Daniel Guebel
Daniel Guebel

Daniel Guebel es el ganador del Premio Nacional de Literatura en el género novela por su libro El absoluto, una obra total que recorre la saga de una familia de genios a lo largo de generaciones y épocas y que tiene un motor común, que es la transformación en el campo de las ciencias, la música, el pensamiento, la política.

Guebel es un autor prolífico y su obra siempre ha sido recibida con el favor de la crítica, además de ganar la simpatía de los lectores. Este año publicó la novela El hijo judío, una narración íntima y corta sobre la relación de un Daniel, que bien podría ser el mismo Guebel, con su padre en las postrimerías de la vida. La novela es de una alta emotividad y transita los caminos en los que los hijos muchas veces acompañan a sus padres, antes del final. Sobre estos textos y algunos otros tópicos que se desprenden de las novelas conversó Infobae Cultura.

Estamos con Daniel Guebel, ganador del último Premio Nacional de Literatura, felicitaciones.

–Gracias.

En los premios literarios se da una diferencia, por ejemplo, con los físicos, donde quien corre más rápido una carrera, gana. ¿Se puede explicar el criterio de por el que se gana un premio literario?

–Bueno, en este caso no he sido jurado si no que me han premiado, así que no podría decirlo. Y hay que hacer una salvedad, porque este es el Premio Nacional en Novela, Liliana Hecker lo ganó en cuento, por lo tanto no es el Premio Nacional para mí. Ahora, ¿qué se premia? No podría decirlo, pero al haber sido premiado así, sólo puedo celebrar la elección realizada al haber mandado mi novela al concurso.

Que se llama El absoluto y que es una novela "total" en algún sentido. Atraviesa una familia y generaciones y generaciones de genios a tal punto que Beatriz Sarlo dijo que era una novela delirante, ¿tiene según tu criterio un impulso de totalidad?

–Sí, yo creo que sí. En el ciclo de mis novelas esta es la más vasta, la más ambiciosa y el libro mismo plantea la totalidad de los personajes en relación con su actividad, ya sea la música, el pensamiento, la política o la ciencia. Se proponen objetivos amplios y generales: transformar la música a tal punto que el único de los personajes basado en uno real que es Alexander Scriabin se plantea con gran tenacidad salvar al planeta Tierra del apocalipsis mediante la práctica de la música, a través de una composición que modificaría el circuito de los planetas. La idea que subyace en el libro es esa idea de Fogwill de que el arte eleva o el arte salva. Para los protagonistas de mi novela, el arte es su pasión y su salvación.

“El Absoluto” (Literatura Random House), de Daniel Guebel
“El Absoluto” (Literatura Random House), de Daniel Guebel

Quizás no con los métodos de la vanguardia, pero sí con ese programa de unir vida y arte y con un salto dialéctico y una nueva situación.

–Podría ser así. Pero también, ¿qué es la vanguardia? Sería el destacamento de avanzada. Pero también se podría pensar como en un pelotón que avanza tan vehementemente que dé la vuelta al mundo y llegue a la parte trasera del ejército que antes lideraba. Uno puede pensar que mi novela es una novela vanguardista o también que es una novela del siglo XVIII, concebida a la manera del siglo XVIII, que atañe a la totalidad de una experiencia.

Podría ser, porque no tendría la intención de ser revulsiva como era el programa de las vanguardias, ¿no?

–Es que si vos tomás a la tradición vanguardista y su rol para espantar al burgués, volverle complicada la lectura o producirle una sensación revulsiva… Mirá, cuando yo publiqué mi segunda o tercera novela, Matilde, salió una crítica que decía que parecía que el autor ignorara todas las características de la vanguardia del siglo XX. Cuando leí la crítica pensé que era el mayor de los elogios, porque yo había escrito ese libro como si ignorara toda característica de la literatura moderna.

Sería la vanguardia de la vanguardia.

–Sí, la ultravanguardia sería una operación reaccionaria no en el sentido político pero sí que encuentra en las formas del pasado los signos del futuro.

El absoluto es también una novela muy erudita. Acerca música, ciencia, pensamiento y política revolucionaria, porque uno de los episodios se refiere a las elaboraciones para crear una política revolucionaria, que es la política total, ya que intenta transformar las relaciones sociales de manera trascendente.

–Sí, y me gusta la palabra trascendente porque la política, cuando intenta cambiar las relaciones sociales, se transforma en una forma profana de la mística. La política de esa naturaleza intenta traer el reino de los cielos a la tierra, invirtiendo el signo del cristianismo, que pensaba que debía hacerse el reino de los cielos en los cielos.

Remitís a San Pablo en un pasaje en el que Lenin se adentra en un monasterio jesuita.

–Exactamente, una universidad jesuítica, Lovaina

Y si se piensa en los jesuitas como los católicos del poder, se puede pensar a los bolcheviques como los socialistas del poder.

–Hay en mi novela un punto donde se unen marxismo y cristianismo. De Cristo se sabe que, durante un tiempo, no se supo dónde andaba. De Lenin también en su propia biografía hay dos años que no se sabe exáctamente qué hizo. También se dice que Lenin decide lanzarse a la revolución luego de una ida consigo mismo a Siberia, donde se encuentra. En mi novela, un Lenin camuflado visita el monasterio de Lovaina y discute con el principal sobre cómo se hace una revolución en base a que San Pablo había inventado un sujeto revolucionario, es decir, cómo se inventa un sujeto revolucionario tal como San Pablo había inventado un sujeto religioso.

Y es un debate que se da en la actualidad, donde debaten a Lenin desde San Pablo pensadores como Alan Badiou o Slavoj Zizek.

–Yo utilicé el libro de Badiou para tomar algunos términos sobre ese debate. De todos modos, mi idea era anterior a Badiou y Badiou cae en mis manos. ¿Qué pasa centralmente en mi novela? Por un lado, hay una cuestión de la pérdida. En mi novela hay una cuestión de la pérdida en el sentido de unos personajes que se van ligando a través de un legado familiar, donde cada hijo quiere rescatar algo de su antecesor, la herencia de su antecesor. Cada hijo toma algo de su propio padre y, por el otro lado, el antecedente histórico en el que me basé es el Quijote. Creo que es una novela quijotesca en el sentido de que los protagonistas quieren cambiar una realidad insatisfactoria y esa es la particularidad del fundador de la escuela jesuítica porque Ignacio de Loyola era un soldado. Estaba protegiendo un castillo y una salva de cañones le pega en una pierna y entonces se ve obligado a guardar reposo. Pide novelas de caballería, pero sólo está la Biblia en ese castillo. Entonces lee la Biblia, la lee como un militar y decide fundar una orden disciplinada para conquistar el corazón de los infieles.

Hace poco también publicaste otra novela que si uno piensa en El absoluto, que sería esa novela total, abarcadora, se podría pensar en El hijo judío como una novela íntima, de un relato personal de la despedida a un padre.

–Sí, antes de que mi padre muriera.

Vamos a contar un poco porque se trata de un relato que va desde la propia infancia al momento de la enfermedad de una persona mayor, pero que hacen a tu propia experiencia, ¿no? El protagonista de la novela podría ser el protagonista de esta entrevista, más allá de que no pueda haber esa traslación del Daniel Guebel textual a la vida misma.

–¿Qué es la experiencia para un escritor? Es una materia que puede moldear plásticamente y yo puedo trabajar hechos de mi biografía, pero en el momento en el que los escribo ya dejan de ser reales. El orden de la experiencia tiene un diferencia con el orden de la escritura. ¿Me pasó lo que yo cuento? Yo cuento que me pasó. Pero cuando lo escribo ya no lo sé. El tema está problematizado en el mismo texto: yo narro experiencias que después me pregunto si fueron ciertas o si las estoy fabulando.

O episodios que al principio no aparecían en el texto, como cuando recuerda de pronto que su padre le contaba cuentos y entonces le puede agradecer su amor por la literatura.

–Esa es también una narración imaginaria, porque el narrador tiene nombre pero no apellido, por lo tanto podría ser cualquier otro Daniel y porque en el momento en que se cuenta un cuento es un cuento lo que se cuenta y no parte de una biografía. Yo me di cuenta de esto al escribir otro libro, Derrumbe, en el que quería contar el padecimiento de mi separación. Apenas me senté a escribir, me di cuenta de que la materia tiene tantas intensidades porque el sufrimiento tiene estructura de relato y eso me obliga a organizar las cosas de una u otra manera.

El Hijo Judío
El Hijo Judío

¿Pero también se puede pensar en términos de autobiografía?

–No tengo problemas en pensarlo en términos de autobiografía si aceptamos que no hay manera de que la escritura no sea otra cosa que autobiográfica. No en el sentido de Flaubert y su "Madame Bovary soy yo". En el sentido de que es imposible para mí si no hay un asunto de orden subjetivo.

La audiencia debería saber que es un libro muy emotivo, que provoca gran emoción. ¿Te produjo esa emoción escribirlo?

–En términos absolutamente personales… A ver. Mi padre tuvo un ACV en 2011, a partir de ese momento sus condiciones de vida cayeron abruptamente. Durante un año vivió en mi casa, luego tuvo problemas de salud de todo tipo, operaciones de todo tipo. Ocuparse de él era cada vez más acuciante y una actividad más dolorosa porque uno sabía que todo iba a un resultado, que era que su vida se desmoronaba en el peor de los sentidos. Yo no quería que fuera a un geriátrico, quería que viviera en su casa y en lo posible que muriera allí, que es lo que finalmente ocurrió después de que yo publiqué el libro. Y era muy difícil para mi hermana y para mí… Hay un discurso ridículo ahora que dice que la especie humana va a arribar a la inmortalidad. En algún momento, el sujeto quiere dejar de experimentarse a sí mismo y aún si hubieran esas condiciones, también hay declinaciones que son inevitables. De mi padre nos ocupábamos mi hermana, mi hija, tres señoras, yo, los médicos. Imaginate una sociedad planetaria de inmortales: es la utopía de una sociedad esclavista. Y en ese circuito, porque uno desea el bien de los padres, pero también el fin de su sufrimiento y también el fin de propio cansancio, el dolor, el saber de la pérdida, saber que eso se va a terminar y por el bien de él y por el bien propio, derivan en un libro que tiene ciertas complejidades emocionales. De hecho yo publiqué El hijo judío y seguí escribiendo partes. Si se reeditara, las agregaría. Era un libro que venía acunándose en mí desde hacía mucho tiempo.

Vos citás la Carta al padre, de Kafka. ¿Se puede pensar como una relectura? Si la carta de Kafka al padre es demoledora, en El hijo judío también se empieza por una posición demoledora del padre.

–La Carta al padre es el intertexto con el que yo escribo El hijo judío. Cuando yo la leí de adolescente, yo compraba cualquier afirmación de Kafka respecto de los hijos. Kafka nunca fue padre. Cuando yo mismo fui padre me dije: "Kafka falla al caracterizar a los padres, porque no hay manera de que un padre acierte". Además, es condición necesaria que el padre no acierte para que el hijo se pueda separar. Los reproches que Kafka le hace al padre son los reproches de alguien que no se ha podido separar del padre. Y que además no ha sido tan maltratado por su padre. Pero Kafka tiene una prosa extraordinaria y una inteligencia poderosísima que no le impiden escribir la respuesta imaginaria que el padre le da a él. Si Franz le dice a su padre, Hermann: "Vos no me entendiste, vos eras un farsante" también el padre le dice: "Insecto, débil, miserable, qué me reprochás a mí, que tuve que deslomarme para construir mi propia familia". Entonces, con cierto humor yo le digo a Kafka: "Vos no entendés y qué jodés tanto, si a mí mi padre me trató peor que el tuyo".

Un Kafka reloaded. Para terminar, el Premio Nacional coincidió con un hecho que podría ser considerado un homenaje.

–Al mes de su muerte, el día que uno percibe el dolor de su ausencia, me llamaron para decirme que había ganado el premio Nacional. Eso me produjo preguntarme qué podría haberle dicho yo a mi padre. Por un lado, mi padre hace mucho no podía leer. Luego, yo había escrito El hijo judío sabiendo que mi padre no iba a poder leer ese libro. Si él hubiera podido leerlo, no lo habría publicado con él en vida.

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