
La exposición a temperaturas superiores a 32 °C impacta negativamente el desarrollo infantil temprano, según una investigación internacional liderada por New York University y publicada en el Journal of Child Psychology and Psychiatry.
El estudio, que contempló a 19.607 niños de 3 y 4 años en Georgia, Gambia, Madagascar, Malawi, Sierra Leona y el Estado de Palestina, concluye que quienes estuvieron expuestos a estas condiciones térmicas muestran una menor probabilidad de alcanzar los hitos esperados del desarrollo, especialmente en habilidades cognitivas como lectoescritura y matemáticas.
El riesgo se agrava en menores de hogares económicamente desfavorecidos, áreas urbanas y contextos sin acceso seguro a agua potable o saneamiento.
Principales hallazgos del estudio

La investigación de New York University, realizada junto a la Universidad de los Andes, el Banco Interamericano de Desarrollo y la University of Chicago, analizó datos recogidos de 2017 a 2020 en los países mencionados.
Los resultados muestran que los menores que viven en ambientes con temperaturas máximas promedio por encima de 32 °C tienen entre 1,8% y 7,7% menos probabilidad de encontrarse en el nivel de desarrollo adecuado, en comparación con quienes residen en zonas más frescas. Esta tendencia persistió tras ajustar por factores climáticos, geográficos y socioeconómicos.
Daño a las habilidades cognitivas
El efecto negativo de las altas temperaturas resultó más severo en áreas cognitivas de lectoescritura y matemáticas.

Los niños expuestos a temperaturas superiores a 30 °C presentan una reducción de entre 5% y 6,7% en la probabilidad de estar al día en estos dominios, frente a quienes viven con menos de 26 °C.
En el desarrollo socioemocional, el impacto adverso aparece a partir de los 32 °C, aunque los resultados resultaron menos consistentes. El desarrollo físico mostró únicamente una leve mejora a 26 °C, sin beneficios sostenidos a mayor temperatura.
Vulnerabilidad social y exposición desigual
El estudio identificó que la exposición al calor afecta de manera desproporcionada a los niños de familias con menos recursos, habitantes de zonas urbanas y sin acceso a servicios básicos.

En estos sectores, la probabilidad de alcanzar un desarrollo adecuado desciende aún más a medida que suben las temperaturas.
Por ejemplo, en áreas urbanas, la disminución en el desarrollo esperado alcanzó hasta 26,6%, mucho mayor que en el ámbito rural. La falta de agua potable incrementó la vulnerabilidad, con caídas de hasta 13,9% en las zonas más cálidas.
Mecanismos de impacto biológico y social
La exposición al calor extremo afecta el rendimiento infantil a través de diversos mecanismos. En el plano biológico, influyen la deshidratación, posibles inflamaciones del sistema nervioso, alteraciones del sueño y la activación de respuestas fisiológicas al estrés.

Los niños pequeños son más propensos a estos efectos por la inmadurez de sus sistemas y su dependencia de los adultos para acceder a agua y espacios frescos.
A nivel social, el calor limita oportunidades de aprendizaje al hacer menos seguros los espacios exteriores y fomentar el sedentarismo, además de impactar la salud mental de los cuidadores, lo que repercute negativamente en la interacción y el desarrollo de los menores.
Implicaciones para políticas públicas
Ante estos hallazgos, los autores remarcan la urgencia de que las políticas públicas prioricen la protección de la infancia frente al calor extremo.
Recomiendan invertir en infraestructura de agua y saneamiento, desarrollar programas de transferencias monetarias y entregar herramientas de enfriamiento en comunidades vulnerables.

En zonas urbanas, sugieren promover más vegetación y tecnologías para superficies frescas, buscando mitigar el efecto de isla de calor y reducir la exposición de los menores a temperaturas extremas.
Limitaciones y futuro de la investigación
El equipo investigador reconoció varias limitaciones, como la posibilidad de variables no observadas que incidan en los resultados. Además, la medición de la exposición térmica se basó en la residencia actual del niño y el indicador de desarrollo depende de reportes parentales, lo que puede afectar la precisión de los datos.
Advirtieron que estas conclusiones no deben extrapolarse a otras regiones sin investigaciones adicionales y recomendaron emplear sistemas de evaluación más precisos y seguimientos longitudinales en futuros estudios.
En un contexto global donde 2024 fue el año más cálido registrado, los resultados de este trabajo refuerzan la urgencia de fortalecer la capacidad de adaptación de las comunidades para proteger el desarrollo infantil temprano ante los desafíos de un planeta cada vez más cálido.
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