
En estos días, para nosotros, lectores, reverdeció el dolor por las letras perdidas, por el pensamiento apagado. La muerte de Abelardo Castillo se sumó a una extensa lista de duelos acuñada en los últimos seis meses: Laiseca, Piglia, Ludmer, Andrés Rivera, todas ausencias que castigan el hueso mismo de la literatura argentina.
Escribí -en estos días- un post en mi FB contando un par de anécdotas que recordaba de Abelardo (así se lo conocía, por su nombre: todos siempre sabíamos de quién estábamos hablando). Contaba que, por ejemplo, en su momento me pidió no escribir la nota necrológica de Ernesto Sabato por anticipado porque le hacía daño, yo trabajaba en Clarín y buscábamos prepararnos para lo que parecía inminente. "No me hagas eso, Hinde. No me hagas escribirla ahora; cuando llegue el momento yo la hago seguro, antes no, por favor", me respondió entonces. Hoy pienso que tal vez fue esa respuesta reticente la que funcionó como conjuro ya que don Ernesto vivió finalmente mucho más de lo previsto.
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Recordaba también otra imagen, la de Abelardo arriba de una calesita, a pedido de Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo de los escritores. Con Daniel estábamos trabajando en un libro que finalmente no fue y les pedíamos a los autores que eligieran un lugar de Buenos Aires que les significara mucho. Allí íbamos y mientras Daniel los fotografiaba, yo los entrevistaba. A su turno, Abelardo eligió Plaza Irlanda y Mordzinski, pícaro como siempre, la calesita. Esa tarde ahí estaba el escritor, serio y adusto, tomado de una de las barras que atraviesan los caballitos de madera, mirando hacia un horizonte desconocido y posando para una posteridad desconocida. Abelardo en el carrousel…
Un rato antes de escribir esos recuerdos -hoy que todos somos cronistas de lo efímero- había leído en un post ajeno este fragmento lacerante de un texto del propio Castillo, creo que de Crónica de un iniciado.
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"Nadie busca a otro cuando recuerda, por más que lo haya amado; sólo intenta recobrar lo que era él cuando existía el otro.
Creemos llorar a un muerto y lloramos por nosotros mismos. creemos evocar a una mujer y sólo anhelamos sentir, ver, tocar, lo que sintió, vio y tocó nuestro propio cuerpo. La memoria es hermana de la muerte; hace vivir lo que fuimos a expensas de la verdadera vida, que sucede y se agota ahora. Sin embargo, para ciertos hombres no hay vida más intensa que ese perpetuo regresar; y tal vez algunos consiguen el milagro de instalar el pasado en el presente.
Todo consiste en convivir ahora con los fantasmas de otro tiempo, traerlos de allá como se podría traer un objeto de un sueño (…)"
Lo que estas líneas hacen pensar, inequívocamente, es cuánto de nosotros se va con cada uno de los seres queridos que mueren, cuánta historia, cuánta juventud y cómo la melancolía, entonces, tiene que ver finalmente con uno mismo; es decir, cómo la pérdida no hace más que reflejar la memoria de todo aquello que uno ya no es: eso es la tristeza, decía Castillo, pensamos todos.
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Mi amigo Fernando mandó enseguida un mensaje por inbox: lo que escribiste me recuerda a "Burla Burlando ya van seis delante", de Cortázar, me escribió. Hablaba de un pequeño texto que está incluido en Un tal Lucas (Alfaguara) y tenía razón Fernando. Cortázar ya había escrito sobre esa angustia que a medida que nos ponemos grandes nos roe el alma con cada muerto querido mucho mejor que yo y que cualquiera. Ese texto es el que comienza con este puñal: "Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes".
Acá lo transcribo, para no leerlo sola. La tristeza no se va, sigue latiendo, pero hay un consuelo: la literatura sigue viva.
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"Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente. A veces ya no pensábamos tanto en ellos, se habían quedado atrás en la historia; other voices, other rooms nos reclamaban. De alguna manera estaban siempre allí, pero como los cuadros que ya no se miran como al principio, los poemas que sólo perfuman vagamente la memoria.
Entonces —cada cual tendrá sus sombras queridas, sus grandes intercesores— llega el día en que el primero de ellos invade horriblemente los diarios y la radio. Tal vez tardaremos en darnos cuenta de que también nuestra muerte ha empezado ese día; yo sí lo supe la noche en que en mitad de una cena alguien aludió indiferente a una noticia de la televisión, en Milly-la-Forêt acababa de morir Jean Cocteau, un pedazo de mí también caía muerto sobre los manteles, entre las frases convencionales.
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Los otros han ido siguiendo, siempre del mismo modo, la radio o los diarios, Louis Armstrong, Pablo Picasso, Stravinski, Duke Ellington, y anoche, mientras yo tosía en un hospital de La Habana, anoche en una voz de amigo que me traía hasta la cama el rumor del mundo de afuera, Charles Chaplin. Saldré de este hospital. Saldré curado, eso es seguro, pero por sexta vez un poco menos vivo".
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*El texto "Burla Burlando ya van seis delante" se reproduce con la autorización de Penguin Random House
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