
Como cada 9 de mayo, hoy se celebra el Día de Europa, y conviene recordar el origen y la motivación de la designación de esta fecha.
El 9 de mayo de 1950, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schumann, proponía someter el conjunto de la producción franco-alemana de carbón y de acero a una alta autoridad común, en una organización abierta a los demás países de Europa.
Más allá de los aspectos puramente técnicos implicados en el proyecto, la Declaración Schumann, inspirada por el comisario del Plan para el Relanzamiento de la Economía, Jean Monnet, sentaba las bases para la integración económica de Europa occidental y, más a largo plazo, para la construcción de una unión política en el continente, sobre el principio de que "Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho".
La aceptación de la propuesta por el gobierno de la República Federal Alemana, en manos de Konrad Adenauer, y por otros cuatro gobiernos de Europa occidental llevaría en 1951 a la firma del Tratado de París, por el que se establecía la Comunidad Europea del Carbón y del Acero; en 1957 los Tratados de Roma daban nacimiento a la Comunidad Económica Europea y al Euratom, y el resto, como suele decirse, es historia.
Creando memoria colectiva
Los actos del 9 de mayo rememoran, por tanto, aquel hito fundacional, y pretenden ser un homenaje a Schuman, Monnet y los otros padres de Europa, pero también buscan crear y fortalecer en nosotros una memoria colectiva que impulse una identidad común como ciudadanos europeos.
La utilización por las administraciones públicas –muy habitualmente por los gobiernos centrales de los Estados, pero también, como podemos ver con frecuencia, por entes regionales y locales y en este caso ¿por qué no? supranacionales– de símbolos tales como aniversarios, cantos o banderas para la forja de la identidad no es, desde luego, algo nuevo.
El nacionalismo decimonónico europeo se valió de tales instrumentos, entre otros, para la consolidación de esas comunidades imaginadas que, en palabras de Benedict Anderson, eran los Estados nacionales. En muchos casos ello requirió, como en su día señalara Eric Hobsbawm, de la invención de tradiciones para inculcar valores o normas supuestamente conectados con un pasado en ocasiones ficticio. Los lugares de memoria, estudiados por Pierre Nora, han tenido también un papel clave en esa construcción de la memoria colectiva asentada sobre interpretaciones nacionalistas de la historia de los últimos siglos.
Simbología europea
Como entidad política de creación relativamente reciente, también la Unión Europea necesita crear y difundir sus símbolos, pues sin ellos se haría aún más ardua la tarea de expandir entre su población la conciencia de la ciudadanía europea.
El frustrado Tratado constitucional europeo de 2004 recogía en su artículo I-8 los símbolos oficiales de la Unión: la bandera de doce estrellas amarillas sobre fondo azul (diseñada en los años cincuenta para el Consejo de Europa y asumida por las Comunidades Europeas desde 1985), la Oda a la Alegría de Beethoven, el euro, el Día de Europa y la divisa "unida en la diversidad".
Aunque el Tratado de Lisboa no incluyó finalmente este artículo, los símbolos siguen siendo de uso recurrente tanto entre las instituciones de la Unión como entre los Estados miembros.
En cuanto al Día de Europa, si bien su celebración oficial comenzó también en 1985, contaba ya con algunos precedentes auspiciados por asociaciones como el Movimiento Europeo. En Madrid, por ejemplo, el izado de la bandera europea (originalmente en los Jardines del Descubrimiento) comenzó el 5 de mayo de 1981, conmemorando en este caso la fecha de la firma del Estatuto del Consejo de Europa en 1949.
Recientemente, el Parlamento Europeo ha votado a favor de un informe que propone que el 9 de mayo sea declarado festivo en toda la Unión, como ya lo es este año en Luxemburgo.
En los tiempos un tanto oscuros en que parece que nos hemos adentrado, en que los discursos nacionalistas, cuando no racistas o xenófobos, han reconquistado posiciones que parecían haber perdido para siempre, y en que de nuevo vemos proliferar banderas y otros artilugios identitarios o étnicos, a menudo empleados como armas arrojadizas (literalmente), acaso no esté de más aproximarse a unos símbolos, los europeos, que siempre han reivindicado la paz, la integración y la tolerancia como valores supremos.
La idea del patriotismo constitucional propugnada por Habermas puede ser de plena aplicación en este caso, más allá de la crítica que legítimamente nos merezcan las políticas de la Unión en la práctica. Puestos a envolvernos en una bandera o a celebrar una efeméride política, si es que tales cosas son necesarias aún, no parece mala idea decantarse por símbolos que, aunque sólo sea por comparación con otros, todavía no se han emporcado demasiado con las salpicaduras del odio. Feliz Día de Europa.
Carlos López Gómez: Profesor del Departamento de Relaciones Internacionales, Universidad Nebrija
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