
(Desde Park City). Con tan solo 7 años de vida, y gracias a éxitos como La bruja, Ladybird y The Florida Proyect, entre muchos otros, la productora estadounidense A24 se ha convertido en la versión de los 2000 de Miramax, es decir, una compañía dedicada a la producción y distribución de cine que apuesta a los nuevos talentos y las historias alejadas de las fórmulas tradicionales de los grandes estudios, sin descuidar el aspecto comercial del proyecto pero infundiéndole un inequívoco (y marketinero) sello hipster.
Ya es una tradición que A24 utilice como plataforma para sus lanzamientos más importantes del año el festival de Sundance (como también lo hacía en su momento Miramax desde el éxito de Sexo, mentiras y video) y, entre el puñado de títulos que la compañía traía a Park City en esta edición, no habían sido pocos los que alertaban que su caballo ganador era Share, de la debutante Pippa Bianco, uno de los títulos que, juzgando al menos por los escasos pergaminos de sus responsables, no parecía la apuesta más segura.

Finalizado el estreno de la película en la sala de la biblioteca pública de Park City, con la presencia de la directora, elenco y equipo de producción y técnico, es justo decir que los vaticinios eran correctos. Como una suerte de Memento para la era del No es No, Share cuenta la historia una adolescente que luego de que se viraliza un video suyo desmayada en medio de una fiesta donde se la ve siendo tocada por un chico, empieza a sospechar que pudo haber sido abusada esa noche (debido a que tomó demasiado, no tiene ningún recuerdo) y debe reconstruir lo que sucedió, mientras sus padres intentan ayudarla, amigos se distancian y su vida en el colegio se hace insoportable.
La película, filmada con nervio intimista y especial predilección por escenarios bañados por luces de colores y neón (más que cualquier filiación cinématográfica, la mayor referencia estética parecen ser los videos de The Weeknd), y el apoyo de una banda sonora que alterna piezas ominosas con r&b y trap oscuro, va más allá de retratar los -lamentablemente universales- dramas que debe soportar una mujer que denuncia un abuso (desconfianza de su palabra, poco acompañamiento judicial, etc.) y no entrega retratos complacientes o resoluciones fáciles (su final abrupto y opaco es casi ejemplar en ese sentido). Compitiendo en la sección oficial de ficciones estadounidenses, no parece descabellado pensar que podría llevarse algún premio, además de disfrutar de una exitosa carrera comercial gracias a la actualidad del tema que aborda.

La sexualidad es también una parte integral -aunque mostrada bajo una luz definitivamente menos traumática- de Esto no es Berlín, la película mexicana que compite en la sección de ficciones internacionales. La cuarta película del realizador Hari Sama sigue a dos amigos que comienzan a explorar su sexualidad e inclinaciones artísticas en una discoteca underground, hogar de todo tipo de desclasados de la ultramachista sociedad mexicana, durante la década del 80, cuando la vitalidad de esos espacios liberadores era amenazada por la naciente epidemia del SIDA.
Entre el inevitable alejamiento con sus compañeros de colegio y los aprendizajes personales, la película -que cuenta entre su elenco a la recientemente nominada al Óscar Marina de Tavira, de Roma, en otro rol de madre sufriente-no se aleja demasiado del modelo de bildungsroman, pero en lugar de pupilos vieneses e industriales melancólicos, son punks y góticos durante el mundial de México 86. En el año en que Alfonso Cuarón no debió irse del DF para volver a conquistar Hollywood (y el mundo), y tras el éxito global de las series Luis Miguel y La Casa de las flores, Esto no es Berlín continúa la buena racha para el audiovisual mexicano.
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