiar modalidad, es vista como una manera elegante de decir que se sostiene el mecenazgo sobre actividades parasitarias para la nave del Estado. La burla contra los estudios culturales, que de hecho pretenden advertir sobre lo que subyace a los íconos de la industria cultural, y la resistencia general contra el lugar de las Humanidades reedita las invectivas tradicionales al cinismo. Esta cuestión, por tanto, no debería ser tomada de modo aislado sino como síntoma del problema más general del papel de la crítica social y su posibilidad misma en el seno de una legalidad social que la asume como adorno.

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