Daniel Divinsky: “¿Mi mayor acierto como editor? Manejarme siempre con el olfato"

Un día Quino le hizo una pregunta a Daniel Divinsky que cambiaría su vida: "¿Por qué no editan ustedes Mafalda?". Comenzaba la década del setenta y ese hombre tímido y de voz finita venía de atravesar un pleito con su editor de entonces por los derechos de autor. Divinsky, que unos años antes había fundado Ediciones de la Flor con Tito Finkelberg y que nunca había hecho una edición de más de tres mil libros, aceptó el reto y a los pocos días despachaban 200 mil ejemplares. Cuarenta y siete años después, Divinsky está sentado en el estudio de Infobae y abriendo los brazos dice que es imposible saber cuál es la cifra exacta que vendió la amiga de Felipe y Manolito que odia la sopa.

¿Cuántos son los argentinos que alguna vez tuvieron un ejemplar de un libro editado por Daniel Divinsky? ¿Son muchas las bibliotecas familiares en las que faltan Quino, Fontanarrosa o Walsh? Es posible pensar que sean muy pocas y que millones de argentinos, al menos una vez, tomaron en sus manos un producto que salió de esa usina de literatura, humor, teatro, filosofía e ilustración que desde hace cincuenta años es Ediciones de la Flor.

Alejado desde 2015 -y en medio de una sonada disputa- de la editorial que condujo durante casi medio siglo junto a Ana María "Kuki" Miler, su pareja durante décadas, hoy única directora de De la Flor, es un buen momento para convocar a Divinsky a recorrer su vida como editor que nació en la Universidad de Buenos Aires como rechazo a la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Divinsky así cuenta su comienzo: "Empezó en relación con el Derecho. Mientras estudiaba tenía a Jorge Álvarez, que después fue un importantísimo editor en los sesenta, como compañero en el Cine Club Núcleo. Álvarez trabajaba en una librería jurídica y a los que nos conocía nos vendía libros jurídicos con descuento. Muy poco tiempo después renunció a la editorial y puso su librería, se convirtió en el cafishio de las inquietudes intelectuales de sus amigos; todos teníamos ganas de colaborar en un libro o hacer algo. Traduje un libro del inglés al castellano, Reflexiones sobre la Revolución cubana, de Paul Baran, hice el editing de algunos libros como El diccionario del diablo, de Bierce, que lo había traducido Rodolfo Walsh y el Diccionario de lugares comunes, de Flaubert, que los traductores lo habían traducido en el orden alfabético de las palabras en idioma original y tuve que ordenarlos alfabéticamente en castellano. No existía el cut and paste en ese momento, así que era una tijera, la cinta scotch y los papeles desparramados en la mesa del comedor de mi casa".

—Después de trabajar un tiempo así crean De la Flor. ¿Es cierto que Pirí Lugones le dice: "Ustedes quieren crear una flor de editorial" y así nace el nombre?

—Es más o menos así. Primero, el origen tiene que ver con el golpe de Estado del 66 que interviene la Universidad y yo, muy insatisfecho con el ejercicio de la abogacía, había empezado un curso para graduados de sociología. Se produce el golpe de Onganía, echan a la mayor parte de los profesores con los que estaba cursando y me quedé sin horizonte. Habíamos decidido, con mi socio abogado, poner una librería y juntamos capital: mi papá me prestó 150 dólares y a él también y vimos que con eso no nos alcanzaba ni para pagar la llave del local. Entonces Álvarez dijo: "¿Y si ponen ese dinero para comprar unos derechos y yo pongo mi crédito y hacen una editorial?". Así nació el proyecto y hubo una reunión de lo que se llamaba "tormenta de cerebros" en la publicidad de ese momento. Los apellidos de los socios eran impronunciables: Divinsky y Finkelberg, todas las expresiones medio poéticas quedaban mal y empezamos a hablar de qué autores íbamos a publicar. Estaba Pirí Lugones, que coordinaba esos encuentros, dijo: "Bueno, entonces ustedes quieren hacer una flor de editorial", y ahí quedó.

Paradiso de José Lezama Lima fue nuestro primer éxito editorial

—¿Esto significa que en un comienzo la piensan con traducciones?

—Eso era contrariamente a la ideas de la época. Pensá que en 1966 se organiza la editorial y decidimos empezar con dos libros totalmente nacionales. Lo primero fue una antología de cuentos sobre Buenos Aires que empezaba con la frase de Ulrico Schmidt y terminaba con un cuento que escribió especialmente David Viñas, que se llamaba "Buenos Aires primera capital socialista de América del Sur", que era un delirio donde las multitudes marchaban hacia el Obelisco cantando canciones de Tejada Gómez y que, creo, es el único texto con humor que escribió Viñas. Entre medio había un texto que nos regaló [Julio] Cortázar, un cuento inédito de Walsh, datos del censo de esa época que enumeraba la cantidad de cretinos que había en Buenos Aires y el otro lo sugirió Pirí Lugones, con el sano argumento de que una editorial nueva jamás iba a conseguir libros de autores como [Jorge Luis] Borges, [Ernesto] Sábato, [Manuel] Mujica Láinez, Abelardo Castillo o el mismo Walsh. Ella dijo: "Son tan vanidosos que si les preguntan cuál es su cuento favorito de la literatura universal y les piden que escriban un prologuito explicando por qué, nadie va a decir que no". Efectivamente, funcionó. Hablé con Borges y eligió "Wakefield", de [Nathaniel] Hawthorne y cobró 100 pesos de la época; Sábato eligió "Bartleby", de [Herman] Melville y el más original fue Abelardo Castillo, que eligió "La sirenita", de [Hans] Andersen. Walsh eligió un cuento vietnamita anónimo del siglo XVII que creímos que era un invento de él, hasta que hace un tiempo apareció en una antología de literatura oriental. Eso se llamó El libro de los autores.

—¿Volvió a hablar con Borges de esa elección?

—Muchos años después, en el exilio en Venezuela, Borges fue a firmar libros a una librería que estaba cerca de mi casa y lo fui a ver. Lo saludo y le recuerdo quién era, porque obviamente no tenía idea y me dice: "¿Y yo cuál elegí?". Y le dije. "¿Y Sábato cuál eligió?". Y le dije. Entonces medita un poco y me dice: "El mío es mejor".

Quino junto a su editor Daniel Divinsky
Quino junto a su editor Daniel Divinsky

—Al poco tiempo, un nuevo golpe de Estado que además es más violento y que a Kuki y a usted los meten presos por un libro infantil. ¿Es así?

—En el 73 voy por primera vez a la Feria de Frankfurt. Estoy buscando textos y en una pequeña editorial alemana de Berlín occidental encontré un libro que me pareció lindísimo, Cinco dedos. Los autores eran un colectivo de libros para niños de Berlín, o sea que ni siquiera había una autoría individual. Era una versión de la historia según la cual la unión hace la fuerza. Cinco dedos de la mano están enemistados entre sí, hay otra mano que los maltrata y los persigue hasta que descubren que cinco dedos de la mano forman un buen puño. Como la mano que forma el puño era roja y la mano que la perseguía era verde, el libro fue prohibido porque un coronel de una guarnición del sur dijo que era una clara alusión a la lucha de la subversión contra los militares. Un disparate, pero de esos disparates murió mucha gente. Fueron 127 días presos a disposición del Poder Ejecutivo.

—¿Salen y parten al exilio?

—Elixio no obligado, pero prudente. Un periodista amigo nuestro dijo: "Mi problema con ustedes es que antes no los conocía nadie y ahora los conoce gente que en esta descentralización de la represión puede tomar medidas por su cuenta y ser fatal". Me costó mucho convencer a Kuki, teníamos un hijo de dos años y medio que no tenía pasaporte y a la semana de haber salido fui al Departamento de Policía a sacárselo y partimos sin destino fijo. Nos liberaron el 23 de junio en una suelta de presos que hicieron para el Día de la Bandera; en los feriados nacionales aprovechaban para mostrarse generosos. Terminamos partiendo el 31 de julio, pero desdoblamos el pasaje a Frankfurt (habíamos sido invitados por el director) para hacer una gira que hacía todos los años por Latinoamérica vendiendo y cobrando, y ya en Frankfurt decidimos que no volvíamos. De paso por Caracas, Ángel Rama, un crítico uruguayo que había sido mi maestro, me consiguió un trabajo y nos instalamos en Venezuela durante cinco años.

—¿Sigue recibiendo originales en Venezuela?

—La editorial sigue editando, manejada con mano maestra por Elisa Miler, que era la madre de Kuki, una señora que había venido a ayudarnos un poquito, mayor pero totalmente lúcida, que manejaba la parte administrativa y se convirtió en editor de un día para otro, e hizo una tarea maravillosa porque conservó las buenas relaciones con los autores, privilegió el pago de los derechos de autor de Quino y Fontanarrosa, que eran el sostén de la editorial y ellos retribuyeron con su lealtad. Siguieron publicando en De la Flor, con editores, entre comillas, prófugos. A los dos nos mandaban originales a Venezuela; de la colección infantil, a Kuki, los otros, a mí. Los leía y aquí una gerente que había tomado Elisa decidía la oportunidad de la publicación, que tenía que ver con que no trabajaban a crédito, trabajaban como un kiosco: cuando estaba la plata, hacían un libro y vivían de las reediciones.

—¿Quino y Fontanarrosa siempre fueron el sostén de la editorial?

—Desde el 70 que empezamos a publicar a Quino y desde el 74 que empezamos a publicar a Fontanarrosa, sin duda fueron los más importantes en materia económica, por la calidad de la obra y por lo prolífico de ambos. Después Walsh, Umberto Eco en su momento y más recientemente Nik, Decur, Liniers, que debutó en De la Flor.

Pasamos de ser una editorial casi amateur a publicar tiradas de 200 mil ejemplares con Mafalda

—¿Qué fue lo primero que publicó de Fontanarrosa?

—Era totalmente desconocido, publicaba en un cuandosepuedario político que se llamaba Desacuerdo que había lanzado un amigo mío contra el proyecto del Gran Acuerdo Nacional de [Agustín] Lanusse, una caricatura política. Luego empezó a publicar en Hortensia. Conseguí su dirección postal y le mandé una carta. Le propuse hacer un libro; me mandó una cantidad de material enorme, muy desordenada y entonces dije: "Como a él no lo conoce nadie, vamos a hacer un libro de gran tamaño" y le pusimos ¿Quién es Fontanarrosa?, con una faja que decía: "Respuesta en la página 3". Y decía que Fontanarrosa era un humorista gráfico rosarino y que colaboraba con la revista Hortensia y con muchas otras revistas, comprándolas, texto que por supuesto redactó él. Ese fue el comienzo de una historia que tuvo más de ochenta libros, entre los de humor gráfico (muchos de ellos que le proponíamos), más las series de Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso. Después empezamos con lo que fue su segundo libro de cuentos, El mundo ha vivido equivocado, que sí me lo mandó a Caracas, lo leí, lo corregí y decidí la publicación y apareció cuando volvimos, a fines del 83.

—¿Ese es el primer libro literario que publican de él?

—Con nosotros, sí. Había publicado antes en una editorial rosarina que se llamaba Signos, Los trenes matan a los autos, con cuentos bastante serios, no todos de humor, que después reeditamos corregidos y con algunos cuentos agregados.

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—¿Después vienen sus novelas?

—Claro, las únicas tres que escribió, pero El área 18 y Best Seller las había publicado en Editorial Pomaire cuando nosotros no estábamos, son anteriores a nuestros libros de cuentos. Nosotros las reeditamos haciendo una corrección de estilo muy cuidadosa y minuciosa, que él no revisó porque me tenía una confianza, injustificada pero me la tenía, porque la edición que había publicado Pomaire era muy descuidada, habían respetado su falta de atención a la continuidad y demás. Después escribió La gansada, que es una novela brillante, en la cual mi hijo Emilio, que la leyó en el original, descubrió que un personaje cambiaba de nombre a cierta altura y conseguimos corregirlo a tiempo.

—¿Cuál fue el primer gran éxito editorial?  ¿Paradiso, de José Lezama Lima?

Paradiso fue el primero por la velocidad en la venta, fenómeno que probó la interrelación con los medios, por lo menos en esa época. Primera Plana era un semanario que formaba opinión, a tal punto que en las listas de best seller una vez incluyeron La regenta, una novela española del siglo XIX y la pedía la gente en las librerías. Hicieron el experimento y empezó a venderse, era lo que se llama en inglés la profecía autocumplida. Cuando teníamos en preparación la edición de Paradiso, Eduardo Stilman, un editor que era muy amigo de Tomás Eloy Martínez, le dijo "Van a sacar esto", y Tomás, que era en ese momento jefe de redacción de Primera Plana, me llamó y me dijo que si demorábamos un par de meses la publicación, iba a Cuba y le hacía un reportaje a Lezama Lima. Viajar en ese momento no se podía directamente, había que ir vía Praga o vía Madrid, lo cual era un tanto complejo. Fue, volvió, escribió un hermoso reportaje, como todo lo que él hacía, y salió Primera Plana con una caricatura de Lezama Lima hecha por Sábat en la tapa y la publicidad en radio era: "Conozca al gran novelista de América Latina, Lezama Lima". Se vendieron 2.800 ejemplares en una tarde. Lo compraron los libreros, no los compró el público, incluso habíamos comprado papel para hacer dos libros y no alcanzaba para hacer tres mil de cada uno, que en aquel momento era la tirada mínima, así que hicimos de un libro tres mil y de Paradiso 2.800, que tenía muchas más páginas y pensábamos que se iba a vender menos, e hizo una carrera de muchísimo tiempo.

—Pero la marca de De la Flor fueron los long sellers…

—Claro, a Mafalda la empezamos a editar en 1970 de resultas de un conflicto que había tenido Quino con Jorge Álvarez, que no le pagaba sus derechos. Recurrió a Finkelberg y a mí como abogados, no podíamos intervenir en un pleito contra Álvarez, que había sido nuestro socio, pero lo derivamos a un amigo que llegó a una solución conciliatoria. La iniciativa fue de Quino, que dijo: "¿Por qué no empiezan a hacer Mafalda con De la Flor?", y ahí cambió totalmente, de una editorial que era casi amateur, que publicaba tiradas de tres mil ejemplares de novelas, pasamos al tomo 6 de Mafalda, que fue el primero que se publicó, cuya primera tirada fue de 200 mil ejemplares en 1970. Estamos en 2017 y Mafalda sigue vendiendo.

—¿Tiene alguna idea de cuánto ha vendido?

—No, es imposible porque las estadísticas se llevaban en unas fichas de cartulina que se disolvieron con la humedad y cuando se empezó a usar la computadora, hace unos años, ya los registros eran incompletos.

De los argentinos contemporáneos, me gustan mucho Sergio Olguín, Pablo Ramos y Samanta Schweblin

 —¿Otro hito fue El nombre de la rosa, de Eco?

—Fue una coedición hecha con la Editorial Lumen de nuestra amiga Esther Tusquets, porque los libros españoles eran muy caros en América Latina y nos cedió los derechos para Argentina, Uruguay y Chile. Eso dio muchísimo a lo largo de los años y después se hizo lo mismo con El péndulo de Foucault, que vendió más rápidamente porque Eco ya era un valor entendido, aunque lo compró mucha gente que tal vez no lo haya leído. Se vendieron 20 mil ejemplares en un par de días; era la época de la hiperinflación y la ganancia que produjo se redujo a cero porque la inflación había comido el ingreso cuando los libreros pagaron a 60 o 90 días los libros que habían comprado.

—¿Hay algún autor que le hubiese gustado editar?

—George Steiner, porque le tengo una gran admiración. Creo que uno de los libros más atractivos que leí en mi vida es un libro de tres nouvelles ambientadas en la Segunda Guerra que se llama Anno Domini: Three Stories, que publicó la Editorial Andrés Bello en Chile y que leí de casualidad. Y del que estoy orgullosísimo de haber publicado y que falleció hace poco tiempo es John Berger, al que le publicamos dos libros, pero me hubiese gustado publicar más, porque le tengo una enorme admiración. Un ser humano de los que no hay muchos.

—¿Cuál cree que ha sido su gran acierto como editor?

—Obedecer sólo a lo que me gusta, haberme manejado siempre con olfato. Nunca una editorial de las dimensiones de De la Flor hizo marketing, porque no había dinero ni se creía mucho en eso. En algunos casos, de Kuki, en algunos casos, mío, significó algunos de los grandes éxitos, también de los grandes fracasos, pero unos compensaron a los otros.

—¿Rechazó algún libro y hoy está arrepentido?

—Hay dos casos: un libro que rechacé y que después fue un suceso mundial enorme pero que no era para De la Flor y me alegro que a la autora le haya ido bien era Cuentos para Verónica, de Poldy Bird, una periodista de una revista femenina muy conocida que se publicó hasta en japonés y vendió miles de ejemplares. La autora tuvo la gentileza de invitarme a una enorme fiesta que hizo cuando salió la décima edición. Después, me cuenta Federico Andahazi, al que encontré en un Premio Planeta, que él había llamado a la editorial para proponer El anatomista antes de todo el escándalo, y que la secretaria le había dicho que no estábamos recibiendo originales, cosa que era cierta. Es un libro que a mí me gustó mucho y me hubiera gustado publicar.

—¿Extraña la editorial?

—No. Como dicen los futbolistas, es una etapa de mi vida, ahora soy un lector autónomo que sólo lee libros encuadernados. Salvo que me tocó ser jurado de un concurso que organizó la Feria del Libro de Buenos Aires. Ahí hubo que leer 15 originales de cuentos que tenían el problema de que en general eran bastante buenos todos. En el jurado estuvieron Pablo de Santis, Antonio Skármeta, Abelardo Castillo y hubo bastante dificultad para elegir. Para darte una idea, de los 15 preseleccionados, sobre 205 originales, 11 tuvieron al menos un voto en la primera votación.

—¿Qué leyó de la literatura argentina reciente que lo haya sorprendido?

—Me gusta mucho Sergio Olguín, por ejemplo, su última novela 1982; me gusta enormemente Pablo Ramos. En esa reunión de jurados, Abelardo Castillo dijo que los dos grandes escritores de la literatura argentina contemporánea, para él, que es un tipo difícil, son Pablo Ramos y Samanta Schweblin. Ella también me gusta mucho.

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