“Sus ojazos grises producían cortocircuitos”: el flechazo en una oficina de los 70 que terminó con una boda cancelada

Ella estaba a punto de casarse con otro hombre cuando un compañero de trabajo cambió el rumbo de su vida. La decisión desató un escándalo familiar y la obligó a desafiar todos los mandatos de la época por un amor que parecía imposible

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amores reales Juanjo y Mirta
Mirta con Juanjo en los últimos años

Ella era “la nueva” en la oficina Siam Di Tella, sobre la calle Florida, donde las enormes computadoras de la época eran las estrellas de la modernidad. “La nueva” de ojos color cielo nublado se llamaba Mirta. Nadie le sacaba la vista de encima. Juanjo menos. No lo impactaron tanto esos aparatos IBM360/370 que estaban aprendiendo a usar; el golpe al centro de su cuerpo se lo dieron esos ojazos.

Hoy Juanjo tiene 80 años, pero entonces con 24 se le encrespó la sangre: si esa chica de 21 años le prestara atención, pensó, sería el equivalente a conquistar el firmamento.

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Corría el año 1970.

El chico de Almagro, la chica de Flores

Los dos eran porteños, pero los reunió el trabajo. De otra manera sus destinos nunca se hubieran cruzado. Juanjo dice “toda mi vida fui un atorrante de Almagro. Terminé el secundario y me anoté en Ciencias Exactas…”, pero al final terminó entrando a la automotriz Siam Di Tella y dejó los estudios. Recuerda: “En el primer piso había un inmenso sistema de cómputos de los años 70, los primeros grandes sistemas de IBM donde yo era operador de consola”. Mirta entró como grabo-verificadora, una de las chicas que se ocupaban de cargar en el sistema la información mediante tarjetas perforadas. Así funcionaba el ingreso de datos, el alimento vital de las máquinas de la época. “En aquel diciembre de 1970 hubo una gran fiesta en la empresa. Recuerdo haberme sentado a su lado y haberla sacado a bailar, como otros lo habían hecho antes. Sus ojazos grises producían cortocircuitos, no podías resistir su mirada”, se sincera.

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La vida laboral siguió, después de ese baile de cuerpos pegados, vinieron las miradas detrás del cristal: “Nuestros ojos atravesaban el inmenso vidrio que separaba Operaciones de Grabo-Verificación. Teníamos una conexión especial. Tanto que Isabel, una gran compañera de trabajo, se percató de ello. Como era confidente de Mirta, le sonsacó qué sentimientos le despertaba aquel flaco del otro lado del cristal”.

Ese flaco era Juanjo. Mirta llevaba seis años de un largo y aburrido noviazgo; Juanjo, cinco con otra chica con la que no soñaba casarse.

Nada pudo detener esas miradas que levitaban con vida propia y bordaban fantasías.

Isabel le reveló a Juanjo lo que Mirta le había dicho, y él tomó valor para atravesar ese tabique transparente y empezar a verse para almorzar, los tres, en el Palacio de la Papa Frita sobre la calle Lavalle o tomar algo en el Bom Café o en Canoba, un bar cálido sobre la calle Tucumán.

El trabajo arropaba el comienzo de un gran amor clandestino. Los proyectos personales parecían ir hacia un lado, pero sus corazones corrían hacia el lado opuesto.

“Esos rituales de los descansos pronto se trasladaron a un cafecito que había en Rivadavia y Cucha-Cucha, a escondidas del seguimiento que su celosísimo Carlos mantenía sobre ella. Y ya eran a solas”, hace memoria Juanjo, “Veníamos charlando mucho. Ella me contaba que estaba de novia desde hacía seis años, pero que al conocerme había empezado a vivir un calvario interior. ¡Nos estábamos enamorando profundamente”.

Aquel 20 de febrero

“Cada vez más el fuego se iba apoderando de aquellos dos jóvenes que éramos… hasta que llegó un 20 de febrero de 1971. Una noche en la que decidimos ir juntos a bailar con una pareja amiga a un lugar llamado Enamour, en Vicente López”, Juanjo refresca el pasado con la pasión encendida todavía. Allí se dieron el primer beso, “no un beso cualquiera, ¡El beso!”, remarca.

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Años atrás Mirta, que se había hecho las trencitas como Bo Derek, con Juanjo en la playa

Ese beso fue el que selló el destino de sus vidas. A partir de esa noche Juanjo se dio cuenta de que no había retorno posible: esa mujer era el amor de su vida. Poco después dio por terminada su historia de un lustro con Ana María: “Mi noviazgo era una relación supeditada a los designios de la barra de amigos de la esquina. Para mí fue más simple la cosa; para ella, no. Porque era un noviazgo con todo arreglado para el casamiento. Cambiar de rumbo en aquella época era objeto de severas críticas. Nosotros teníamos salidas furtivas y sus padres se habían empezado a dar cuenta de los cambios de hábito de su hija”.

Tanto se notó que Mirta terminó hablando con su padre sobre la confusión en la que estaba inmersa. Le planteo que no quería comprometerse porque se había enamorado de otro chico. Su padre opinó con firmeza: no se podía suspender su compromiso a estas alturas. Quizá pensó que se le pasaría. O, que tenía miedo de dar ese paso.

“El padre era muy compinche con ella, pero le dijo que no podía hacer eso, que estaba todo preparado, que ya habían llegado los regalos. Su abuela y su madre reaccionaron peor, les pareció un espanto lo que Mirta estaba pensando”, cuenta Juanjo.

El día tan temido del compromiso estaba a la vuelta de la esquina: 6 de marzo de 1971.

Faltaban unos pocos días.

Juanjo estaba desesperado; Mirta deambulaba confundida, angustiada.

Los regalos de la pareja inundaban la casa de la familia de Mirta. Llegó el día y se celebró el compromiso. “Ella, lo supe después, lo vivió como algo muy tortuoso”, reconoce él. Al día siguiente, Mirta se fue con su novio y sus suegros a la casa de ellos en San Bernardo. Se quedaron en la playa hasta el 18 de marzo para celebrar el gran acontecimiento y poder empezar a planear el casamiento. Había que poner fecha.

La pareja ya tenía departamento: uno que habían pagado desde el pozo, en un piso muy alto, en el barrio de Flores.

Planteo crucial en los bosques de Palermo

Al día siguiente de volver de San Bernardo Juanjo se vistió de valiente y la llamó. Las primeras veces no se animó a hablar y colgó el tubo. A la tercera o cuarta vez, al sentir el “Hola” de ella, tomó coraje. Habló. Y la invitó a salir. Mirta, más desconcertada que nunca con su vida, aceptó. Juanjo la pasó a buscar por su casa y se fueron a los bosques de Palermo.

Fuimos a lo que se llamaba Villa Cariño. Y chapamos con pasión. Ella tenía puesta una remera de manga larga de color negro que tenía pintada en colores brillantes una manzana verde en tamaño natural en el medio del pecho. Le quedaba infartante. Abajo, tenía una pollera blanca, tubo, con botones abrochados cada 8 o 10 cm desde la cintura hasta abajo. Entre beso y beso le desprendí los botones y cuando llegué al muslo ella puso la mano en señal de, por aquí no pasarás, y me dijo: no estoy preparada”.

Juanjo se detuvo.

Cuando regresaron, esa noche, no fueron directo a la casa de Mirta sino a un bar que había en la esquina de Rojas y Rivadavia. Juanjo tenía un terrible miedo a perderla, pero juntó fuerzas y le planteó: no soportaba estar compartiendo a su gran amor. O ella dejaba a su novio, o dejaban de verse. La respuesta no fue terminante: “Ella me pidió que la esperara”.

Lo que Mirta tenía por delante era una misión titánica: romper el compromiso, anular la boda, devolver los regalos y perder la mitad del departamento que habían comprado.

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Juanjo, Mirta y Ramiro, el hijo menor de la pareja

Juanjo la dejó en su casa con ese objetivo y se despidieron con un beso interminable.

Mirta lo tenía resuelto: dejaría a Carlos. Pero no sabía por dónde comenzar. Uno de esos días tomó coraje y en una visita de Carlos a su casa se lo dijo: quería romper el compromiso, no lo amaba. Él intentó convencerla de lo contrario y en un momento se fue al baño. Lo que siguió no se sabe bien si fue una simulación o un intento real, pero lo cierto es que Carlos apareció medio desmayado en el piso del baño con la cadena del depósito enroscada en el cuello. No le había pasado nada, pero no logró una marcha atrás. Su reacción no revirtió la decisión de Mirta.

Lo que siguió fue deshacer lo que habían comenzado. Su familia política la despellejaba con sus críticas, mientras ella dormía rodeada por los regalos de una boda que no se haría.

Su exsuegra, que la había querido como una hija, la citó en un café para decirle de todo. Mirta aguantó los reproches pero no cambió de idea. El amor era más fuerte que todo lo demás.

La sorpresa del amor sin fin

“Nosotros estábamos perdidamente enamorados el uno del otro”, explica Juanjo, “Una vez que logró deshacerse de semejante carga comenzó a pensar en cómo podría ser el reencuentro mientras su madre y abuela se encargaban de la devolución de todos los regalos recibidos”.

En esa época sin celulares ni redes sociales, el reencuentro de Mirta y Juanjo debía ser concertado. Juanjo no sabía lo que ella había hecho todavía.

Ella llamó a su vieja confidente, Isabel, quien se encargó de planearlo. Sería en el bar Canoba.

Era el 31 de marzo cuando Isabel le dijo a Juanjo que apenas terminara su horario, a las 22, fuera directo al bar que tendría una sorpresa.

“Se me aceleró el corazón con solo imaginar que pudiera ocurrir lo que finalmente sucedió. Al llegar y subir al entrepiso que había en el local para quienes deseaban charlas distendidas fuera del horario de oficina, la encontré. Ahí estaba ella, sola, esperándome en una mesa. Nos dimos un beso parecido al del 20 de febrero. Esa noche fue nuestra primera noche de amor y sexo. Después del bar fuimos a bailar a Zum Zum y luego a un hotel alojamiento de la calle Laprida entre Arenales y Santa Fe. Desnudos los dos en la cama nos miramos con una pasión irrefrenable, tanto que en un momento, entre beso y beso, me contó que nunca antes, durante los 6 años de su noviazgo, había estado desnuda ante Carlos. Esa noche se hizo de día y cuando miramos la hora, las 7.30, nos vestimos a las apuradas y la llevé a su casa. Su madre Tota y su abuela Fedora le retaron. ¡No les entraba en la cabeza la locura que había cometido esa chica con Carlos!”.

Sin embargo, al poco tiempo , Juanjo y Mirta se pusieron formalmente de novios. De a poco, la familia lo fue aceptando.

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Una foto de la familia

“Muchas veces, a la noche, volvía a mi casa con la perra salchicha de ella, Puky. Dormíamos espalda con espalda. Era una perra inteligentísima y para mí era como una prolongación de Mirta”, confiesa conmovido.

Fedora y Tota entendieron que ese amor no se podía frenar y terminaron adorando a Juanjo porque veían en él al “muchacho que le había devuelto la risa a Mirta”, dice riendo.

El 29 de septiembre de 1972 se casaron por civil y, al día siguiente, por iglesia. Formaron una familia de cinco con sus hijos María José, Gonzalo y Ramiro. Podrían haber sido seis, porque Ramiro venía con un gemelo, Rodrigo, que lamentablemente nació muerto.

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Juanjo y Mirta vestidos de fiesta a la usanza de la época. fue para el casamiento de un amigo y Mirta en la foto está embarazada de su hijo mayor_

Adiós a los ojos de cielo gris

Los ojos grises acelestados, que fueron el eje donde pivotó el mundo de Juanjo, ya no están.

El 6 de enero de 2026 Mirta se despertó a las seis de la mañana sintiéndose mal. Le dijo a su marido: “Me falta el aire, no sé qué me pasa”. Le pidió que le tomara la presión. Juanjo buscó el aparato, pero no pudo tomársela, no la leía. Con él, en cambio, si funcionaba. No le gustó, algo estaba mal. Le pidió a Mirta que se vistiera, la iba a llevar al sanatorio.

Entraron por guardia y le hicieron todos los tests necesarios. Le diagnosticaron neumonía. Ya había tenido varias. La internaron y con la bigotera con oxígeno, mejoró notablemente. Juanjo durmió con ella la primera noche; la segunda, Mirta lo mandó a su casa. Ya se sentía bien, le dijo, y él tenía que descansar mejor.

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Mirta hace 25 años con su primer nieto Felipe

Al rato de llegar a su casa Juanjo recibió un llamado inesperado de la clínica: habían trasladado a Mirta a terapia intensiva.

“Salí corriendo y al llegar una médica de terapia me atajó y me explicó que había tenido un neumotórax. Se le había roto el pulmón y la habían tenido que intubar. Estaban esperando al cirujano para drenar el líquido pleural. A partir de ese momento, fueron 35 días de espanto, con dos visitas permitidas por día. Dos de mis hijos estaban aquí en el país. Gonzalo me hacía compañía y mi hija que es abogada y escribana me ayudó con todo. El menor, Ramiro, vivía en ese momento en Alemania. Durante la internación Mirta mejoraba y empeoraba, era una incertidumbre terrible y permanente. Hasta que el 11 de febrero, murió.”

Para entonces Mirta tenía 76 años y ellos llevaban 54 de casados.

Juanjo es un hombre activo, hace gimnasia en forma regular para conservarse bien. Pero la pérdida del gran amor de su vida generó un hueco irremplazable en su vida. Dice no aguantar tanto silencio ni el descomunal peso de los recuerdos: Esta casa que habitamos durante casi 50 años es una tortura. Quedó callada, muda. Para mí solo es invivible. Decidí venderla y, afortunadamente, aparecieron los compradores: una parejita joven que vino a reemplazarnos en el ciclo de la vida. Se las dejo llena de plantas y flores y de buenas memorias. En la gran fiesta de la vida a la que todos asistimos como invitados impensados, yo soy uno de los que queda, pero ya no disfruto del amor”, refiere con nostalgia palpable. Mientras envía sus fotos por Whatsapp a Infobae, recuerda una anécdota más: “Una vez, durante un vuelo, el comisario de a bordo, al caminar por el pasillo del avión revisando los cinturones la vio a los ojos a Mirta. Enseguida, en voz alta, dijo a todos los pasajeros: “Quién diga que Elizabeth Taylor ha muerto están equivocados. Liz está acá de incógnito” y con una sonrisa señaló sus ojos grises como el cielo. ¿Sabés? Es un consuelo saber que tuve el gran privilegio de apoyar mi cara en la almohada, todas las noches, al lado de la cara más bella… Que, además, era una persona magnífica por dentro, un ser solidario, no de palabra, sino de esos que ponen el cuerpo”.

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Mirta con su hijo mayor

Ramiro, el hijo menor volvió a la Argentina. El reencuentro con él era algo que Juanjo precisaba profundamente. Unir los pedazos del amor siempre es necesario.

Ahora tiene que dar el próximo paso: dejar el antiguo nido que compartió con Mirta para mudarse al departamento con cochera que compró cerca de sus hijos. Es su deseo alejarse de los fantasmas tristes: “Quiero olvidar los recuerdos feos para quedarme solo con los bellos. Decidí junto con mis hijos que voy a escribir mis memorias en capítulos. Y para eso también es que busco las fotos que los ilustren. ¡Son los alegres fotogramas de la película de nuestra vida!”. La vida, nada menos. Ese material sin celuloide ni grandes pantallas, pero donde ellos fueron los verdaderos protagonistas.

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Una de las últimas fotos de los dos juntos

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

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