Un romance clandestino en el cementerio, flores rosadas y un hotel de medio pelo: la infidelidad que ayudó a perdonar a su marido

Todo empezó con un reencuentro inesperado y terminó en citas secretas entre lápidas y tumbas. Martina y Leopoldo encontraron en un cementerio el escondite perfecto para una pasión que había quedado inconclusa desde el secundario

(Imágen ilustrativa infobae)
El romance clandestino duró 8 meses y tuvo como uno de sus escenarios un cementerio
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Estoy en un quirófano para una cirugía menor con anestesia local. Las luces del techo son seis y forman una ronda estilo plato volador que me enceguece. Siento los pasos y voces de varias personas que van y vienen con sus cofias. No les veo las caras. A un lado tengo una tela celeste y, del otro, una vía que controla la anestesista a quien sí veo. Intentando hacerme la graciosa, menciono al pasar el caso del “propofol” y la mala fama que acarrea para todos ellos. Escucho risas mientras alguien pregunta al pasar en qué trabajo. Digo que escribo. ¿De qué? De amores y de crímenes. Más risas y chistes. Una chica de cofia verde y ambo celeste arriesga muy suelta: Tengo una historia de amor para contarte. Dale, le digo. Pero sin nombres, me aclara. Adelantame algo, insisto en mi posición horizontal y tratando de pensar en cualquier cosa menos en el cuchillito filoso del cirujano. Ella tira la bomba: -Tuve un amante durante ocho meses. Nos encontrábamos todos los domingos en el cementerio.

Logró el objetivo: distracción total.

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Terminé dándole mi teléfono dentro del quirófano para poder hablar después, en privado, otro día. Sin tantos testigos.

Hoy vamos a relatar esa historia clandestina: la de Martina y Leopoldo. Una que encontró en un cementerio municipal, entre lápidas y tumbas, el cómplice mudo perfecto.

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El video muestra a una mujer usando Facebook Messenger para comunicarse. Posteriormente, la misma mujer se encuentra con un hombre en un cementerio, donde se observa un ramo de rosas rosadas. Ambos caminan tomados de la mano entre los mausoleos. Este reportaje de Infobae documenta un encuentro romántico que se originó en las redes sociales.

Un cementerio para el romance

Martina y Leopoldo se conocieron en el secundario. Se gustaban y, cada tanto, tenían un “chape” sin mayores implicancias. Al terminar el colegio, la vida siguió con cada uno formando pareja por su lado.

Martina había tenido tres chicos y Leopoldo con su pareja no conseguían tener hijos, cuando las redes los pusieron de nuevo en sintonía. Leopoldo la vio en un post y le mandó un mensaje. Ella respondió divertidisima. Después de unas semanas virtuales se concretó un café en un bar del oeste de la provincia de Buenos Aires.

Martina trabajaba para varios equipos de cirugía como instrumentadora. Le iba muy bien. Leopoldo tenía una inmobiliaria y también le iba genial. Hablaron del pasado, de los amigos en común, de sus nuevas vidas. Se rieron. La complicidad era total. Y ambos sintieron que se seguían atrayendo. Había quedado algo pendiente entre ellos. Era elocuente.

(Imágen ilustrativa infobae)
Martina y Leopoldo se conocían y gustaban desde los tiempos de la secundaria, donde cada tanto se besaban

Hubo más encuentros en cafés en distintas zonas y horarios. Citas casuales, como viejos amigos, pero que no se las comunicaban a sus respectivas parejas. Los roces de manos y los abrazos de las despedidas denotaban más de lo que ponían en palabras.

“Después de tres o cuatro veces que nos encontramos… nos dimos un beso. Eran las diez de la mañana en un barrio alejado de nuestras casas. Un horario ridículo para un romance clandestino. Pero bueno los dos teníamos trabajos muy demandantes y agenda completa”, explica Martina de los comienzos del affaire.

Pasar a la segunda etapa fue natural, había mucha química. Lo difícil era coordinar horarios. La propuesta fue de Martina: los domingos iba a llevarle flores a su madre Marisa al cementerio municipal. Marisa había muerto cuando ella estaba en quinto año y resultó una pérdida demasiado dolorosa que combatía yendo, cada domingo, a visitarla. En cada ocasión le llevaba flores rosadas, las que ella prefería, y las ponía en un jarro transparente. Iba siempre sola, se sentía mejor para poder hablarle a mamá sin que nadie la juzgara. Se le ocurrió que podía ser el lugar ideal para encontrarse con Leopoldo.

“A él le pareció bien. Había conocido a mamá. Así que mejor todavía. Nadie iba a sospechar nada porque yo iba desde hacía más de veinte años y era algo que me llevaba unas horas. Así lo hicimos. Nos encontrábamos ahí, lloviera o hubiera sol. Nos quedábamos un rato y, después, íbamos a un hotel de medio pelo que habíamos hallado cerca. Nos cuidábamos de entrar cada uno por su lado. Esa fue la manera que tuvimos de acercarnos cada semana durante los ocho meses que duró nuestra historia”, relata Martina sin ninguna culpa.

(Imágen ilustrativa infobae)
Nadie sospechaba acerca de las salidas dominicales de Martina al cementerio: iba hacía 20 años y le llevaba unas horas

“La verdad es que fue un desahogo para los dos. Él estaba angustiado porque no podían tener chicos. Yo estaba agobiada con todo lo que hacía. Fue un espacio para nosotros, un rincón de disfrute sin reclamos ni presiones. Risas e intimidad. Siempre nos habíamos gustado, pero nunca nos habíamos dado la oportunidad. ¿Era tarde para esto que vivíamos o no? No lo sabíamos. Funcionó bastante bien durante los primeros meses porque incluso nos llegamos a preguntar si tendríamos que divorciarnos. Eso nos preocupaba. Pero elegimos dejar pasar un poco más el tiempo y las cosas se calmaron solas. Hoy no sé si fue amor, quizá fue más un pendiente que había quedado de la adolescencia”.

Llegó el verano y las vacaciones familiares terminaron alejándolos de los encuentros frente a la lápida de Marisa y del sexo dominical cercano al cementerio. Volvieron los dos dispuestos a intentar rearmar sus parejas.

El funeral para la pasión

“Ese verano yo sentí que mi marido se había dado cuenta de algo. Que algo me pasaba. Me di cuenta que ponía en riesgo lo construido. Leopoldo también estaba más alejado cuando regresamos. Estaba enfocado en ser papá. Un domingo hablamos en el cementerio y tomamos café que yo había llevado, pero no fuimos al hotel. Otro domingo, salteamos el encuentro con cualquier excusa. Las cosas se fueron diluyendo poco a poco, hasta que un día ya no nos vimos. No hubo un final claro, ni llantos. Simplemente desaparecimos de nuestras vidas. Creo que me animé a vivir el romance sin culpas porque yo había pescado a mi marido en un engaño unos años antes. Encima con Leopoldo teníamos una clara deuda física y emocional. Subsanadas las dos cosas ya no tenía sentido insistir. Yo perdoné con mi desliz a mi marido, viví lo que tenía que vivir con aquel adolescente de mi juventud y listo. Todo en su lugar. Terminó el recreo”.

Esto ocurrió en el 2015, cuando ambos tenían unos 42 años.

Un día, a fines del 2016, Martina fue a control ginecológico a los consultorios de la zona. En la sala de espera estaba sentado Leopoldo con una mujer embarazada. Su mujer.

“Uy, me quedé helada. ¡Lo había logrado! Sentí su perfume porque estaba sentada solamente a dos personas de distancia. Los aromas te transportan. Me impactó. Hicimos como que no nos conocíamos, creo que por prudencia, pero nos miramos de reojo. Me alegró mucho ver que iban a tener un hijo. Ella tendría unos 40 así que estaban al filo de conseguirlo. Verlo esa tarde fue un lindo cierre para mí aunque no nos dirigiéramos la palabra. No hizo falta”, reconoce Martina, “Me conmovió la situación. Hoy ese bebé debe tener unos diez años. ¿Si me arrepiento de lo vivido? Para nada. A mí me permitió perdonar y me hizo feliz vivir esa historia de pasión donde arrancaba conversando con mi madre y seguía con Leopoldo”.

(Imágen ilustrativa infobae)
Para Martina ver a Leopoldo esperando un hijo fue el mejor cierre para su historia

Entre tumbas y flores rosadas se colaron pasiones prohibidas. Sentirse ferozmente vivos y festejar el encuentro donde otros lloran y se despiden, puede parecer contradictorio. Pero la muerte no siempre es muerte. A veces, también es estas cosas que desbordan con latidos.

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

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