
En una entrevista de trabajo, pequeños detalles pueden inclinar la balanza. Entre ellos, la forma de hablar aparece como un factor silencioso, pero determinante. Un estudio sugiere que el acento, más allá de ser una característica cultural, influye directamente en las oportunidades laborales y en la manera en que una persona es percibida por los demás.
La investigación, desarrollada por el Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico (Cede), puso cifras a una realidad que muchos intuían, pero que pocas veces se había medido con precisión en Colombia. El análisis evidenció que ciertos acentos, particularmente aquellos asociados a clases altas, generan ventajas en distintos escenarios sociales.
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Detrás de este fenómeno hay una lógica profunda, las personas tienden a confiar más en quienes consideran similares. Esa identificación, que puede parecer inofensiva, termina convirtiéndose en un filtro que opera incluso de manera inconsciente en decisiones cotidianas, desde elegir un amigo hasta contratar a alguien.
El estudio fue liderado por el profesor Leopoldo Fergusson, de la Universidad de los Andes, que retomó conceptos clásicos de la sociología para explicar estos resultados. “El sociólogo francés Pierre Bourdieu ya advertía que elementos como el lenguaje, las formas de interacción y los gustos culturales funcionan como marcadores sociales”, explicó el académico a el diario La República.
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Para aterrizar esta idea en el contexto local, la investigación encuestó a 6.000 personas en Bogotá. A los participantes se les presentaron perfiles idénticos en educación e ingresos, pero con una diferencia clave: el acento. Algunos correspondían a formas de hablar asociadas a clases altas y otros a sectores populares. Los resultados fueron contundentes. “Los acentos son una barrera implícita e inconsciente en las interacciones sociales”, concluyó Fergusson. En la práctica, esto significa que dos personas con las mismas capacidades pueden recibir un trato distinto únicamente por cómo suenan al hablar.

Las cifras reflejan esa brecha. Una persona con acento de clase alta puede aumentar su percepción de confianza hasta en 16 puntos porcentuales frente a alguien con un acento distinto. En términos de relaciones personales, la preferencia como amigo sube cerca de 15 puntos. En el ámbito laboral, las probabilidades de ser contratado pueden incrementarse hasta en 19 puntos.
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El sesgo no se detiene ahí. También influye en la elección de colegas y socios. Según el estudio, quienes tienen un acento asociado a sectores privilegiados tienen 15 puntos porcentuales más de probabilidad de ser el compañero preferido y 13,4 puntos adicionales de ser considerados socios potenciales. Para Fergusson, estas diferencias no son menores. “No se trata de una ‘moneda justa’. La probabilidad puede inclinarse hasta 60% frente a 40%, únicamente por la forma de hablar”, afirmó. En otras palabras, el acento puede pesar tanto como otros factores tradicionalmente considerados más relevantes.
Además, el investigador advirtió que este fenómeno refuerza dinámicas de desigualdad. “Encontramos que hay una tendencia a preferir a la persona que habla parecido a mí, y eso es un factor a tener en cuenta en la reproducción de la desigualdad”, señaló. El impacto del acento no se limita a Bogotá ni a Colombia. Estudios en otros países demuestran patrones similares.
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Personas migrantes, por ejemplo, pueden enfrentar lo que Fergusson denomina un “castigo” social cuando su forma de hablar conserva rasgos de su lugar de origen. “Ese es el caso de un hispanohablante en Estados Unidos con un fuerte acento al hablar inglés, o de una persona africana en Francia que conserva rasgos notorios de su acento al expresarse en francés”, explicó al diario antes mencionado.

En el contexto colombiano, el fenómeno también tiene matices regionales. Emmanuel Quiroga, sociólogo de la Universidad del Rosario, planteó a La República que la percepción del acento está ligada al poder económico y político. “Si la capital de Colombia fuera Medellín, en vez de Bogotá, eso probablemente marcaría al acento paisa como el asociado a quienes ostentan una posición privilegiada en términos económicos y políticos en el país. Sin embargo, en la situación actual, hemos interiorizado que el acento bogotano, y en particular cierto acento bogotano de clase alta, es el que corresponde a quienes ocupan una posición económica y política privilegiada”.
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Esta perspectiva permite entender que el acento no es solo una forma de comunicación, sino un símbolo cargado de significado social. Lo que suena “correcto” o “deseable” está, en realidad, atravesado por relaciones de poder y construcciones culturales.
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