
Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el cambio climático se refiere a variaciones prolongadas en la temperatura y los patrones del clima, que pueden deberse a fenómenos naturales como la actividad solar o las erupciones volcánicas. Sin embargo, desde el siglo XIX, las acciones humanas —en especial la quema de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas— se han transformado en un factor determinante.
En ese sentido, un trabajo difundido por la revista Nature planteó que la señal del cambio climático antropogénico (perteneciente o relativo a la antropogenia, es decir, a la evolución y desarrollo del ser humano) podría haberse identificado con claridad en el siglo XIX.
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¿El punto de partida? Benjamin Santer, climatólogo independiente con sede en Los Ángeles y coautor del estudio, no deja lugar a dudas. “Ya en 1885”, sostiene, al referirse al momento en que se podría haber separado con seguridad la influencia humana en los datos climáticos.

La hipótesis del estudio, que fue publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, parte de una reconstrucción contrafactual: ¿qué habría pasado si la ciencia hubiera contado, en aquella época, con los satélites, sensores y globos meteorológicos que hoy permiten monitorear con precisión la atmósfera?
Una señal temprana en la estratósfera
En el artículo de Nature divulgaron: “Los científicos Eunice Newton Foote y John Tyndall descubrieron por primera vez los efectos de absorción de calor del dióxido de carbono en experimentos que realizaron de forma independiente en la década de 1850. Pero no fue hasta más de un siglo después que la comunidad científica acordó que estaba claro que las crecientes emisiones de CO2 y otros gases estaban causando el calentamiento de la Tierra".
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El nuevo trabajo sugiere que pruebas inequívocas del cambio climático inducido por humanos ya estaban presentes hacia finales del siglo XIX, cuando las emisiones de CO₂ habían comenzado a aumentar debido a la Revolución Industrial. En aquel momento, las concentraciones atmosféricas eran muy inferiores a las actuales, pero la señal, aseguran los autores, ya habría sido visible.

“El vapor de agua, el CO₂ y otros gases de efecto invernadero retienen la radiación infrarroja emitida por la superficie terrestre. Actividades humanas como la quema de combustibles fósiles expulsan estos gases al aire, calentando la capa inferior de la atmósfera. Sin embargo, los gases de efecto invernadero tienen el efecto contrario en la capa superior, llamada estratosfera, que comienza a unos 7 kilómetros sobre la superficie terrestre", postularon en Nature.
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Al tiempo que remarcaron: “Como la capa inferior retiene el calor terrestre, llega menos radiación infrarroja a la estratosfera y esta se enfría”.
En la investigación, los especialistas se enfocaron en el enfriamiento previsto de la estratosfera media y alta, menos afectada por las fluctuaciones de los patrones climáticos que el calentamiento de la atmósfera inferior.

Modelos y escenarios desde 1860
Para desarrollar el experimento, el equipo utilizó nueve modelos climáticos de última generación. Simularon la evolución de las temperaturas estratosféricas desde 1860. Incorporaron en sus cálculos las principales fuentes de variabilidad natural, como las grandes erupciones volcánicas, que tienden a enfriar la superficie terrestre y a calentar la estratósfera.
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Luego estimaron cómo habría sido posible registrar esas temperaturas si los científicos del siglo XIX hubieran contado con las herramientas actuales: satélites de observación remota como los de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), o bien globos meteorológicos capaces de medir con precisión las capas altas de la atmósfera.
El resultado fue claro: en el escenario modelado, la señal de enfriamiento estratosférico habría sido detectable con claridad hacia 1885, es decir, 25 años después del inicio hipotético de las observaciones. Un dato llamativo, sobre todo porque en ese año todavía no existían automóviles a combustión circulando de manera masiva.
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Para Santer, “el resultado fue realmente sorprendente”.

Una comprobación formal
La propuesta de Santer y su equipo despertó interés en la comunidad científica. Para Michael Mann, climatólogo de la Universidad de Pensilvania, la pregunta no era nueva, pero sí el método. “A finales del siglo XIX, sabíamos que el cambio climático antropogénico debía estar en marcha, dada nuestra comprensión de la física del clima y la historia conocida de las emisiones de carbono”, explicó. “Sin embargo, Ben y sus coautores lo han formalizado con precisión al demostrar que, de hecho, podemos detectarlo en las primeras observaciones”, dijo en Nature.
Santer, por su parte, dijo que si se interrumpe “la cadena de observaciones, nos encaminamos a ciegas hacia un futuro climático incierto”.
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