¿Qué es ante todo el amor sino más bien el motor de la vida? No son el poder ni la gloria. No es el oro ni son los aplausos condescendientes. Solo el amor puede envolverte con su manto tibio para protegerte de las hostilidades del afuera y soplarte el combustible que realmente consuela, alienta y empuja. Por lo menos, eso es lo que descubrieron Jeff y Susan, en los 51 años que llevan juntos desde que se conocieron. No importa tanto quiénes son ellos; importa más que supieron tejer su refugio salvador. Un rincón donde la vanidad y la pompa inútil no lograron colarse.
Una moza, un actor y un tajante “no”
Vamos a hablar de alguien sumamente conocido, el actor Jeff Bridges. Con 26 años, en 1975, andaba filmando una parodia del cine del Oeste en Paradise Valley, Montana, Estados Unidos, titulada “Vidas sin Barreras”. Hijo del famoso Lloyd Bridges y hermano del también actor Beau Bridges, ya había comenzado a tener nominaciones para los premios del mundo del cine.
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La fama le iba salpicando el ruedo de sus pantalones cuando, una tarde imposible de precisar en medio de dos escenas de rodaje, observó a una joven trabajando en Chico Hot Springs (un famoso y antiguo resort de aguas termales entre cabañas rústicas y buena gastronomía). Era una de las mozas que trabajaba allí para poder pagarse los estudios universitarios.
Lo primero que Jeff notó fue que ella tenía los dos ojos en compota. Lo segundo que le llamó la atención fue que su nariz parecía desplazada. La tenía rota. Jeff no podía saberlo, pero su aspecto era el resultado de un reciente accidente de auto. Lo curioso era que la camarera no había intentado disimular sus lesiones. No tenía una gota de maquillaje y se movía decidida entre las mesas con los pedidos. El contraste entre los golpes que oscurecían su semblante y su vitalidad, le resultó a Jeff algo espectacular. ¡Era tan bella esa manera de caminar por la realidad sin necesidad de explicar ni ocultar nada! En ese escenario repleto de ficciones, actores y utileros, había una mujer andando vestida de carne y hueso. Era lo más real que había visto en años.
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Jeff estaba muy lejos de ser un santo. Era más bien un aventurero romántico que coqueteaba con las fiestas audaces y las drogas como el LSD (ácido lisérgico, una potente sustancia psicodélica). No buscaba casarse, enamorarse para siempre ni mucho menos. Intrigado por esa chica inquietante no demoró en averiguar su nombre: Susan Geston.
Esa misma tarde tomó envión y se le acercó con su metro ochenta y cinco y estilo ganador para invitarla a salir. ¿Quién se resistiría a un actor buen mozo como él en ascenso veloz?
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Ella.
Jeff rebotó sin anestesia. Con naturalidad Susan le dijo que no. Tajante. Punto. No estaba en absoluto deslumbrada por él. El rechazo generó en Jeff tal cara de decepción que Susan, por compasión, le dijo como al descuido que no faltarían otras oportunidades para volverse a ver en un pueblo tan pequeño.
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Jeff Bridges se marchó caminando sobre el aire. Esa chica le había gustado demasiado y su negativa había aumentado su deseo de conquista.
Insistió otra tarde en que volvió a verla. Ese día terminaron bailando. Un gran paso había sido dado. Pero Jeff supo desde el vamos que no serían los brillos de su fama las herramientas de seducción definitorias con Susan. Decidió ir por otro lado.
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Tenía una cita con una inmobiliaria para ver una propiedad que le interesaba comprar sobre el río. Invitó a Susan para que lo acompañara. Esa tarde, mientras caminaban por el borde del agua, sintió algo parecido a una premonición. Lo contó él mismo, fue como si le susurraran al oído “estás mirando una casa con tu futura esposa”.
Se rió por dentro por lo que había imaginado y se dijo: “¡Ay! no te metas en esto”. Casarse, para él, era “acercarse un paso más a la muerte”. Eso sostenía frente a sus amigos.
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Susan y Jeff empezaron a salir pese a la resistencia interna de él al compromiso. Fueron dos años intensos, de idas y vueltas, de trabajos sin horario y viajes. Hasta que Susan se cansó, lo acorraló y le avisó: ella no iba a esperar por siempre a que él tomara una decisión, el tiempo corría demasiado rápido. O se casaban o la relación terminaba. Jeff cedió pensando para sí: “bueno, … siempre puedes divorciarte”.
Una pareja como refugio seguro
Jeff León Bridges nació el 4 de diciembre de 1949 en la ciudad de Los Ángeles. Sus padres Lloyd Bridges y Dorothy Dean Simpson tuvieron cuatro hijos: Beau (1941), actor como él y su padre, Garrett (1948, que murió a las seis semanas de nacer), Jeff y la menor, Lucinda (1953).
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Apenas caminaba cuando Jeff apareció por primera vez en el cine. Más adelante, estudió actuación en Nueva York y, en 1969, trabajó en una película para tevé. Al año siguiente hizo cine, Odio en las aulas (Halls of Anger) y doce meses después grabó La última película (The Last Picture Show), por la que recibió una nominación al premio Oscar como mejor actor de reparto. El camino se le iba abriendo rápido y sin muchas dificultades.

Su vida laboral siguió en ascenso. En 1976 se estrenaron dos trabajos suyos: King Kong con Jessica Lange y Stay Hungry (El Gran Guardaespaldas) con Sally Field y Arnold Schwarzenegger. Unos meses antes de esas películas taquilleras ya había conocido a quien sería el amor de su vida: Susan. La camarera del comienzo de esta nota.
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Susan había nacido el 20 de abril de 1953 y provenía de una familia de clase media de North Dakota. Tenía mucho carácter. Con el paso del tiempo Jeff comenzó a sentirse atrapado, tenía que vencer su fobia al compromiso. A los 24 meses ella lo enfrentó y él comenzó a meditar la idea de proponerle matrimonio. Un día imaginó una escena del futuro: “De repente me vi a mí mismo de viejo pensando dónde estaría aquella chica de Montana y preguntándome ¿por qué no te casaste con ella”. Eso lo decidió.
Le propuso matrimonio. Pusieron fecha para el 5 de junio de 1977.
Lo que siguió fue una vida a las corridas entre Santa Bárbara, en California, y Montana. La carrera de Jeff despegaba con la fuerza de un huracán y Hollywood lo requería. Se pusieron de acuerdo en que mantendrían su vida familiar en relativa reserva. En 1981 nació su primera hija a la que llamaron Isabelle Annie. En 1983, llegó Jessie Lily y, en 1985, fue el turno de Hayley.

Susan se dedicó, ante todo, a proteger ese íntimo clima familiar de los virus inherentes a Hollywood: los romances, las infidelidades, los chimentos, las fiestas interminables, las drogas y otras pesadillas. Se cobijaron bajo la sombra de la discreción, lejos del ruido y las luces de neón. No era una tarea fácil porque Jeff integraba la lista de los galanes más codiciados de los escenarios. Los medios de prensa, cada tanto, se hacían eco de rumores insidiosos. Posible química entre él y Michelle Pfeiffer cuando filman Los Fabulosos Baker Boys, en 1989, o entre él y Jessica Lange en King Kong o entre él y Barbra Streisand cuando graban El espejo tiene dos caras. Pero todo lo sortean con éxito. Nunca hubo un escándalo importante confirmado, ni una foto in fraganti con nadie. Jeff era carismático, relajado y afectuoso con sus compañeras de elenco pero no hubo más. Si alguien quería imaginar, que lo hiciera.

La carrera cinematográfica del actor continuó sumando éxitos: El gran Lebowski (1998), Iron Man (2008), Crazy Heart (2009 con la que ganó el Oscar al Mejor Actor al año siguiente). Mientras Susan sostenía a la familia a una distancia prudencial de Hollywood.
La mayor de sus hijas, Isabelle, estudió artes y fotografía y escribió un libro sobre su padre; la del medio, Jessie, se convirtió en guitarrista, cantante y actriz y es quien moderó la presentación de las últimas muestras fotográficas de su padre y la menor, Hayley, es diseñadora y fotógrafa. Hoy Susan y Jeff tienen también dos nietos, hijos de Isabella: Grace y Ben.
Tanto Jeff como Susan son de fuerte temperamento y en muchas entrevistas contaron haber desarrollado un sistema de discusión que les funcionó. Primero cada uno le cuenta sus problemas al otro sin interrumpir, con mucha calma. Escucharse es el primer paso. Luego, trabajan sobre las soluciones y hacen las devoluciones. Está a la vista que les funciona. De hecho, él aseguró en público hace muy poco: “cada vez la amo más”. Aunque, al mismo tiempo, acepta que jamás han dejado de discutir: “No nos conocemos del todo. (...) Pero con cada batalla cada vez estamos más cerca de entender que ese no conocerse es lo que tenemos en común”.

La verdadera película de la vida
El fatídico año 2020 paró el mundo con la pandemia por coronavirus. A Jeff le trajo, además, un diagnóstico demoledor. El 19 de octubre, con 70 años, le diagnosticaron linfoma no Hodgkin: un tipo de cáncer de la sangre que se origina en el sistema linfático. El golpe lo detuvo en seco. Estaba filmando The Old Man y decidió no tragarse la noticia. La comunicó en un posteo de la siguiente manera: “Me han diagnosticado un linfoma. A pesar de que es una enfermedad seria, soy un afortunado de tener un gran equipo de doctores y un buen pronóstico. Voy a empezar tratamiento y los mantendré informados de mi recuperación. Estoy profundamente agradecido por el amor y el apoyo de mi familia y amigos”.
Comenzó el tratamiento, pero durante el proceso, en enero de 2021, se contagió de coronavirus. Estaba en su casa después de una sesión de quimio que le había bajado las defensas por el piso cuando lo contactaron del sanatorio para revelarle que había estado expuesto al COVID-19. Jeff todavía no había sido vacunado y su sistema inmunitario no estaba fuerte en absoluto. Enviaron una ambulancia que trasladó a la pareja hasta el sanatorio donde fueron ingresados a terapia intensiva. Estuvieron internados por separado. Ella se recuperó en una semana y fue a instalarse con él que estaba atravesando una situación grave.

La de Jeff fue una internación que duró cinco semanas y donde casi pierde la vida. Susan dio una sola orden a los médicos: “Sálvenle la vida”. Los profesionales le exigían a Jeff que no bajara los brazos: “Debés pelear. No estás peleando lo suficiente”. Requería asistencia de oxígeno y no podía ni darse vuelta solo en la cama. El Covid 19 le resultó infinitamente más complicado que el cáncer.
Cuando le dieron el alta los nuevos escenarios en la vida de Jeff fueron las salas de quimioterapia y las de rehabilitación física para superar las secuelas del COVID prolongado.
Susan para animarlo un poco le regaló un cachorro Cavapoo (cruce de Cavalier King Charles Spaniel y Poodle) al que él llamó Monty (por el estado de Montana). Fue el nuevo compañero en su camino para recobrar la salud.

Jeff posteó en sus redes sobre esta etapa tan dura: “... ¿quién podría querer tener cáncer y COVID al mismo tiempo? Bueno, resulta que yo... Yo querría, porque he aprendido más del amor y he aprendido tantas cosas que no hubiera sabido si no me hubiera pasado (...) Tiene que ver con la gratitud y con la alegría de estar vivo”.
Por fin, llegó el gran motivo para querer estar cien puntos como fuera. Su hija Hayley Bridges puso fecha de matrimonio con su novio Justin Shane, para el 21 de agosto de 2021. La boda se llevaría a cabo en Santa Ynez, en California, ante 123 invitados.
Ahora Jeff tenía poco tiempo para ponerse en su nuevo rol: el de padrino de bodas. Todo un desafío.
Al medio The Independent le reconoció: “... el primer objetivo fue saber cuánto tiempo podría estar de pie”. No era un detalle menor porque al comienzo del entrenamiento físico con los terapistas no podía aguantar más de 45 segundos en esa posición. También tenía que aprender a estabilizar su respiración para no depender del oxígeno durante la ceremonia.

El resultado de su esfuerzo fue alentador: “Resulta que no solo la pude acompañar por el camino hasta el altar ¡también pude bailar con ella!”. Padre e hija entraron al ritmo de Sweet Thing, de Van Morrison, y luego bailaron Ain’t That Love, de Ray Charles. Hubo más: él tuvo fuerzas para tomar el micrófono y dirigirle unas conmovedoras palabras que arrancaron olas de lágrimas.
Tanto mejoró Jeff que, un tiempo después, pudo volver a los sets de grabación. En junio de 2022 se estrenó The Old Man, la película que había quedado interrumpida por la pandemia y su salud.
Actor, músico, productor, fotógrafo, narrador, bodeguero, papá, marido… Jeff con 76 años sigue dando batalla. Sigue con su budismo sui generis, cuyos principios abraza desde los años 70. Dice que la mezcla espiritual con su filosofía existencial lo viene ayudando con los miedos, la enfermedad, la ansiedad y también a controlar el ego. Jeff también sigue puliendo con paciencia su gran amor por Susan. Alguna vez le preguntaron a qué podía atribuirse el éxito de su largo y sólido matrimonio. Jeff no calló: se lo endosó a la comunicación fluida y abierta, al respeto y a la madurez emocional que supieron construir como pareja. Susan sumó una clave más: “Supimos mantener la diversión”.
En 2022 Jeff tuvo COVID 19 por segunda vez. Se asustó, pero esta vez no fue tan bravo. Dice que las vacunas ayudaron.
Hoy están por cumplir un nuevo aniversario de bodas: el 5 de junio: serán 49 años de casados (desde que se conocieron van 51). Jeff y Susan. El joven actor y la moza accidentada. Final feliz con la foto de ellos envejeciendo, sonrientes, uno al lado del otro, mirando siempre hacia delante, donde se coloca el futuro.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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