El cantante de música tropical Rodrigo Tapari supo construir una carrera marcada por desafíos personales y profesionales, en la que la superación de la adversidad y la reinvención constante han sido elementos centrales.
Nacido en una familia de siete hijos y criado en un contexto áspero, Tapari comenzó a trabajar desde niño para contribuir a la economía familiar, combinando empleos informales con el sueño de dedicarse a la música. El artista, hoy reconocido tanto por su paso por Ráfaga como por su presente como solista, atribuye sus primeras oportunidades a la exposición que le otorgó la final de Popstars, emitido en 2002 por Azul TV.
El mayor hito de Tapari en materia de popularidad llegó con “Una cerveza”, la canción que se transformó en emblema de su paso por Ráfaga. La paradoja de este éxito se agudiza al considerar que, mientras ascendía en la escena musical con un tema que celebra el consumo de alcohol, el propio Tapari enfrentaba una adicción al alcoholismo que pondría en peligro su salud y su vida. En su recuperación, contará, Dios fue la clave.
“Yo me dedico al alcohol... no era una frase más en mi vida, ni mi motor solamente para cantar, era mi motor para hacer cosas que no tenía que hacer", también dirá, en un discurso impregnado por la autocrítica y el crecimiento personal.

Aquí, los momentos más destacados de la entrevista:
—Gracias por venir, Rodrigo. ¿En qué momento de tu carrera y de tu vida te agarramos?
—Estoy muy feliz, muy pleno. Bueno, para aquel que no conoce un poco mi historia, van a ser diez años que le entregué mi corazón por completo a Dios y es como que entré en esa plenitud y en esa paz, esa espiritualidad que me faltaba o que no conocía.
—Cuando arrancaste -hace ya casi 25 años-, ¿soñabas con este presente de tantas propuestas y tanto reconocimiento?
—En mi caso la música siempre fue algo que me llenó de chiquitito; sin saber lo que estaba haciendo porque nunca estudié canto ni nada. Lo que hacía era una pasión. Hoy digo que es un don de Dios, ¿no? Porque siempre supe armonizar, cantar. También produzco mis discos y nunca me puse a estudiar. Ojo, chicos: no quiero decir que no estudien; no, por favor, estudien, fórmense. En mi caso, primmero fue ese gozo de sentir que lo que estás haciendo es hermoso. Llevándolo a un ejemplo cotidiano, es como cuando te enamorás por primera vez. Es algo que no podés controlar, estás enamorado y pensás todo el tiempo en esa persona. Me acuerdo que mi viejo me regala uno de mis primeros teclados y yo me levantaba pensando en tocar el piano.
—¿Tuviste una infancia humilde?
—Muy humilde, sí. Nosotros somos siete hermanos, más papá y mamá. Así que comprar ese teclaldo que te decía para uno solo ya era un montón. Nosotros teníamos una comida al día, y era siempre guiso, no conocía otra cosa. De vez en cuando se hacía un asado, pero pedirle un teclado era un montón y yo me paraba en un quiosquito y lo miraba y lo miraba y lo miraba. Volvía y le decía “Pa, ¿me podrás comprar...?“ ”No, hijo, no se puede". Hasta que un día, en una Navidad, veo un paquete así en el árbol, así.
—Y dijiste: “Es”.
—Yo iba caminando hacia ese paquete y decía: “Es, es”. Mirá, te lo cuento y me emociona, todavía lo recuerdo: “fue uno de los más hermosos regalos de mi vida ese teclado”. Te cuento esto para que vos más o menos entiendas: había una ventana rota, por ejemplo, y no teníamos para cambiar el vidrio. Y ahí es donde a veces tus viejos como que tienen que mediar entre si “¿cambio la ventana o le cumplo el sueño a mi hijo"... Gracias a Dios tengo a mis padres vivos; en ese momento el que me acompañaba mucho con este sueño era mi papá, que hoy tiene 88 años y que se deslomaba trabajando. Y gracias a que él nunca me me dio un no rotundo, hoy puedo estar donde estoy. Pero sí, fue duro, al punto de que yo tuve que salir a trabajar con papá a los doce años.
—¿Haciendo qué?
—Le ayudaba como peón de albañil; ahí aprendí mampostería, electricidad, plomería, un poco de todo.
—¿En ese momento dejaste el colegio para laburar?
—No, hice bachillerato de noche, pero hacía tres cosas a la vez: trabajaba con papá, estudiaba a la noche y los sábados ensayaba con una bandita que había formado con mis primos y mis hermanos, que con el tiempo se transformó también en un pequeño trabajo.
—¿Y es cierto que en algún momento de chico también eras vendedor ambulante en los trenes?
—No, yo vendía en una bicicletita; mi hermana Alejandra había quedado embarazada -el papá de la criatura se había ido-, así que ella hacía bolitas de fraile y yo salía a venderlas en bici. En esa etapa también salíamos a buscar cobre, cartón, vidrio, aluminio, todo lo que se pueda vender. Te daban monedas pero eso servía para comprar la grasa para seguir haciendo las bolitas, para comprar un paquete de azúcar, cositas básicas como para seguir.
—¿Y cuando pegás el salto para poder vivir de la música?
—No, un montón. En el mientras tanto pasaron muchas cosas... Imaginate que arranqué a trabajar con papá a los 12 y veo la publicidad de Popstars recién a los dieciocho.
—Claro, porque estuviste cerca de ser un Mambrú, ¿no?
—Casi, pegó en el palo. Casualmente, el otro estuve con las Bandana en el Rex y les decía eso, que en parte ellas fueron las que me impulsaron a luchar por el sueño, porque yo me comí todo el programa Bandana y por eso me anoté en el programa de Popstar de varones. Bueno, nada, me anoto en Popstars, armo mi banda y ahí también conozco a mi esposa, yo con 16, ella con 15, 14 años, y ahí empezó nuestra vida. Pasaron muchas cosas. Cuando quedo eliminado de Popstars empiezo a trabajar en casinos y en bingos de todo el país, y ahí me ven del grupo Ráfaga y me proponen que haga el casting.
—¿Cómo era la vida de cantar en casinos o en bingos por todos lados?
—Mirá, recuerdo que mi padre un día me dice: “¿Qué te pasa?”. Yo llegaba a casa desilusionado, triste, porque yo amo cantar, es algo que lo llevo en la sangre. Pero yo cantaba en los casinos y ahí la gente está en otra. Yo me desalmaba para que te aplaudan y no pasaba nada. Sí, me pagaban, pero le digo a mi papá: “Es que yo no quiero esto para mi vida, no quiero hacerlo. Yo necesito sentirme bien”. “Pero ¿qué querés hacer?”, me dice. “Quiero armar mi banda”. Paralelamente empiezo a armar una banda y en uno de esos días llega la propuesta de Ráfaga. Y ahí es donde cambia todo. Yo no tenía dimensión real de lo que era Ráfaga fuera de Argentina. O sea, yo los conocía acá, sí, era una agrupación importante que en ese momento había estado en todos los programas mega. Pero no tenía dimensión literal de lo que era Ráfaga fuera del país.
—¿Cuantos años tenías cuando te incorporas a Ráfaga?
—En ese momento, 19. La mayoría de edad era a los 21; mis viejos me tienen que emancipar para que yo pueda viajar. Yo entré en noviembre del 2003 y para el 2004 ya estaba viajando a más de diez países. Era muy loco. Llegábamos a Chile y parecía que llegaban los Rolling Stones. Llegábamos a España, lo mismo; a Rumania, otra vez. ¡Yo no lo podía creer! De nunca haberme ido de vacaciones -¡yo no conocía la nieve, no conocía la playa!- y de repente estaba en las siete islas Canarias, en Rumanía conociendo la nieve, y al otro día se lo contaba a mi familia.

—¿En algún momento se te va un poco de las manos?
—Sí, obvio. Yo he lastimado mucho a mi esposa, a mi familia... Creo que la ignorancia, el no conocer... Más allá de la infancia que tuve y de la enseñanza de mis padres, cuando vos conocés otro mundo la inercia te lleva a comportarte de una manera, ¿no? Y cuando uno no tiene una formación... Por eso te decía que el cambio vino desde que decidí entregarle mi corazón a Dios. Porque entendí cómo hay que caminar. Antes de eso seguí a los que supuestamente saben; esa gente que viene y te dice: “¡Vos te la tenés que creer, sos el cantante, levantá la cabeza, el pecho!" Y, claro, vos hacés lo que te dicen.
—Y te la creíste.
—Total, sí. Ahora me veo y digo: “¡Pero qué idiota este pibe!“ Pero aprendí.
—¿Pero cómo era eso? La dinámica de las giras, la noche...
—Primeramente, ahí comienza mi adicción al alcohol. Yo me quedaba afónico, una persona me ofrece una tapita de whisky y... de eso terminó siendo una adicción, una dependencia al whisky. Yo no subía a cantar -¡y me enojaba!- si no estaban las botellas de whisky en el camarín: era mi motor. ¡Y no solamente para cantar, era mi motor para hacer cosas que no tenía que hacer!
—¿Como qué?
—Como por ejemplo la infidelidad. O sea, era normal. Hasta que en un momento explota la bomba. Siempre pongo de ejemplo mi celular; hoy, hoy en día lo agarra mi hija, mi esposa, mi hijo y no hay nada que ocultar acá, pero en ese momento era una bomba de tiempo. O sea, sonaba un mensaje y a mí me temblaba todo el cuerpo porque no sabía quién me estaba escribiendo. Y en un momento pasó lo que tenía que pasar: una Nochebuena estábamos en un asado en Pinamar, habíamos terminado de comer, todo lindo, todo hermoso, la familia perfecta, pero mi esposa abre una compu mía y se encuentra con un montón de conversaciones que yo tenía con personas con las que estaba. Y ahí cambia mi vida por completo. Ahí mi vida pasa de ser algo que aparentaba ser lindo a un infierno literal. Y yo empiezo a sentir culpa.
—Ese suceso con tu esposa, ¿te alcanzó para cambiar o ni siquiera?
—No porque... Sucedía en ese momento, y sucede hoy eso que se aplaude mientras más minas tenés, sos un campeón. Mientras más alcohol aguantás, también. O sea, se aplaude aquello que está mal creyendo que de esa manera se te ve como más hombre, más guapo...
—Más canchero.
—Eso, más encarador. Y totalmente mentira. Y yo había entrado en esa. Se transforma también en un vicio.
—Y para colmo se genera una situación medio de círculo vicioso por el ambiente o con la música tropical...
—Lo que pasa es que cuando te juntás con alguien que te acaricie el oído con lo que vos estás haciendo, va a ser tu mejor amigo. Pero si venís y me decís: “Che, mirá que esto no está bueno, que te va a dañar”, pasás a ser mi peor enemigo. Por eso hoy intento llevar el mensaje de Dios, que es lo que a mí me salvó... Pero qué pasa, lo más triste de esto es que a mí me llevó a tener dos intentos de suicidio: no lo pude manejar, se me fue todo de las manos. Creí tener el control hasta que en un momento se desbarató todo.
—¿Eso fue tocar fondo? A partir de ahí querés salir de ese pozo...
—Sí, ver a mi hija pidiendo ayuda, diciéndole a otras personas que su papá y su mamá no la escuchaban, que nos íbamos a matar, que nos íbamos a separar; que ella intentaba que la escuchemos y nosotros no la escuchábamos. Eso fue tocar fondo para mí, porque una de las cosas más hermosas que me pasó en la vida es Luciana. Entonces ahí empieza mi búsqueda. Obviamente, lo primero que pensé fue nos tenemos que separar, voy a intentar mejorar como hombre, como esposo, pero sí, literalmente llega una familia a mi vida que me muestra ese amor, que era el amor de Dios, y ahí empieza mi cambio. Pero sinceramente no puedo decir que yo busqué a Dios. Yo creo que Dios me encontró a mí. En un momento de mucha vulnerabilidad, en donde yo sabía que la salida para mí era el suicidio -era lo que estaba en mi cabeza-, pero por algo había una luz que me indicaba que había una salida distinta.
—Con el consumo de alcohol, con esos excesos, ahora, a la distancia, te das cuenta que eras un adicto, pero en ese momento, ¿te dabas cuenta del problema o cómo es que tomás dimensión?
—Creo que uno sabe que ya está metido y no puede salir. Lo mejor que te puede pasar es reconocerlo.
—Pero cuesta, imagino...
—Es muy difícil. Porque nadie quiere ser un peso para otro. Yo era como un adicto oculto en mi casa. Pensá que yo vivía casi nueve meses de gira fuera de casa: tenía nueve meses para realmente ser quien era, ese adicto al alcohol. Pero cuando estaban repartidos esos poquitos meses que me quedaban en casa, era otra persona.
—Prolijo.
—Claro, superprolijo, una persona tranquila. Por eso mi esposa se sorprende cuando encuentra todo lo que encuentra.
—Literalmente tenías una doble vida...
—Exacto.
—Decías que mirás para atrás y lo ves con cierta vergüenza.
—Sí, sí, porque hoy tengo hijos. El otro día lo hablaba con un amigo y le decía: yo quiero ser un ejemplo para mis hijos.O sea, ¿cómo le digo yo a mis hijos: “No tomés, no te drogues, cuidá a tu esposo o tu esposa, sé un hombre noble, fiel, cuidá lo que Dios te dio, ese matrimonio o tus hijos”...? ¿Cómo se lo digo si yo no soy ejemplo? Es muy difícil decirle a tu hijo “No consumas” si él te ve que lo hacés. Por eso ahora digo que no estoy criando hijos, estoy criando futuros padres o jefes de familia.
—Hoy, después de todo lo que atravesaste, ¿tomás alcohol?
—No, no... A ver, en alguna que otra Navidad brindo con una sidra. Pero hoy tengo el control.
—Y en el laburo, en los shows, digo, porque también es un ambiente en la noche que...
—Se me armó un lío con eso.
—(Risas) ¿Por?
—Porque, claro, así como quiero ser ejemplo para mis hijos, también intento cuidar a quienes trabajan conmigo; los conozco, conozco su familia. No quiero tener esa carga de culpa de saber que yo estoy aprobando algo que está mal y después sentarme en la misma mesa y mirar al esposo o a la esposa de esa persona y hacer como si nada hubiese pasado. Creo que aprendí a no ser hipócrita, falso. Eh, y si en el momento veo que estás por cometer un error, lo más probable es que vaya y te diga: “Che, mirá que esto te va a costar” y trato de advertirte. Para el que quiere trabajar conmigo, hay ciertas normas: mientras estamos trabajando no se puede tomar, no se puede fumar, no se puede ser infiel, no podés, bajo ningún punto de vista, traer una mujer que no sea tu esposa.
—Se te armó un quilombo con eso, ¿no?
—Sí, porque muchos lo entendieron y otros no. Cuando lo conté en otro lugar me salieron a matar porque vos no podés manejarle la vida a los demás, decían. Yo no manejo la vida de nadie. Esto es como una empresa: vos no podés hacer lo que quieras en la empresa, porque corre riesgo no solamente la empresa, sino tu vida. Esto es lo mismo: Rodrigo Tapari es una empresa, tiene una estructura y un trabajo que tenemos que ir a brindar.
—Eso es hoy con tu banda, con tu empresa como decís. ¿Cómo fue con Ráfaga esa situación?
—Me fui yo.
—¿Pero te fuiste por esto?
—No, era algo más profundo. Si alguien tiene una enfermedad grave y vos decís “Mirá, esto a mí me salvó”, lo vas a querer compartir con aquellos que están atravesando lo mismo. Bueno, a mí eso me pasó con Dios. A mí Dios me sanó de todo: restauró mi familia, mi matrimonio, mis hijos, le devolvió la felicidad. Entonces, yo quería subir al escenario de Ráfaga a hablar de lo que me estaba haciendo bien y no me parecía adecuado, porque por ahí los chicos tenían otra forma de ver la vida u otras creencias. Entonces decidí hacerme a un lado porque sabía que el propósito en mi vida iba más por ese lado.
—Volviendo a la pareja, los episodios de infidelidad, ¿cómo solucionan eso? ¿Pensaste en un momento que no te iba a perdonar o nunca dudaste?
—No fue de un día para el otro. Imaginate que yo vuelvo de Miami, ahí me enamoré perdidamente de Dios, vuelvo con esa locura y mi esposa ya tenía los bolsos preparados para que me vaya. Ella me quería echar; pensaba que esto era una mentira más para seguir teniendo la vida ficticia que teníamos: aparentar que éramos felices. Pero lo que pasó es que ella vio un cambio radical en mí; le dio intriga conocer qué era lo que me estaba pasando. Y ella también empezó a hacer su camino en Dios sin que yo sepa. Vivíamos en Monte Grande y yo ahí, en el tercer piso, tenía un estudio de grabación, que además era mi espacio de oración. Y yo subía a orar para que Dios sane el corazón de mi esposa. Yo sabía que la había destrozado yo. Entonces, yo le pedía a Dios en ese lugar que él sane el corazón de mi esposa; yo sabía que si él sanaba su corazón, ella me iba a poder perdonar, iba a entender que mi cambio era verdadero. Lo que yo no sabía era que ella me espiaba. De eso me enteré muchos años después. Ella me contó el verme arrodillado pidiendo por ella, por su corazón, le daba mucha ternura... Lo que hoy te puedo decir, mejor dicho, lo dice ella es: “Rodrigo no fue quien sanó mi corazón, fue Dios”. Y yo creo lo mismo. Creo que fue mi conexión con Dios lo que me dio esa libertad, ese gozo, esa alegría, esa paz.
—Acá tengo una letra que me parece que no habla solamente de tu carrera sino de tu historia, te imaginarás cuál es. Dice algo así como “Una cerveza voy a tomar, una cerveza quiero tomar y así olvidarme de aquella trampa...”
—(Canta) “...De aquella trampa, de aquella trampa mortal. Otra cerveza voy a pedir, otra cerveza para brindar y no quedarme sin esperanzas, sin esperanzas tal vez, porque vos se nota que no me querés, se nota que ya no hay amor. Entonces, ya no hay más que hacer y yo me dedico al amor. Ahora. Amor, amor, amor...”
—Pensar que tanto tiempo cantaste “Me dedico al alcohol...” Me imagino que antes y después de atravesar todo ese proceso, ¿qué sentías cantando esa canción?
—Y... empezó a pesar. En ese momento era una letra más, sin tener en cuenta la connotación, el peso de lo que estaba diciendo, porque yo estaba en eso. “Yo me dedico al alcohol” era una frase más en mi vida. Después de entregarle mi vida a Dios, empezó a pesar porque era contradictorio para mí contar que yo había sido libre del alcohol, que Dios me había rescatado de ese lugar, pero decir “Yo me dedico al alcohol” era muy contradictorio, claro.

—Y al mismo tiempo es la canción que más cantaste.
—Sí, y cuando la dejé de cantar se me armó un lío tremendo. Los que me contrataban me decían: “Pero, flaco, no hiciste la canción más fuerte que tenés”. Y me empezó a menguar el trabajo... Pero entendí que más allá de eso, uno es lo que porta, ¿no? De lo que se alimenta. Si yo puedo transmitir lo que porto más allá de lo que te estoy cantando, vos vas a recibir lo que yo tengo. Hoy, cuando llega mi banda, vos te encontrás con mis hijos, con mi esposa, encontrás un camarín donde no hay alcohol, que hay más comida sana, ¿no? Con una persona que no tiene requerimientos. Si le preguntás a los que me contratan, te van a decir que mi cátering es a tu criterio. Obvio, entiendo que la gente quiere seguir escuchándola, pero yo no soy solo esa canción, soy mucho más que eso. Entonces, yo te entrego lo que tengo.
—Imagino que en el momento de los excesos -el alcohol, las infidelidades-, creías que eso era felicidad...
—No te lo puedo negar, a mí me gustaba. Tomar alcohol es placentero. Te entra un estado de... cómo decirte, de éxtasis, es placentero. El sexo es placentero; en ese momento, tener encuentros con otras personas era placentero, me gustaba. Lo que pasa es que no todo lo que te gusta te hace bien. Mirá, la palabra de Dios dice “Todo te es lícito, mas no todo te conviene”.
—Bueno, Rodri, muchas gracias.
—Por favor, a ustedes, y que nunca falte este programa (risas).
Fotos: Adrián Escandar
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