*Por Graciela Fernández Meijide

Whatsapp mediante, mi nieta de 27 años, de vacaciones en la playa, y yo, de casi 88, en la ciudad, nos recomendamos mutuamente el libro de Elizabeth Taylor Prohibido morir aquí. Lo habíamos estado leyendo al mismo tiempo.

Cuando lo compré no tenía idea de cuál era el tema que trataba e ignoraba quién era la autora. Me pasó una de esas cosas que pocas veces hago en una librería: elegir el libro porque me encantó el diseño de la tapa.

Página tras página, entré con Laura Palfrey en su ingreso al hotel Claremont en el Londres de 1940 o 1950. Laura es una mujer bien plantada, un tanto fuerte, tímida y cuidadosa de las normas, que se encuentra con un grupo de viejos viudos como ella misma, cuatro mujeres y un hombre, que pasan sus últimos años haciendo cuanto pueden para no ir a parar a un geriátrico.

Al tiempo que se adapta a su nuevo domicilio, la señora Palfrey pasea su soledad por la ciudad y alimenta la ilusión de que su nieto se acerque a visitarla.

No será éste el que la acompañe sino otro joven, Ludo, tan carente de afectos como Laura, que quiere ser escritor. La relación entre la mujer que camina con dificultad y está llena de cariño para dar y el joven que está listo para recibirlo junto a la inspiración para su novela, se entreteje con todos sus claro oscuros en la narrativa de una escritora genial que nos atrapa con su escritura bella.

Taylor, astuta observadora, con fina ironía pone de relieve hasta el más mínimo detalle de la vida de todos los días de ese grupo cuyos integrantes se celan, se envidian, se cuidan.

Pregunté si estaban traducidas otras obres de Elizabeth Taylor- ojo, nada que ver con la actriz de aquellas épocas- y no encontré ninguna.

Solo me queda desear que alguna editorial, tal vez La bestia equilátera que editó Prohibido morir aquí, se disponga a repetir el esfuerzo. Valdría la pena.

*Graciela Fernández Meijide es una referente de los Derechos Humanos en Argentina.

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