Por Moira Soto

Mucho Ruido y Pocas Nueces
Mucho Ruido y Pocas Nueces

Sí, no hay con qué darle: Shakespeare lo dijo todo sobre la comedia humana (también sobre la tragedia), de manera tan genial que no solo podemos reconocernos en personajes y situaciones de sus obras, sino que su poderosa influencia persiste, varios siglos después, en la literatura, el teatro, el cine, el psicoanálisis… La regocijante versión de Mucho ruido y pocas nueces que ofrece actualmente el director Jorge Azurmendi convalida netamente algo que ha señalado un filósofo de la talla de Stanley Cavell (en La búsqueda de la felicidad): que la screwball comedy hollywoodense de los años '30 y '40 es heredera de las comedias shakespearianas. Basta con asistir a algunas de las escenas de Mucho ruido… donde Benedicto y Beatriz, en sus duelos verbales, parecen nacidos para odiarse, para inferir que terminarán descubriendo que son dos a quererse. Como Katharine Hepburn y Cary Grant o, más cerca en el tiempo, Julia Roberts y Hugh Grant en un barrio londinense.

Con este reciente estreno, Azurmendi completa una trilogía de comedias románticas que inició en 2011 con la encantadora Noche de reyes, donde ya estaban los temas del amor, la ilusión, el desdoblamiento, las simetrías, la ambigüedad sexual que se desplegarían con alta perfección en Como les guste, ofrecida en 2014. Precisamente, en esta obra, el melancólico Jacques dice su célebre discurso: "El mundo es un teatro y todos, hombres y mujeres, somos sus actores". En ambos espectáculos, el director apelaba a actrices para encarnar algunos roles masculinos, reparando en cierta forma la prohibición de actuar que excluía a las intérpretes mujeres en el teatro isabelino. En la primera, Sir Toby Malvolio y Feste (amén de que el personaje de la protagonista, Viola, se traviste para salir del paso); en la segunda, Ana María Castel hacía tres papeles de varón, y Livia Fernán interpretaba a un fiel criado (y siguiendo el argumento, las primas Rosalinda y Celia se disfrazaban de muchachos).

Mucho Ruido y Pocas Nueces
Mucho Ruido y Pocas Nueces

Mucho ruido… juega de nuevo con la puesta en abismo, el teatro dentro del teatro, los múltiples reflejos de la obra principal que parecen reverberar al infinito, como los polígonos estrellados en geometría o la mujercita espejada en la sartén reluciente, que se volvía a reproducir, en el antiguo envase de Puloil… (En el Hamlet que se puede ver en el San Martín, en una escena de gran belleza, el príncipe les hace la dramaturgia a los actores para que representen una obrita que pondrá en evidencia el adulterio y el crimen). Con este procedimiento, asimismo empleado en Mucho ruido…, se cuestiona la ilusión teatral, se le recuerda al espectador el carácter ficticio de la obra, se lo incita a reflexionar sobre la naturaleza del teatro sin que mengüe la incesante diversión. Porque esta es una comedia chispeante, burbujeante que se brinda en impecable traducción y versión del propio director.

De movida, tenemos a un grupo de caballeros que vuelven de la guerra, no importa cuál y tampoco las pérdidas ("Pocos de cierto rango, ninguno de renombre", informa lacónico y no sin ironía el mensajero). Caballeros españoles e italianos recalan en Messina, en casa del gobernador Leonato, que tiene una hija, la dulce Hero, y una sobrina, la mordaz Beatriz. Uno de los visitantes, el joven y valeroso Claudio, cae flechado por Hero, en tanto su prima se trenza una y otra vez de palabra con Benedicto. El príncipe Don Pedro se ofrece a enamorar a Hero en el próximo baile de máscaras, haciéndose pasar por Claudio para allanarle el camino. Asimismo, ya en plan dios del amor, Don Pedro se alía con Leonato para armar una escena que saben que estará escuchando Benedicto, con el fin de que se concrete el romance entre ambos provocadores que se declaran enemigos del matrimonio (gesto decididamente radical frente a valores establecidos de la época). 

Mucho Ruido y Pocas Nueces
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Por su lado, Don Juan, hermano bastardo resentido de Pedro, canalla resentido, conspira para boicotear la boda ya arreglada entre Claudio y Hero, calumniando y humillando cruelmente a la joven con la ayuda de dos esbirros. La sangre no llega al río porque estamos en una comedia. Pero Hero deberá pasar por muerta para resucitar impoluta. Teatro, puro teatro donde el verbo y la constante escenificación hacer progresar la leve intriga, que se acelera en la segunda parte al compás de las risas del público. 

La comicidad estalla en forma desopilante cuando irrumpen el alguacil Dogberry y su compadre Verges, una pareja que puede evocar a Laurel y Hardy, con irresistible lucimiento de María Rosa Frega y Gustavo Monje. Aquí la palabra y los conceptos, ridículamente deformados por el inefable dúo, se vuelven protagonistas. Estos personajes secundarios, así como el fraile bonachón (a cargo de la siempre diestra Livia Fernán, también haciendo a un escribano), conducen la acción en los tramos finales, mientras que Beatriz y Benedicto continúan su guerra de ingenio, aunque aflojando. ("Je t'aime… Moi non plus", dirá la canción centurias después de escrita esta obra).

Mucho Ruido y Pocas Nueces
Mucho Ruido y Pocas Nueces

Los paraguas, único recurso escenográfico, cumplen funciones de tapices para ocultarse algún personaje, de espadas cuando están cerrados… Y también protegen de la lluvia en una ceremonia que sería tristísima si no se tratara de un simulacro para sacar de mentira verdad.

Con Shakespeare todo es posible: troncharse de risa y simultáneamente percibir la gravedad del trasfondo, esa melancolía escéptica que nos inquieta más allá de que las cosas se encaucen, del final presuntamente feliz, de la música y el baile que —a pedido del autor— cierran esta fiesta que da participación al público. Porque si bien se entra en cierto orden que no se sabe cuánto durará, antes se toma conciencia de que, mediante el simple recurso de una máscara, se manipula a una mujer (Hero) como objeto intercambiable entre varones, uno de los cuales —cuando se convierte en su novio— la rechaza y maltrata al primer atisbo de sospecha de infidelidad, sin darle oportunidad de defenderse. Al cierre, queda el eco de la conclusión de Hero, inocente pero no trivial, el personaje más transparente aún cuando ha entrado en el juego de la representación para favorecer el romance de su prima: "Se ama por azar. Una veces Cupido usa flechas; otras, trampas".

* Mucho ruido y pocas nueces
Martes a las 20:30 horas
Teatro La Comedia
Rodríguez Peña 1062 – CABA
Entrada general: $ 500, con descuentos

 

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