
¿Por qué concebir la definición de enfermedades mentales como un hecho patológico? Establecer una ideología de la normalidad crea un campo discriminado. Para G. Canguilhem, definir un concepto significa formular un problema. No es esto lo que ocurre con la fabricación de etiquetas, donde más bien impera lo que podría definirse como un estado de confusión generalizado.
Semánticamente, lo patológico es designado a partir de lo normal. Es indudable que existe un modo de considerar "lo diferente" a partir de una frecuencia estadística. Ahora bien, si la salud perfecta es una entelequia, entonces la normalidad también lo es. ¿Y qué ocurre entonces con lo patológico? Es necesariamente parte de la norma. Para decirlo sin rodeos, se vuelve territorio de la normalidad. ¡Vaya paradoja!
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Thomas Szasz afirmó en uno de sus libros que los diagnósticos psiquiátricos son utilizados como cachiporras semánticas. Tomemos un hecho histórico. En 1968, el DSM II (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) clasifica a la homosexualidad como una desviación sexual incluida en los trastornos de personalidad. En el DSM III, publicado el 15 de diciembre de 1973, ya no aparece el término "homosexualidad" en la lista de enfermedades. Por lo tanto, quienes tenían un trastorno mental hasta el 14 de diciembre inclusive, quedaron curados por redacción al día siguiente.
El Comité Directivo de la Asociación Psiquiátrica Americana aprobó esta medida con 13 votos a favor y 2 abstenciones. ¿Por votación? Sí. Pero eso no es todo, aún falta contar un experimento que fue -de alguna manera- el disparador del Diccionario de Psicopatología Fantástica (Ediciones Biebel).
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El célebre experimento de Rosenhan fue realizado por el psicólogo estadounidense David Rosenhan. Se publicó en la revista Science, en 1973, bajo el título "On Being Sane in Insane Places" (Estar sano en lugares insanos). Constó de dos partes.
En la primera, colaboradores (pseudopacientes) simularon alucinaciones auditivas en 11 hospitales psiquiátricos de los Estados Unidos. Todos fueron diagnosticados, admitidos e internados como psicóticos. Los médicos no consiguieron detectar a ninguno de los fingidores.
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La segunda parte del experimento se llevó a cabo cuando uno de los hospitales desafió a Rosenhan para que le enviara pseudopacientes. Rosenhan aceptó. En las semanas siguientes, de los 193 pacientes que se presentaron en la institución, 41 fueron identificados como pseudopacientes. Lo curioso es que Rosenhan no había enviado a nadie.

Por éstas y otras razones me dije, ¿por qué no hago un libro y me invento mis propias patologías? Así surgió la idea. Imaginé un diccionario con ilustraciones. Invité a Guadalupe Gómez Pintus -una notable artista plástica de la ciudad de La Plata- a colaborar con ilustraciones. Realizó 29 obras especialmente para el libro.
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Terminó siendo un libro único en su género; participa del ensayo, de la ficción científica ¿y de la literatura fantástica? Neologismos y definiciones paródicas subvierten, a veces con humor y otras con dramatismo, los prejuicios sociales respecto de las clasificaciones de los trastornos mentales. Muchos podrían preguntarse en qué sentido es fantástico el diccionario.
Borges dedica al idealismo de Berkeley dos ideas. Por un lado, propone que la realidad es sueño y, por tanto, lo concreto es apariencia. Por el otro, sugiere que el objeto soñado adquiere tal vida y solidez que disuelve el orden terrestre. Tomando esta última vertiente, escribe un cuento titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius en el que un mundo imaginado por un colegio de sabios adquiere existencia sustancial y sustituye a nuestro planeta.
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Este planeta es una creación de las mentes humanas y puedo afirmar que las clasificaciones, los diagnósticos, suplantan lo singular, lo diferente de cada sujeto. Pretenden universalizar las conductas y signar como trastornadas, aquellas que no forman parte de un orden discursivo. Como en el planeta Tlön del cuento de Borges, los términos inventados en El Diccionario suplantan o hacen desvanecer el sentido de los que, presentándose como verdaderos, flotan en la incertidumbre. También hice propio el procedimiento borgiano de inventar autores y citas apócrifas o deformadas. Pero claro está, no siempre.
En la segunda parte del libro se incluye un dossier con noticias históricas sobre la salud mental. Noticias que parecen increíbles, y son, en su mayor parte reales. Traté de usar un lenguaje coloquial, sin banalizar las ideas. Creo que lo logré.
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El libro es presentado por Pipo Cipolatti y cuenta con prólogos de Roberto Papateodosio y el madrileño Luis Antonio de Villena, quien tuvo la exagerada generosidad de comparar al Diccionario de Psicopatología Fantástica con Elogio de la locura de Erasmo de Róterdam.
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