Ernesto Sabato, borrado del canon literario argentino
Ernesto Sabato, borrado del canon literario argentino

Un excelente artículo de Edgardo Scott publicado recientemente en Infobae se hacía la pregunta acerca de quién es el número 2 en el ranking de escritores argentino, dando por sentado que Borges ocupa el primer lugar. Varios destacados especialistas responden y desfilan autores de distinta laya pero unánime calidad: Arlt, Girondo, Saer, Walsh, Aira, Gombrowicz, Marechal, Piglia, Sarmiento, Cortázar, Puig y más. También se rescata a algunas mujeres como  Victoria Ocampo,  Hebe Uhart,  Sara Gallardo, Elvira Orphée, Sylvia Molloy, María Moreno,  Mariana Enríquez, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin, entre otras.

No deja de llamar la atención la ausencia, entre tantas y tantos, de uno de los pocos autores nacionales que recibiera el Premio Cervantes de Literatura, por muchos considerado el premio más importante de las letras castellanas. Ello está en línea con la poca gente y escasos colegas que concurrieron a su entierro en el "Jardín de Paz" de Malvinas Argentinas. "En España, en Francia, tratábamos con escritores de modo normal, suelto. Aquí no han ido escritores a su entierro, no más que dos o tres. Era políticamente incorrecto ir al entierro de Ernesto", recordó Elvira González Fraga, quien lo acompañó en la última etapa de su vida. Las notas necrológicas, en general, fueron ambivalentes mechando elogios con críticas.

La inicial vocación de Ernesto Sabato (de él estoy hablando por supuesto), nacido en Rojas, provincia de Buenos Aires, fue la Física y las Matemáticas. Se doctoró en la Universidad de La Plata. Mientras cursaba militó políticamente en el comunismo y a sus 22 años fue elegido secretario de la Federación Juvenil Comunista. En ese mismo año había fundado "Insurrexit" junto con otros jóvenes entre los que se encontraba Héctor Agosti.

Al año siguiente fue designado presidente de la delegación de la juventud comunista argentina que concurrió a un congreso contra el fascismo y la guerra que tuvo lugar en Bruselas. Pero entonces sucedió algo que marcaría la vida de Sabato hasta su fin: comenzó a dudar y a criticar al régimen stalinista, señalando contradicciones con la letra marxista. Ello era imperdonable para un sistema político que exigía obediencia verticalista a ultranza y que no ahorraba purgas y asesinatos a civiles y militares caídos en desgracia a veces por simples e indemostrables sospechas. La paranoia del joven Sabato se acentuó cuando fue invitado a desplazarse a Moscú para recibir cursos sobre marxismo. Se trataba de las célebres "reeducaciones" que solían terminar en cárceles o instituciones psiquiátricas.

Decidió entonces desertar y huir a París donde trabajó durante un tiempo en eI Instituto Curie. Pero lo que allí descubrió fue su vocación artística que lo llevó a interactuar con los surrealistas que convergían a la capital francesa: Wilfredo Lam, Oscar Domínguez, Benjamín Péret, Tristan Tzara y otros. Finalmente, cuando regresó a la Argentina, la decisión estaba tomada: abandonó la ciencia para entregarse a la literatura. Así lo hizo con pasión por lo que restaba de su vida, dando a luz tres novelas: "El túnel", "Sobre héroes y tumbas" y "Abaddón el exterminador". También se destacó como ensayista, autor de libros como "Uno y el Universo", "Hombres y engranajes", "El escritor y sus fantasmas" o "Apologías y rechazos".

"El túnel" lo catapultó al reconocimiento fuera de nuestras fronteras cuando Albert Camus, lector de la editorial Gallimard, recomendó su publicación. "Admiré su sequedad, su intensidad y aconsejé a Gallimard su traducción al francés. Espero que encuentre en Francia todo el éxito que merece". No fue el único que se expresó elogiosamente. Graham Greene: "Tengo gran admiración por El túnel, por su magnífico análisis psicológico. No puedo decir que lo haya leído con placer, pero sí con absoluta absorción". También Thomas Mann fue entusiasta.

Influido por su conocimiento en proximidad de la Revolución Rusa , movido por su honestidad, Sabato hizo públicas sus críticas a Stalin y su régimen mucho antes que lo hicieran Octavio Paz, Bernard Henri Levy, Vargas Llosa y otros tardíos conversos. Ello le valió la repulsa de sus hasta entonces camaradas quienes no ahorraron denostaciones y saboteos cuyos efectos parecerían durar hasta hoy. Eran aquellos tiempos de Guerra Fría también en lo cultural, campo en el que el marxismo vencía al capitalismo con una fuerte capacidad de establecer cánones de prestigio y fama. Muchos se preguntaron y siguen preguntándose si Neruda o Picasso hubieran tenido tanto reconocimiento, por otra parte bien merecido, de no haberse afiliado al comunismo. Esa misma capacidad de elevación lo tenían de hundimiento .

Pero Sabato ganó críticos no sólo por estas razones sino que la volubilidad de su carácter lo llevó a manifestarse a favor del insistente golpismo vernáculo aunque luego se reconocía arrepentido de sus dichos o los contradecía sin rubor.

Cuando en junio de 1966 el general Juan Carlos Onganía derrocaba al presidente constitucional Arturo Illia declaró: "Creo que es el fin de una era. Llegó el momento de barrer con prejuicios y valores apócrifos que no responden más a la realidad. Debemos tener el coraje para comprender (y decir) que han acabado, que habían acabado instituciones en las que nadie creía seriamente. ¿Vos creés en la Cámara de Diputados? ¿Conocés mucha gente que crea en esa clase de farsas? Por eso la gente común de la calle ha sentido un profundo sentimiento de liberación".

Ya antes había festejado el derrocamiento de Perón en 1955: "En toda revolución hay vencidos. En ésta los vencidos son la tiranía, la corrupción, la degradación del hombre, el servilismo. Son vencidos los delincuentes, los demagogos, los torturadores". Pero luego renunció a la dirección de una publicación oficial cuando advirtió que el golpe no había sido contra Perón sino contra los logros sociales del peronismo, y que para ello no se ahorraban cárceles, torturas y fusilamientos.

En 1961, trece años después de "El túnel", vio la luz "Sobre héroes y tumbas", obra que revolucionó la literatura argentina por fondo y forma, e influyó grandemente en varias camadas de escritores contemporáneos. Hasta quienes no simpatizaban con él, como Abelardo Castillo escribió "Es una novela infernal, a veces intratable, pero se trata de uno de los grandes momentos de nuestra literatura".

El almuerzo que lo cambiaría todo

Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges posan junto a Rafael Videla
Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges posan junto a Rafael Videla

Pasarían años tumultuosos y sobrevendría el tristemente célebre almuerzo con Videla. A su fin, Jorge Luis Borges, de quien se descontaba el apoyo a la Dictadura, se escabulló sin que los periodistas y fotógrafos se ocuparan de él. Leonardo Castellani, el jesuita escritor, se mantuvo en un segundo plano y César Ratti, un oscuro presidente de la SADE, no disputó el inevitable protagonismo de Sabato ante el periodismo.

Pude conversar con él sobre lo sucedido en ese día aciago que marcó el resto de su vida y que ninguna de las necrológicas pasó por alto. Negó que lo que los medios transcribieron fueran sus palabras: "Hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo. En ningún momento el diálogo descendió a la polémica literaria o ideológica, tampoco incurrimos en el pecado de la banalidad. Cada uno de nosotros vertió, sin vacilaciones, su concepción personal de los temas abordados". Para empeorarlo aún más: "El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente". Lo curioso, sólo explicable por la animosidad que Sabato despertaba en sectores del influyente izquierdismo y progresismo del mundo literario, es que hasta hoy se dieran por ciertas esas manifestaciones evidentemente amañadas por la propaganda oficial.

Le pregunté si no había sido claro para él que se trataba de una trampa y que su presencia iba a ser vilmente utilizada. ¿Por qué había concurrido? Porque, según me dijo, los hijos de Haroldo Conti le habían pedido que asistiera para pedir por su padre, secuestrado dos semanas antes. Sin embargo no fue Sabato sino el cura Castellani quien formuló el reclamo.

Cabe la reflexión: ¿era posible, apenas dos meses luego de haber asaltado el poder, en pleno auge de una represión carnicera, negarse a una invitación de Videla? Es casi seguro que se hubiera respetado su vida pero ¿si se tomaban represalias contra sus seres queridos? ¿Hubiera podido seguir viviendo en la Argentina? Sabato eligió no exiliarse a pesar de presiones en ese sentido de parte de colegas en el destierro quienes le enrostraban que su presencia era interpretada en el exterior como un apoyo a la tiranía. Por el contrario, Sabato criticaba a los que se habían ido, como también lo hicieron Castillo y Liliana Hecker, lo que fue claro en una carta a Daniel Moyano, dicho sea de paso un gran escritor que aún espera su valorización. "La inmensa mayoría de sus escritores, de sus pintores, de sus músicos, de sus hombres de ciencia, de sus pensadores, están en el país y trabajan", para después afirmar que "cometen una grave injusticia los que están fuera del país pensando que aquí no pasa nada y que todo es un tremendo cementerio" .

En la misma nota, mezclando bronca y soberbia, Sabato extendió su ataque: "Sería aleccionador averiguar desde qué lugar del mundo esos infamantes hicieron críticas contra la dictadura militar. Que yo sepa procedían desde el extranjero, desde el Café de Flore, desde México, siempre bien lejos de la policía y de las fuerzas armadas. Aquí nos jugamos la vida, con las amenazas más terribles", señalaría. En ese mismo sentido, diría en 1994: "Es muy fácil acusar a alguien desde el exterior. Yo, en cambio, enfrenté a la dictadura sin moverme de mi casa de Santos Lugares".

El reproche que cargó Sabato toda su vida no rozó a Borges quien no necesitó de intermediarios para dar su versión del almuerzo:  "Le agradecí personalmente (a Videla) el golpe de Estado del 24 de marzo que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado la responsabilidad del gobierno. Yo, que nunca he sabido gobernar mi vida, menos podría gobernar el país".

¿Pudo haber evitado Sabato su compromiso con el Mundial del 78, en cuya ceremonia final entregó una copa a Menotti ante la presencia de la Junta gobernante? Años después, cuando la Dictadura ya mostraba signos de debilidad su mensaje se endureció: "En ciertos casos la rebelión armada ha sido necesaria, y seguramente seguirá siendo necesaria, si se tiene en cuenta la ferocidad con que los egoístas se aferran a sus privilegios".

Críticas y traiciones

La sinceridad de esta convicción quedó demostrada cuando aceptó hundirse en el infierno de las investigaciones sobre los horrores del Proceso luego recopilados en el "Nunca más", de gran utilidad en los juicios a los ominosos torturadores y desaparecedores. Sin embargo, ello no calmó a sus críticos que se ensañaron con el criterio de los "dos demonios" en el prólogo escrito por el mismo Sabato y que fuera eliminado y sustituido en ediciones de años después.

Sus críticos no parecían tener descanso y Sabato siempre vinculó dicha animosidad con la "traición" de su juventud. "Quiero agregar algo que me indigna: esos detractores, la mayor parte estalinistas, incluyendo grandes escritores, jamás denunciaron los horrores de aquella dictadura en la Unión Soviética"

El caso Sabato merece indagarse más allá de las vicisitudes personales. Osvaldo Bayer, cruel, dice que Sabato "es el intelectual que mejor refleja a la clase media argentina, esa clase que miró con simpatía el advenimiento de los dictadores, que salió a festejar el triunfo del mundial o el desembarco en Malvinas mientras en la esquina de su casa torturaban a sus vecinos y se apropiaban de sus hijos".

Propuesto para el Nobel de 1997 cosechó significativos elogios: "Querido Ernesto, entre el temor y el temblor transcurren nuestras vidas, y la tuya no podía ser excepción. Pero tal vez no se encuentre en los días de hoy una situación tan dramática como la tuya, la de alguien que, siendo tan humano, se niega a absolver a su propia especie, alguien que a sí mismo no se perdonará nunca su condición de hombre. No todos te agradecerán la violencia. Yo te pido que no la desarmes. Cien años, casi. Estoy seguro de que al siglo pasado se le podrá llamar también el siglo de Sabato, como el de Kafka o el de Proust" (José Saramago, Premio Nobel de Literatura

Debo confesar que siento simpatía por Sabato. Le agradezco haber accedido a presentar una novela mía cuando regresé temprana y algo imprudentemente de mi exilio cuando aún gobernaba el Proceso. Su "Sobre héroes y tumbas" me influyó hondamente, en lo literario y en lo humano, mucho más que el algo pretencioso "Abbadón", como lo hizo también con muchos de mi generación, un antes y un después en la literatura argentina, lo que hoy parecería no olvidado sino negado. "El informe de ciegos" es, a todas luces, un texto relevante, inspirado que, creo, cualquier escritor desearía propio.

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