Un grupo de talibanes en Afganistán (AP)
Un grupo de talibanes en Afganistán (AP)

Cuando llegué a Afganistán por primera vez a fines de 2001, los talibanes estaban huyendo de Kabul y la Alianza del Norte tomaba posición como la avanzada de una ofensiva más amplia apoyada por fuerzas estadounidenses. Todo hacía preveer una rápida victoria aliada y el fin de la red terrorista Al Qaeda que se había enquistado en territorio afgano a la sombra de los talibanes. El primitivismo de la sociedad y de las diferentes milicias hacían suponer que de ninguna manera podrían enfrentar al sofisticado armamento de las tropas americanas. Nadie podía prever en ese momento que ésta sería la guerra más prolongada en la larga historia bélica de Estados Unidos. Son 17 años y sin una salida clara más allá de los esfuerzos de cuatro administraciones en la Casa Blanca por terminar de sacar a todas sus tropas del territorio afgano. Obama llegó a anunciar la retirada pero nunca se concretó por completo. Ahora, el imprevisible Trump intenta lo que hasta este momento había sido imposible: negociar una salida con los Talibanes. Y ya hay conversaciones oficiales que se llevan a cabo en Qatar.

Cuando uno llega a Afganistán parece haber entrado al túnel del tiempo. Recuerdo un pasillo del mercado más grande de Kabul donde no había un solo signo de modernidad. Un burrito dando vuelta una enorme piedra en la que un hombre afilaba cuchillos; chicos manejando un telar de madera porque sus manos más pequeñas pueden manipular mejor la lana; un vendedor de pajaritos con decenas de jaulas hechas de cañas y palitos; una mujer haciendo el escarmenado de la lana de una oveja recién esquilada. Una escena de la Edad Media en el comienzo del siglo XXI. Apenas un signo de la personalidad de los afganos. Arraigados a su tierra y sus costumbres como pocos. Un pueblo que jamás pudo ser conquistado. Por allí pasaron los ejércitos más poderosos, desde el de Alejandro Magno hasta el británico de la era victoriana. Todos se tuvieron que ir sin poder domar el carácter rebelde de los afganos Las tropas estadounidenses tampoco nunca pudieron controlar plenamente Afganistán. Primero se les escapó Osama bin Laden que logró sobrevivir por diez años entre las montañas y una ciudad paquistaní mientras enviaba a sus milicianos a tacar en todo el planeta. Y después, los talibanes se rearmaron y cada verano bajaron sistemáticamente de las entrañas de la cordillera del Hindu Kush hasta que logaron dominar nuevamente una tercera parte del territorio afgano.

Las tropas estadounidenses perdieron 2.412 militares en combate en Afganistán y otros 20.000 resultaron heridos. Si tomamos en cuenta la cifra total de las fuerzas de la OTAN que combaten allí, los soldados muertos son 3.550 y 22.773 los heridos. El costo de la guerra para los Aliados, hasta ahora, es de al menos 45.000 millones de dólares. Hoy, la OTAN tiene allí unos 13.000 efectivos, incluyendo 9.800 estadounidenses, y 26.000 contratistas militares. Donald Trump dijo que aplastaría a los terroristas afganos y retiraría definitivamente a todos sus compatriotas de esa guerra. Pero antes, ordenó el envío de otros 4.000 soldados.

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Ahora sabemos que Washington está buscando una salida negociada y los talibanes aparecen como el mal menor en este pantano. El 16 de junio, el Secretario de Estado Mike Pompeo dijo que "Estados Unidos está preparado para apoyar, facilitar y participar en las conversaciones entre los talibanes y los afganos". El sitio Daily Beast informó que en las últimas semanas se realizó una reunión entre Alice Wells, enviada especial de Estados Unidos para el Sudeste Asiático, y varios jefes talibanes en un hotel de Doha, la capital qatarí. Y la portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauert, confirmó que "se están explorando caminos para avanzar en el proceso de paz en consulta permanente con el gobierno afgano". Todo indica que las conversaciones están avanzadas si bien aún no hay un acuerdo de cese al fuego y un compromiso efectivo de negociación. En el campo de batalla todo sigue igual. Unos días después del encuentro de Doha, milicias talibanas mataron a 46 soldados afganos en dos ataques.

Con el fin del Ramadán, a fines de junio había habido un "entusiasmo" particular en el Pentágono por llegar a un acuerdo. El Secretario de Defensa Jim Mattis, el Jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Joseph Dunford y el Jefe del Comando Central, general Joe Votel querían que el proceso avanzara cuanto antes. El Departamento de Estado puso paños fríos. Podrían participar en "conversaciones, no en negociaciones". Parece retórico pero hay una diferencia importante en términos diplomáticos. Auspician el inicio de un proceso de paz con los talibanes al que Washington contribuiría bajo los auspicios de Afganistán. Pero no se negocia el futuro de Afganistán, eso dependerá de los propios afganos.

Los contactos entre el gobierno estadounidense y los rebeldes afganos comenzaron a fines del año pasado. El coronel Chris Kolenda, el asesor diplomático del Pentágono Robin Raphel y el físico nuclear italiano Paolo Cotta-Ramusino tuvieron la primera reunión en Doha con un grupo de comandantes talibanes y fueron y vinieron al menos diez veces desde Washington al Golfo Pérsico. Cotta-Ramusino es uno de los directores de la Conferencia de Pugwash, el instituto creado en 1957 por Bertrand Russell y Albert Einstein para reducir el riesgo de conflictos armados. Los tres emisarios, finalmente volaron a Kabul en junio pasado para informar al gobierno afgano. Vieron al presidente Ashraf Ghani, al presidente ejecutivo Abdullah Abdullah, al ex presidente Hamid Karzai, e incluso al caudillo y jefe insurgente Gulbuddin Hekmatyar. Todos estuvieron de acuerdo en iniciar el proceso de paz. Fue cuando la enviada especial Alice Wells fue a Doha en representación oficial del gobierno estadounidense para iniciar el camino que saque a las tropas del desierto afgano.

(AFP)
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En el medio, esta última semana se produjo en Afganistán un hecho insólito que acumula especulaciones sobre si se trata de un escalón más en este proceso. Unos 200 milicianos del ISIS (muchos de ellos combatientes que dejaron el extinto califato creado por los terroristas islámicos entre Siria e Irak), que se encontraban en una lucha interna con tropas talibanes, se entregaron sin disparar a las fuerzas oficiales del ejército afgano. El denominado Estado Islámico Khorasan (IS-K) aparentemente prefirió rendirse ante las fuerzas gubernamentales que a los talibanes. Pero hay rumores en Kabul de que todo es un arreglo tras un armisticio entre los grupos en pugna. En la batalla previa, de acuerdo a un portavoz talibán, murieron 153 milicianos del IS-K, otros 100 fueron heridos y, supuestamente, 134 fueron capturados por los talibanes. Pero lo cierto es que el batallón al mando del "señor de la guerra" Habib Rahman, máximo comandante del IS-K, con sus 200 hombres depusieron las armas ante el ejército. No se sabe si lo hicieron en son de paz o de guerra.

Los afganos (la etnia preponderante Pashtún y las minorías tayica, hazara y uzbeka) llevan guerreando desde siempre y tienen sus propias reglas de combate y armisticios. Presencié una negociación de apenas unos minutos entre un jefe de la pro occidental Alianza del Norte y el comandante de una unidad que hasta ese momento había estado en las filas de los talibanes. El jefe de esa milicia entendió que llevaba las de perder y enseguida se ofreció a unirse a las filas enemigas a cambio de comida y algún dinero para sus hombres. Una vuelta de chaqueta que es muy probable que se repitiera una y otra vez en éste y muchos otros conflictos anteriormente. Combate, negociación y resarcimiento económico son parte de este "torneo" político militar que los afganos vienen practicando, al menos, desde que el conquistador turco-mogol Babur conquistara Kabul en el 1504. Ahora, se suma Estados Unidos a este entramado de la negociación con el simple cometido de encontrar una salida para sus tropas empantanadas en las arenas movedizas del desierto afgano.

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